images (16) San Pablo nos exhorta a sobrellevar las flaquezas de los débiles y no buscar nuestro propio agrado (cf. Rom 15, 1) y que tengamos cuidado de no servir de tropiezo a los dé-biles (cf. 1 Cor, 8, 9), que son indispensables (cf. 1 Cor 12, 22). Hemos de ser pacientes con ellos (cf. 1 Tes 5, 14).
   Ciertamente hay entre los católicos unos de religiosidad digamos alta y otros de un ni-vel más bajo o aminorado, del pueblo en su sentido incluso de masa. Y no porque la propuesta mejor sea la de alcanzar niveles altos de religiosidad hemos de despreciar los niveles más bajos. Todos los niveles requieren nuestra ayuda, nuestra atención pastoral.
   Un cura se da perfectamente cuenta de lo poco refinada que está la religiosidad de mu-chos de los fieles. ¿Qué ha de hacer? Evidentemente hará cuanto pueda, pero no podrá nunca pretender algo así como un nivel de excelencia universitaria en todo el mundo. Será difícil y complicado que el pueblo llegue a logar alguna vez unos niveles deseados en lo relativo a la liturgia, a la teología, a la doctrina, a la práctica de la fe y la moral en todos los sentidos. El cura, y toda la comunidad cristiana o parroquial, hará lo que pue-da, siempre en el contexto de la mayor comprensión y ayuda, a todos sin excepción.
   Tan nefasto y peligroso es desatender a las élites como a las masas, las que componen esas personas que no van mucho a misa, ni hacen horas santas o retiros espirituales, ni se apuntan a cursos de formación, o en todo caso van a ciertos cursillos de manera obli-gada y luego por lo general los agradezcan.
   Sin embargo, hay mucha gente que participa masivamente en las grandes fiestas reli-giosas, reuniéndose como pueblo en torno a los grandes santuarios, y le son gratas las peregrinaciones, tanto personales como en grupo o por algún motivo. El pueblo se afe-rra sobre todo a su piedad popular mariana. Por lo tanto, hemos de saber explorar este ámbito y responder al pueblo adecuadamente. No podemos forzarlo a que asuma sin más nuestra sensibilidad de élite sin nosotros dar el paso de aterrizar en la sensibilidad popular que ciertamente tiene la gente, sin abroncar por la sensibilidad no manifiesta. Puede que aquello a lo que no es sensible el pueblo (o un determinado pueblo) no se deba a algo de lo que debamos culparlo sino, tal vez, a algo que no se le ha sabido dar o encauzar antes.
   Todos sabemos que la Virgen María es la que mejor destruye las herejías, las cuales suelen ser producidas por la soberbia de los que se las dan de entendidos. Sólo María produce paz, porque es Madre de actitud serena, de religiosidad en el auténtico y verda-dero ámbito de la mansedumbre. María no es fanáticamente apocalíptica, ni amenazan-te, ni catastrófica. No nos la dejemos falsear. No aceptemos de Ella lo que nos puedan decir los sobrenaturalistas que perturban los ánimos.
 
Francisco Suárez Salguero, Párroco en El Viso del Alcor
 
 
images (17)
 
 
 
Anuncios