med   Se habla mucho de la necesaria formación cristiana que necesitamos y que necesita nuestro pueblo. Pero sólo en María se asegura dicha formación.
   Vivimos en unos tiempos que alardean de culturales y de un inmenso saber científico, tecnológico, informativo… Pero al mismo tiempo observamos una gran ignorancia reli-giosa que antes, cuando la gente era más analfabeta, no se daba.
   Cabe decir que la gente que ama y venera a María no es analfabeta, ni está alejada de Dios. Sí lo es, y está alejada de Dios, la gente que da poco significado en su vida a Ma-ría. María sigue siendo la Biblia pauperum, la Biblia de los pobres.
   Decir esto no es retrógrado, como si quisiéramos volver a los tiempos medievales. No volver a la imagen viva de María es pastoralmente contraproducente. Ya iremos desa-rrollando estas ideas, porque antes tendremos que ir tratando sobre qué tiene que ver la devoción mariana con la sana percepción o psicología del pueblo, y con la sana fe po-pular. La fe del pueblo no es aberrante. Es mucho más aberrante, aunque no sea malin-tencionado, lo que puedan proponer algunos listillos o pastoralistas de pacotilla, aleja-dos del pueblo.
   La pastoral que parte de ciertos esquemas para no salir de ellos no tiene nada que ver con la pastoral que resulta de muy finas observaciones de la vida misma, que son las fi-nas observaciones del pueblo, con sus instintos y con sus intuiciones. El pueblo que se vincula a María es el que mejor se desvincula de sus manipuladores y del paganismo de todos los tiempos. El pueblo que se vincula a María es el que entiende desde Dios que la verdad nos hace libres (cf. Jn 8, 32).
   Esas finas observaciones son importantísimas, porque de ellas dependen que manipu-lemos (políticamente) al pueblo o, por el contrario, estemos de verdad a su servicio y para su bien. Esas finas observaciones son importantísimas para que no se pervierta la gente desde (y para) nuestras oscuras intenciones de pervertidos o mediocres o poco santos. El pueblo tiene derecho a la visión de María en su Magníficat  (Lc 1, 52-53): Que Dios derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes, que a los ham-brientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacío.
 
 
Francisco Suárerz Salguero, Párroco de El Viso del Alcor
 
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