descarga (15)“Fides vestra sit rationale obsequium”. La fe sea vuestra respuesta racional. Esta dimensión de la fe, la racionalidad, es necesaria, porque lo no racional (lo irracional) es-tá en nosotros como naturaleza dañada por el pecado original. El hombre no es bueno por naturaleza, aunque Dios lo creó como lo mejor que salió de sus manos. La fe, en cuanto irracional, es ciega, pero más ciega es nuestra naturaleza caída y nuestra condi-ción de pecadores. Por eso lo racional tiene que iluminar lo oscuro o irracional de nues-tra fe. Eso oscuro no es erradicado sino iluminado, encauzado. La fe nos transfigura y su dimensión racional nos hace presentables. Si no fuera así, no pasaríamos de ser unos impresentables, también en las manifestaciones de nuestra religiosidad, como a veces pasa.
   María es sentida por la gente sobre todo como Madre entrañable en la que se puede confiar. Aprendemos de ella como Maestra (Sede de la Sabiduría) pero mucho más como Madre. Teresa de Lisieux (Santa Teresita del Niño Jesús), al rezar la Salve (Reina y Madre) se emocionaba al llamar Madre a María, y le gustaba más dirigirse a Ella como a una Madre y no tanto como a una Reina.
   La razón es necesaria pero no emociona a nadie. Así, la Virgen María deja que de la razón de la fe o de la fe en su dimensión racional, se encargue la Iglesia, que también es para nosotros una Madre más que una Institución. Ella, María, se encarga más de lo irracional o existencial y de lo sobrenatural de la fe, como en su momento veremos. Así pues, hay dos fuerzas vitales que encauzan debidamente nuestra fe: María y la razón. La razón tiene su importancia, pero no menos la tiene María al purificar nuestros impulsos y nuestras emociones y al intervenir en las gracias que recibimos del Señor.
   María no nos ayuda con argumentos magistrales, pero nadie nos enseña más que Ella en cuanto Madre. Todos aprendemos muchas cosas en nuestras escuelas, pero lo que de verdad sabemos es lo que nos enseñaron en casa nuestros padres, sobre todo lo que nos enseñó nuestra madre. María es más que una maestra. Por los maestros tenemos muchos conocimientos, pero lo que de verdad aprendemos es lo que nos enseñan nuestras ma-dres. Las madres son las bases de los pueblos. Por eso es tan importante el desvelo de la iglesia por el desenvolverse de la familia cristiana y el desvelo de la Iglesia por la mujer. Lo más grande de la mujer, incluida la que se consagra a Dios, como María, es su instinto maternal, no su profesión, o su cargo, o un supuesto ministerio que pudiera ocupar en la Iglesia.
 
 Francisco Suárez Salguero, Párroco en El Viso del Alcor
 
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