images (18)  La Virgen María no produce fanatismo religioso, ese fanatismo que acaba siempre en violencia, en muerte, en destrucción, en persecución. Una desmesurada religiosidad im-puesta acaba siempre en violencia y toda violencia suele pretender una justificación reli-giosa. Hay muchos ejemplos de este tipo a lo largo de la historia. Desde una piadosa se-renidad mariana no habrían sido destruidas, suicidamente además, las torres gemelas de Nueva York. Todas las guerras entristecen a María por lo mismo que la entristecen las herejías, porque provienen todas ellas de malentender lo que es real y conveniente-mente religioso, lo que es bueno de verdad.
   Si las herejías de los primeros siglos en la historia de la Iglesia fueron de índole cristológica (lo erróneo acerca de Cristo), hoy lo son de índole antropológica. No hay más que ver, por ejemplo, el magisterio del prolongado pontificado de Juan Pablo II pa-ra caer en la cuenta de ello. Lo que hoy desgarra nuestra mentalidad es la errónea ima-gen que se tiene del hombre.
   Nuestro mundo pudo experimentar la locura a la que lleva una falsa imagen del hombre, la locura que fue, entre otras, el nacionalsocialismo hitleriano con aquella ima-gen subyacente del superhombre. El hombre de los totalitarismos, tanto los más exacerbados como los más encubiertos, queda reducido a lo meramente instintivo, al hedonismo incontrolado, a la estrechez y a convertir la historia en una amalgama mercantil que produce víctimas, millones de víctimas. La herejía global de hoy en día es la característica de la new age, el pensamiento débil de la postmodernidad, el hombre light.
   María nos ayuda a superar todas las falsas imágenes del hombre. Ella sigue actuando a favor nuestro. Y el pueblo creyente, en su piedad popular, lo sabe, lo experimenta, lo vive, lo celebra.
   “Omnes haereses tu sola interemisti in universo mundo”. Tú sola has vencido todas las herejías del mundo.
   El buen cura y el buen pueblo saben del carácter personal y maternal de María como su misterio y como la fuente de su grandeza. De esto seguiremos tratando.

Francisco Suárez Salguero, Párroco en El Viso del Alcor

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