postal_17 El cura no puede salirse del universo de afectos del pueblo. No se educa al pueblo creyente a base de dogmas y claridades teológicas, ni se forma la voluntad a base de preceptos y disciplinas. Para llegar de verdad a todos y al completo hay que ir al corazón, que es el centro de la persona. Si alguien lo duda, que se pertreche de antropología bíblica. Le hace falta. Parece que hay curas que carecen de esta visión.
   El sentir del pueblo es como su especial olfato para las cosas de Dios. El pueblo creyente tiene más nariz católica de lo que a veces suponemos los curas. El pueblo sabe oler. Sabe que hay cosas que apestan porque provienen de corrupción y sabe que hay cosas que huelen bien porque vienen de la verdad y de la generosidad. El pueblo lo sabe bien porque también le huelen mal sus propios pecados.
   En el sensus fidei del pueblo que quiere ser bueno se verifica que hay quienes captan con el corazón las grandes verdades que conforman nuestra fe. El cura tiene que cono-cer a quienes saben extraer los núcleos o esencias vitales de las verdades católicas que se captan rápidamente por vía afectiva y difícilmente por otros procedimientos.
   Por eso es tan importante la transmisión de la fe en la familia, porque mucha gente no tiene otra fe que la de sus padres y abuelos.
   Los padres han de saber que los hijos les podrán hacer caso o no en lo que les digan, pero con toda seguridad han de saber que los hijos siempre les imitarán.
   Por eso la Iglesia defiende con tanta vehemencia la vida familiar y de la familia de verdad (no rara ni sucedánea). No dejemos que nos roben la familia. Rechacemos a los que nos tildan de rancios por defender “la familia tradicional”, la que transmite la fe y los valores valiosos de verdad, la familia del pueblo de toda la vida, por muy pluralista que sea nuestra sociedad y por muy globalizado que sea nuestro mundo.
   El pueblo, la gente cordial y creyente, tiene su instinto básico familiar. Continuaremos profundizando en cómo al respecto.
 
Francisco Suárez Salguero: Párroco.
 
adoramos con el corazón
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