Ya sabemos que el pueblo quiere ver a María vinculada a unos lugares en los que se encuentre con Ella con intimidad y alegría, como un hijo tratando de cerca con su madre.
   Sabemos también que cualquiera puede encontrarse íntimamente con María en cualquier parte del mundo, pero Dios ha querido que cada cual (y cada pueblo) tenga como su lugar específico para tratar con Ella, la Bendita entre las mujeres. Es como nos pasa en casa, que cada rincón de la misma es para algo en concreto. Hay un lugar, el preferido por la madre, al que van los hijos a encontrarse con ella. Ese lugar es sagrado.
   Una casa es hogar en su lugar más íntimo o sagrado, el lugar en el que está la madre. Una casa puede ser como una pensión en muchos aspectos, pero es un hogar en la medida en que proporciona vivencias y experiencias tan humanas como espirituales. Una casa sin madre no está bendecida aunque la rociemos con mucha agua bendita. Una madre es una bendición. Madre es sinónimo de hogar. Madre es lumbre que ilumina y da calor. Madre es alimento de cuerpo y alma, la que nutre el espíritu.
   Hacen muy bien los pueblos que se congregan una y otra vez en un santuario mariano, atraídos como lo fue Moisés ante la zarza ardiente (Ex 3), la zarza en la que los Santos Padre vieron ya simbolizada a María. El pueblo ha sabido además embellecer esos lugares y disfrutarlos como hermosos oasis en los desiertos de la vida. María está allí actuando en medio de su pueblo, vigorizando a su Iglesia y mejorando la sociedad. María actúa allí dando fuerza y liderazgo a los hombres que son sacerdotes en el sacerdocio único de Cristo. El pueblo que peregrina quiere ver en el cura su referente, su líder, su acompañante. ¿No es constatable que el pueblo quiere que su cura le acompañe? Y no lo quiere para que se emborrache sino para que lo evangelice como sólo se puede evangelizar, con alegría. El pueblo sabe que el cura se puede poner serio en la homilía del templo, pero en la peregrinación tiene que ser homilía viva, no discursiva. Eso es lo que sabe el pueblo y eso es lo que tiene que saber el cura. La evangelización se da con la predicación, pero mucho más con la conversación, con el gesto, con el acompañamiento, con el compartir, con el rezar y cantar juntos, con el silencio juntos, con el besarse y el abrazarse, con el comer juntos y con el dormir respetuosamente juntos. El cura es como Moisés en el éxodo y como Jesús encaminándose a Jerusalén durante su vida pública, rodeado de gente a la que se le anuncia el Reino de Dios de mil maneras.
   En la meta de los santuarios marianos la Virgen María, Reina de los Apóstoles, purifica y perfecciona la fe inmadura del pueblo peregrino. Del hábito de peregrinar puede surgir el hábito de creer, el hábito de la fe, el hábito de confiar en Dios, el hábito de agradar a Dios, el hábito de obedecer a Dios sin forzarse y sin verse forzado por los preceptos, experimentando la paciencia de Dios. Si el pueblo experimenta que los santuarios marianos son lugares de gracia, se podrá habituar a la acción de gracias, irá descubriendo la esencia pascual de la Eucaristía, de un modo que no se logra por otros métodos pastorales. Las peregrinaciones pueden ser preámbulos de la vida sacramental más auténtica. No hay que desaprovecharlas. ¿Acaso no han destacado como peregrinos muchos santos, tanto populares como de élites?
 
Francisco Suárez Salguero, Párroco en El Viso del Alcor
 
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