IMG_20120901_122602  La gente, el pueblo, al menos mientras pueda, trata de evitar la frialdad de trato, la burocracia y los requisitos. Por eso en lo religioso busca algo que le sea familiar, algo cálido, algo donde sentirse a gusto y libre. Porque esto es así, la Iglesia trata y ha de tratar siempre de ser cálida, como hogareña, familiar. La Iglesia Católica se ofrece como hogar al hombre, de manera que una parroquia no es sino la casa de todos en medio de las casas de cada familia.
   La religión es la dimensión a la que se agarra el hombre, siempre en busca de la felicidad, en medio de sus miedos e inseguridades, de sus angustias y temores, de su orfandad existencial profunda. La religión es el medio para no estar en la intemperie, en la soledad, en el desamparo. El pueblo necesita su lugar en el que sentirse acogido y amado. Este lugar lo encuentra el pueblo en la Iglesia y una Iglesia que no sea ese lugar no es la verdadera Iglesia.
   Si el instinto por el hogar como instinto fundamental del alma humana no es satis-fecho, tanto aquí como para el más allá, surge la angustia, la desesperanza. Si en la Iglesia no ve la gente un eco de sus esperanzas, esa Iglesia será un recinto de lo que sea, pero no será la Iglesia verdadera.
   De entrada, pues, la Iglesia ha de ser cálida, acogedora, no aduanera sino entrañable, sobre todo para la gente más sencilla, vulnerable, pobre… Si en la Iglesia no encuentran cariño los más débiles y pequeños, esa Iglesia no será verdadera Iglesia. Lo mismo si no encuentran acogida los que sufren, los que reconocen sus miserias y los que quieren enmendarse.
   La religión es y ha sido  para todas las culturas su hogar, el calor humano que necesitan. Esto se viene descubriendo por todas partes en nuestra época posmoderna y globalizada, la época que se nos abre en el siglo XXI. Hay que privilegiar una preeminencia de lo cordial y de los afectos, que no son mero sentimentalismo. Sólo desde cristianos que entiendan esto y lo pongan en práctica se hallará el norte y la identidad para los hombres y las mujeres de hoy y del futuro, porque sólo así tendrán los pueblos su peso específico, recobrado y alentado.
 
Francisco Suárez Salguero, Párroco en El Viso del Alcor
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