fe  Me propongo ahora presentar la fe desde tres dimensiones: existencial (incluido lo irracional), intelectual o racional y sobrenatural o supra-racional, que tiene que ver con la fe del pueblo en la Providencia de Dios, con su sentido de la trascendencia. De estos tres niveles o dimensiones de la fe, la Virgen María tiene sus roles más destacados en el primero y en el tercero. Lo iremos viendo.
   Es de suma importancia que partamos del elemento o dimensión existencial e irra-cional de la fe. No debe asustarnos la palabra irracional, porque la fe no es sólo inte-lectual sino sobre todo existencial. El creyente lo es, desde el fondo de su ser, en toda su personalidad, no sólo en su parte racional o intelectual. Esto también se aprende del pueblo. El que cree es todo nuestro ser, no sólo nuestro pensar o nuestro intelecto. Por eso también son creyentes los más tontitos o deficientes mentales. Todos somos más metafísicos de lo que piensan los metafísicos. Todos sabemos que nuestro ser no es per se, sino que venimos del Ser que es Dios. Todos tenemos el impulso de entroncar con el Ser que nos dio el ser. Este impulso –ir a las fuentes del ser– es el que nos lleva vi-gorosamente a querer alcanzar a Dios. Es nuestro deseo de buscar a Dios, de encontrarlo y de dejarnos encontrar por Él. Es también nuestro deseo de agradar a Dios, lo cual enraíza en nosotros el deber, la ética, la conducta, el comportamiento, la moral univer-sal, la ley natural (trasunto de la ley eterna).
   Si podamos esto en nosotros o en el pueblo, nos desarbolamos, nos perdemos, nos desorientamos, nos trastocamos, por mucho que enarbolemos derechos humanos aleján-donos muchas veces de nuestras responsabilidades, que están enraizadas (instintiva-mente) en nuestro ser.
   Todos tenemos conciencia de no ser lo que deberíamos o como deberíamos. Todos tenemos conciencia del desorden en el que hemos caído. Todos sabemos que en el orden está Dios y en el desorden el pecado. Sabemos que no estamos donde deberíamos estar y que no estamos como deberíamos estar. Más que saberlo lo sentimos. Por eso po-demos catalogar a este saber-sensación como dimensión irracional o existencial de la fe. Dios es el tres veces Santo, el Santísimo. Y nosotros le decimos a María, Madre de Dios, que ruegue por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte.
   Con los deseos de nuestra concupiscencia nos sentimos poco virtuosos, sucios, impu-ros, irracionales aun sabiéndonos personas humanas, sin que estemos no como nos gus-taría o como, pensándolo bien, quisiéramos estar. Por eso el pueblo puede ensalzar a María como Santísima Virgen, como Inmaculada desde su Concepción, sin pecado ori-ginal. ¡Con cuánta angustia han vivido esta dimensión de la fe los hombres buscadores de pureza y también las mujeres en busca de su integridad personal!
   Lo que no acepta el pueblo es que se le reprima lo irracional, pero sí acepta que se le purifique y se le llame a la vida virtuosa, que es racional. Nos sabemos impulsivos, emocionales, sentimentales… y creyentes desde estos nuestros fondos como personas. No debemos desestimar los preámbulos irracionales de nuestra fe.
   La acción pastoral tiene mucho que hacer al respecto y el cura tiene que saber acertar en ello. No es fácil, sobre todo porque hay mucho desacierto acumulado. No hay que acomodarse a los tiempos que vivimos sin más, pero sí hay que tenerlos en cuenta. Son tiempos en los que lo irracional tiene su peso y su importancia. No lo ignoremos. La fe tiene que ser existencialmente sentida, no sólo intelectualmente sabida. La fe no es sólo toda emocional, pero sí lo es en parte. La Virgen María, como Madre entrañable, es muy emotiva y emociona al pueblo. No le quitemos al pueblo sus emociones. No des-preciemos la sensibilidad. La fe tiene mucho más de vivencias que de argumentos. El pueblo sabe contar sus vivencias o experiencias, aunque no sepa argumentarlas racional-mente. Y no por eso carece el pueblo de la sabiduría que le es propia.
 

Francisco Suárez Salguero, Párroco en El Viso del Alcor

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