Una de las consecuencias de peregrinar a un santuario mariano es que la Virgen María acabe instalándose en el corazón del peregrino, de modo que éste lleve a María consigo, quedando íntimamente vinculado a Ella y a Dios por Ella.
   Como María es la llena de gracia, actuará aportando un acumulado capital de gracia divina en el peregrino; y éste se podrá abrir a la confesión de sus pecados para que su corazón sea digno de María y de Dios. No ha de extrañarnos que esto ocurra. Para eso está también el cura, muy primordialmente, en medio de su pueblo y absolutamente amable con todos, amigable, compasivo, misericordioso.
   La Virgen María nos facilita las cosas y nosotros también se lo ponemos fácil a Ella. El cura, que no es sino un pobrecito más, está ahí, como una modesta ayuda a la Virgen María y a Dios y como una modesta ayuda a sus hermanos, a su pueblo, que es el pueblo de Dios. Esto es la Iglesia. No pensemos que es cosa de obispos y cardenales en plan organización.
   Convierte, pues, tu corazón en un santuario digno de la Madre de Dios y de Dios mismo, porque en adelante, si no llevas a Dios en tu corazón, no lo encontrarás ya en ningún sitio, por mucho que busques en muchos santuarios ni por mucho que vayas de romería.
   Conviértete en un convertido a Dios que además seas también muy divertido. Con-viértete y cree en el Evangelio.
   Despréndete de todas las cosas tontas y superfluas de tu vida, de todas tus fantasías malsanas, de tu agresividad, de tus juicios sobre los demás, de tus actuaciones equivocadas.
   ¡Cuánto de esto tenemos también los curas, los que les achacamos muchas cosas a los demás sin que nosotros seamos mejores!
   El pueblo sabe cuándo el cura es representativo de la Iglesia, incluso si algunas veces –no siempre– va vestido de seglar (que no creo que haya que enervarse tanto por eso, como hay algunos que se enervan con exacerbada crispación). El pueblo sabe que bien predica Don Ejemplo son alborotar el templo.
   Distinto no quiere decir distante y pueblos santos sólo los tienen los curas santos, pero éstos no van apergaminados u oliendo a inciensos sino, como dice el Papa Francisco, a ovejas.
   Si queremos que el pueblo sea más cristiano, la Iglesia y en especial sus curas, sin descuido de las élites, tienen que ser más populares. La Iglesia se tiene que ver como se quiso en el Concilio Vaticano II y no como anteriormente: la Iglesia se tiene que ver como pueblo de Dios. Cabeza de la Iglesia sólo es Cristo. Hay jerarquías eclesiásticas pero todos estamos en el mismo plano y nivel en cuanto bautizados (y bautizadas).
   Quiero acentuar una expresión que el Concilio Vaticano II adoptó acentuada y repetidamente, una expresión que muestra la diferencia entre la Iglesia de más antiguamente y de más actualmente: que todos los que componemos la Iglesia hemos de comprendernos no más (ni menos) que como pueblo de Dios. Esto quiere decir que seamos más populares que jurídicos, más cálidos y cercanos que institucionales, más familia que organización, más de consonancia bíblica que feudal, más fresca y novedosa que rancia, más tranquila que nerviosa, más confiada que temerosa, más profética y esperanzada que de malos augurios. Está totalmente equivocado quien sostenga una Iglesia excluyente: de los menos formados, de los menos regularizados, de los menos practicantes, de los menos dóciles…
   En la Iglesia como pueblo, como en toda familia, hay de todo. Y todo es igualmente digno. ¿Qué querrá decir esto en la práctica? Lo iremos viendo.

                                                Francisco Suárez Salguero, Párroco en El Viso del Alcor

 

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