descarga (1)   La fe en la Providencia de Dios es la más arraigada en el pueblo creyente. Y eso es así, como está históricamente más que demostrado, pase lo que pase. ¡Y vaya si pasan cosas, muchas cosas como para dejar de creer! No hay prueba que no sea superada por esta fe.
   Es cierto que a veces se aprecia en el pueblo un providencialismo fatalista y, en ese sentido, se oye hablar de resignación. Pero en realidad lo que expresa el pueblo es su inconmovible firmeza de fe por muchas que sean las conmociones a las que se vea so-metido. Esto es lo más sobrenatural de la fe, tras lo cual está siempre la intervención y la intercesión de la Virgen María. De hecho y sin duda alguna, el pueblo sencillo es un ejemplo práctico mostrando la fe en la Providencia de Dios. Jesús lo resaltó no sólo para el pueblo elegido sino también para todos los pueblos y para cada persona en particular en su sermón de la montaña.
   La fe en la Providencia de Dios es creer firmemente que Dios lleva la historia y la vida de cada uno de nosotros según nuestra disponibilidad a su voluntad. Esta fe no está exenta de riesgos, tentaciones, quejas por nuestra parte, murmuración y crisis de todo tipo. Por eso tenemos la fe que decidamos tener y según el rechazo que hagamos a las propuestas diabólicas. Satanás no dejará de tentarnos para que abandonemos la confían-za en Dios. La fe es un don de Dios y también una decisión y entrega por nuestra parte. Así es la fe en la Providencia de Dios, una fe a prueba de tentaciones y de ganas de desertar.
   Lo fe no es sólo la aceptación de las verdades dogmáticas o de las enseñanzas del ca-tecismo. La fe es mucho más que todo eso. Es dejarnos conducir, ser llevados por el camino en el que Dios nos pone y nosotros aceptamos. Es la fe del Salmo 22: “En ver-des praderas me hace recostar; me conduce hacia fuentes tranquilas y repara mis fuer-zas… Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo…”.
   El pueblo tiene una manera expresa de vivir esta fe: acompañando a la Virgen María en una procesión o en una romería, o peregrinando a uno de sus santuarios.
   No es que uno tenga fe porque vaya de romería, pero una romería no es algo despre-ciable o ajeno a la fe.
   Veremos, como está comprobado, que los santuarios marianos son lugares privilegia-dos en los que el pueblo se evangeliza o “se expone a ser evangelizado” sin demasiada dificultad, como don y tarea            que se le propone. El cura, en su amable y cercana relación con el pueblo, tiene que saberlo y hacérselo aprovechar a la gente, a los que buenamente se dejen.

 

Francisco Suárez Salguero, Párroco en El Viso del Alcor

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