JÓVENES Y PARROQUIA
 
Carta del párroco, Francisco Suárez (28 de julio 2013)

 D. Francisco

   Dando por sentado o cierto que una parroquia de por sí no suele ser muy motivante o motivadora para los jóvenes (y hablamos de jóvenes, no sólo de adolescentes), sí se puede decir, no obstante, que podrá serlo si se dan ciertas condiciones:
   1.- Necesidad de liderazgo juvenil, que conlleva una determinada manera de ser, de animador o animadora, más importante que una determinada preparación. El guía no puede ser pedante ni doctrinario.
   2.- Programación adecuada.
   3.- Experiencias de una espiritualidad vivencial:- Momentos (o vida) de oración.- Actuación misionera.- Actuación de índole social.- Actuación de “salir” de sí mismos y del entorno cerrado o límites estrictos de la parroquia y por supuesto de la mera condición de cofrade o capillita.- Pero también actuación en las tradiciones propias, incluidas las de Hermandad.
   4.- Vida litúrgica y sacramental.
   5.- Encuadre o formación moral de la existencia.
   6.- Dimensión de la pastoral de la familia y vocacional.
   Para impulsar la vida misma y cristiana como tal, siempre en clave misionera, quien esté al frente o como acompañante de los jóvenes ha de distinguirse por una manera de ser eminentemente práctica. Siempre ha de ser alguien de mucha iniciativa, que no se enrede en sutilezas ni se pierda en teorías. Sus dotes tendrán que ser de gran comunica-dor. Su capacidad organizativa ha de estar fuera de toda duda. Su talante ha de ser ale-gre y juvenil. No puede ser un muermo triste. Sus iniciativas han de ir impregnadas de entusiasmo, cordialidad, modos de proponer y no de imponer, siendo una persona de de-cisiones que promuevan las decisiones con acertada firmeza a la vez que pacientemente flexibles.
   Los obstáculos y las dificultades se han de saber superar. No es fácil la constancia y la dedicación requerida para mantenerse en las tareas de acompañar a los jóvenes. Sin una dedicación así no se puede hacer nada.
   Una parroquia se caracteriza casi siempre por su fragilidad constitutiva. Por eso: o la fortalecemos o no podemos hacer nada. Entretenerse, “como si estuviéramos jugando a las casitas”, no sirve para nada. Vale decirlo también en lo que a catequesis se refiere, sobre todo si sólo nos planteamos una catequesis presacramental, sin mordiente misio-nero. Los jóvenes son promesa y esperanza, gente de expectativas que no tenemos dere-cho a defraudar. Trabajar con ello y para ellos no puede ser en vano. No estamos para perder el tiempo, pero tampoco para ser tan serios que nos perdamos las mejores cosas de la vida misma o nos privemos de reírnos mucho. Con todo, hemos de saber afrontar todo aquello que es sufrimiento, en nosotros y en los demás. Con los jóvenes no hay que ser sino verdaderos educadores, llenos de afecto y cercanía, apasionados al respecto, testigos de las vivencias y no tanto maestros en lo concerniente a principios meramente doctrinales, aunque sin olvidarlos.
   El tiempo juega un papel importante, incluidos los veranos, en los cuales se han de in-centivar las actividades. Ejemplos son los campamentos, las convivencias en peregri-naciones, los viajes organizados en orden, armonioso, educativos…, evidentemente or-ganizados sin que sirvan para ocasiones de inmoralidad a para exacerbar desfogues. Cuando no es verano, pueden reservarse unos días para hacer de verdad unos ejercicios espirituales. Los puentes también pueden ser aprovechados de muchas y muy enriquece-doras maneras. Lo mejor de todo es que, a partir de estas iniciativas y de estas activida-des, suelen surgir jóvenes vocacionados o vocacionadas para el apostolado con jóvenes, madurando esta vocación con la edad. Para trabajar con los jóvenes no se puede ser ni demasiado joven ni demasiado mayor. Por supuesto nadie que sea rarito o rarita sirve para responsable de un área parroquial tan importante como es la de los jóvenes. Sólo vale para los jóvenes quien sea persona de calidad, con la debida madurez y con la co-rrespondiente competencia de animación educativa. Ha de ser capaz de convertir en vida de grupo o asociativa la simple ocasionalidad espontanea y no fomentar la impro-visación o “lo que sea”. Sólo así la animación entre jóvenes hará posible una voluntad de fidelidad a Dios y serán los jóvenes esperanzas cumplidas respecto de la parroquia. Es clave y fundamental formar la voluntad, no sólo el intelecto o la mera piedad más o menos insulsa. Se trata de adquirir compromisos y no de permanecer en las rutinas. No es cuestión de trillar sobre lo trillado. Se trata de la Nueva Evangelización (con nuevo ardor, con nuevos métodos y con nuevas expresiones). Por supuesto siempre unidos al párroco y nunca por libre o sueltos. Sin comunión eclesial no se hace Iglesia, como no se hace sin oración y sin vida sacramental. Entre los jóvenes es importante el canto, con guitarra o con otros instrumentos, pero si no se canta, si la pastoral de jóvenes no está animada en ello, fracasa. Está más que comprobado. Cantar es lo más expresivo y co-municativo que existe. Por eso, cantar es una de las cosas que más necesitan los jóvenes y que más mejoras reporta a una parroquia. Lo que puede lograr todo esto en los jóve-nes, como suele pasar también con la dedicación de hobbies o deportes, no lo consiguen ni siquiera los padres.
   Como se ve, no es fácil, aunque sí muy grato, el trabajo juvenil en la pastoral de una parroquia, un trabajo que no puede quedar reducido a mantener unas catequesis de Con-firmación. El sacramento de la Confirmación tendría que estar encuadrado dentro de la pastoral de jóvenes, antes, durante y después de la celebración de ese sacramento. Y hay que estar abiertos a dos tipos de jóvenes: a los más necesitados y a los más alejados o menos sacramentalistas.
   A los jóvenes, más que controlarlos hay que escucharlos. Sólo así se les ayuda al des-cubrimiento de sus valores, de sus carismas, de su vocación, de su identidad. Buscan ser felices y ser tenidos en cuenta, como todo el mundo. Los que son jóvenes buscan llegar a ser hombres y mujeres felices y de provecho. Siempre fue y será así. Suele serlo de manera generosa. Nadie hay más generoso que un joven. Pero hemos de enseñarles de un modo variado y diversificado: unas veces desde cátedra y otras desde asamblea, unas veces con nociones y otras con vivencias, pero nunca moralizando sin más o como ob-sesión.
   No se puede ceder al desánimo, porque a veces los jóvenes se desmoralizan. Aquí es donde entra la formación moral, que siempre es animadora. No es raro que aparezcan momentos de crisis (afectivas, de fe, de compromisos, de desencantos, de desilusiones, de bajones…). Hay que saber analizar e interpretar lo que pasa y salir adelante. Un lema es no cansarse nunca de estar empezando siempre. No podemos ceder a las circunstan-cias que nos lleven a la inestabilidad y nos amarguen la vida. Este salir adelante, con-fiando en la cercanía de la gracia de Dios, es la fe, la que nos hace ver claro incluso en la oscuridad o entre las dudas.
   No podemos perseguir protagonismos ni sintonizar con los oportunistas. Hemos de ser correctos, puros y limpios, sanos en todo, con sentido eclesial y social. ¿Para qué Iglesia y para qué Sociedad? Para la que necesita nuestra entrega, una entrega por la que re-nunciamos a las pequeñas gratificaciones o a la búsqueda de placeres egoístas. No hay otro camino. De todos modos, se hace lo que se puede. 

IMG_20130726_031552 IMG_20130726_031644

 

 

 

 

 

Anuncios