D. Francisco      Párroco El trabajo que dedica un cura para un pueblo no se proyecta sólo hacia unas personas determinadas ni es para pequeños grupos; no se realiza tampoco desde unas determina-das organizaciones o carismas. Por eso, lo primero que hemos de preguntarnos es qué se entiende por pueblo y qué es lo que constituye el alma del mismo: ¿Qué es el pueblo? ¿Cómo, de qué manera y dónde se expresa el alma del mismo? ¿Cómo se ha de trabajar pastoralmente con el pueblo o en un pueblo? ¿Qué es y cómo es la religiosidad popular? ¿Para qué sirve? ¿Es necesaria? ¿Es inconveniente? ¿Son buenas o malas nuestras her-mandades y cofradías? ¿Qué es negativo o sospechoso en la atención al pueblo? ¿Qué espera el pueblo de sus líderes en general, como por ejemplo sus gobernantes, y de sus curas en particular? ¿Qué significa el cura para el pueblo? ¿Lo necesita? ¿Lo valora? ¿Lo estima? ¿Qué tiene que hacer el cura en el siglo XXI, distinto a los siglos anteriores y a otros tiempos? ¿Qué ha de mantenerse fielmente y qué ha de renovarse pastoral y proféticamente?
   Ya decía Plutarco en la antigüedad que no puede haber un pueblo sin religión. Sea és-te nuestro punto de partida, avalado por la experiencia histórica, pese a los que alardean de poder prescindir de la condición religiosa, criticándola con indiferencia y hasta des-preciándola, cuando no persiguiéndola con agresividad variada. Como muestra de esto último, he aquí lo que llegó a decir el escritor francés Pascal Quignard (Diario ecuato-riano El Mercurio, sección Revista de libros, p. 6): “Los valores que retornan son todos aquellos que detesto: el retorno de la fe me horroriza y estoy desconsolado al ver a mis propios amigos volverse creyentes y doctrinarios”. Como Quignard, muchos laicistas de hoy piensan lo mismo. Pero en este mundo globalizado la gente sigue sintiendo y queriendo sentir la religión, practicándola de mil maneras, siendo una de ellas, muy arraigada, la católica.
   Peligrosamente constatamos riesgos y peligros en torno a lo religioso, tanto en el ámbito católico como en otros. De una parte, dada la falta de formación religiosa, es pe-ligrosa la religiosidad que pueda ir por libre, sin demasiado sentido eclesial, de manera difusa, ambigua, meramente cultural o antropológica… Y de otra parte, dado el funda-mentalismo integrista, constatamos también el peligro de lo que se quiere imponer, sin más, al pueblo, y acerca de cómo se le intenta manipular, etc. Es importante, por tanto, redescubrir el papel que juega la religión en un pueblo.
   Sobre qué es lo que ofrece la religión a un pueblo y sobré qué es lo que busca o en-cuentra un pueblo en lo religioso me ocuparé, Dios mediante, en sucesivos escritos.
 
Francisco Suárez Salguero, Párroco en El Viso del Alcor.
 
 
 
 
 

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