La Iglesia tiene de sagrada su relación con Dios, con un Dios entregado por amor a todos, un amor que es personal y que espera del hombre una respuesta personal, no individual o anónima sino en pueblo, comunitaria, familiar.
   La religión es amor y entrega personal a Dios que nos ama a todos de manera perso-nal. Esta comprensión religiosa es importantísima para nuestra época, en la que pre-domina la despersonalización, la banalidad, el vacío existencial. Sólo Dios llena la vida, no una poquita de gloria o satisfacción como ofrecen los reality show o los sucedáneos placenteros que nos procuramos.
   Es importantísimo que concibamos así la religión: desde la importancia de entregar-nos a Dios personalmente, de entregarnos de corazón, siendo el corazón el símbolo de nuestra totalidad personal, de nosotros por entero. Quien no lo ve o no lo vive así no sirve para ser cristiano y nunca podrá tener sentido de Iglesia, aunque acuda a ella.
   Toda religión busca encarnarse, lo que quiere decir también echar sus raíces en la tierra, porque el pueblo siempre es ajeno a lo abstracto, a lo meramente doctrinal, a los principios de la sola razón. El pueblo quiere tenerlo todo de manera sensible, visual, y por eso quiere verlo todo enraizado sobre el terreno. Dios se encarnó naciendo de la Virgen María.
   Siempre hubo suelos sagrados, tierras santas, patrias que Dios nos dio. No hay mayor tragedia para un pueblo que la de perder su tierra o ser expulsado de ella. Por eso es ne-cesario el ejército, lo militar. La Sagrada Escritura muestra en muchos lugares la dolo-rosa nostalgia del pueblo elegido por vivir en el exilio. Así se expresaba el pueblo de Dios según el Salmo 137 (1-4): “Junto a los canales de Babilonia nos sentábamos llo-rando, acordándonos de Sión. En los sauces de las orillas colgábamos nuestras cítaras. Allí nos pedían canciones los que nos habían llevado cautivos, y nos pedían alegría los que nos atormentaban, diciendo: ¡Cantad para nosotros alguno de los cánticos de Sión! ¿Cómo podríamos cantar un cántico de Yahvé en tierra extraña?”.
   Nuestro pueblo también tiene como sagradas sus tierras, sus santuarios, sus lugares de peregrinación, sus sitios y sus imágenes de mayor veneración. Y el pueblo, más allá de lo folclórico, sabe muy bien lo que hacer. Y los curas, siendo parte del pueblo, han de saber entenderlo y valorarlo.
 
Francisco Suárez Salguero, Párroco en El Viso del Alcor
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