(Con ocasión del 14 de febrero de 2014)

    Llamamos novios a quienes (en masculino y femenino) están en época de noviazgo o en el tiempo que definen entre ellos como pretendientes: que pretenden llegar al matri-monio, casarse. Sólo hay noviazgo si hay intención explícita de casarse y siempre que exista esa posibilidad se habla (semánticamente) de noviazgo. No vale mantener eso de “sólo salimos juntos”: amigovios (¡qué palabra tan fea y tan confusa!). En todo caso, podría hablarse de prenoviazgo.
   Entonces, para entender el noviazgo tenemos que entender el matrimonio (la íntima unión que ha de integrar a los cónyuges –para toda la vida en fidelidad indisoluble– para crear una familia: tener hijos y educarlos).
  Los católicos, siguiendo a Cristo, entendemos el matrimonio como sacramento.
  El noviazgo ha de entenderse como tiempo de preparación al matrimonio (sin ninguna indebida anticipación) como sacramento.
 El noviazgo no supone un mero enamorarse o gustarse por una sentimental atracción sino irse conociendo para llegar a la decisión responsable de si seguir hasta casarse o desistir de ello. El noviazgo propiamente dicho comienza cuando se llega a esa decisión mutua.
   El noviazgo requiere per se, para no ser problemático, constituirse como un tiempo prudencial: ni demasiado breve ni demasiado prolongado.
 El noviazgo no es un divertido juego amoroso sino una relación tan seria como go-zosa. Tengan en cuenta que lo dulce y agradable puede producir luego lo amargo y desagradable.
   El matrimonio es indisoluble pero el noviazgo no, pero la fidelidad es igual en ambos casos: igual que un hombre no puede tener dos esposas tampoco se puede tener dos novias (y lo mismo, viceversa, se puede decir de una mujer).
  Si el noviazgo es preparación al matrimonio, quiere decir que no es aún matrimonio. No lo es socialmente y, por tanto, tampoco ha de serlo sexualmente (para que la se-xualidad sea personal ha de ser social, y de no ser así no es sino egoísmo individualista, perjudicial en muchos sentidos, en todos los sentidos). No es el caso de extendernos en esto, ni tenemos tiempo ahora, pero así es.
  Una de las razones de la abstinencia sexual plenamente matrimonial durante el no-viazgo es el de la apertura a la vida, a la procreación: las personas (los hijos) tienen de-recho a nacer en el seno de una familia, no como fruto de un retozar fortuito de unos meros progenitores.
  Es evidente también que no hemos de ponernos dramáticos o tremendos al respecto, pues siempre está de por medio nuestra comprensión (que no justificación) y la miseri-cordia de Dios. Pero las cosas son como son y hay que decirlas como hay que decirlas.
  Enamorarse quiere decir que nos queremos, pero no por mero placer ni por utilidad sino por amor, que quiere decir donación mutua, desde el conocimiento y desde el amor de Dios. Enamorarse es decir a la otra persona: Te amo y te amaré, respetándote, como Dios te ama. Te prometo que estoy dispuesto/a a dar la vida por ti y que me desentiendo de todo y de todos/as pero nunca de ti.
  La boda, por tanto, no se prepara con tonterías: lo menos importante es el paquito chocolatero al final del convite, aunque no esté de más. Lo importante es una liturgia bien planteada, precisamente como eso: como liturgia bien planteada (como rito no por el rito sino para la vida y desde la vida).
 ¿Y de los afectos y ternuras en el noviazgo qué? Porque efectivamente está ahí ese bi-chito del amor afectivo y de atracción en el corazón, esas mariposillas en el estómago… y hacia abajo del ombligo… Siendo jóvenes, briosos, naturalmente eróticos, efusivos, expresivos, etc., hay que tener en cuenta también que la persona es alguien que se con-trola y que no somos ventosas pegajosas sin más.
  Hay parejas que parecen servirse como de perchas, recolgándose prolongada y mutua-mente, enganchados en besuqueos interminables, retorcidos o revolcándose en la pasión mutua. Sobarse o manotearse… no es amarse. Son cosas distintas. Dicen los especialis-tas (médicos, psicólogos, etc.) que esas conductas, independientemente del aspecto mo-ral o inmoral, pueden acarrear sus lamentables consecuencias en la vida matrimonial propiamente dicha. No es sano ni conveniente (ni libre ni natural) practicar sexo a me-dias. Y para tenerlo o practicarlo al completo ha de hacerse en el matrimonio.
  No es sexo completo el venéreo, el que se realiza o practica fuera del matrimonio (masturbación, prostitución, etc.). Y no hay matrimonio que funcione o se realice plena-mente (a pesar de discusiones, peleíllas, enfados…) si no se da en el mismo una pleni-tud sexual completa y satisfactoria, frecuente, sanamente desinhibida, etc. Sólo es bueno y feliz el matrimonio cuya sexualidad es buena y bien disfrutada.

   Pero en el noviazgo, a pesar de lo que tardan hoy en casarse los novios (como mucho entre 25-35 años de edad), sigue valiendo eso tan antiguo de: trátense como hermanos.

 

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