Aun siendo esencialmente diferentes y sin dejarnos llevar por la ideología de género, ya no podrá haber diferencias prácticas en lo substancial entre hombres y mujeres.
   Antes, si un hombre erraba, se equivocaba o pecaba, era castigado y se recuperaba, mientras que una mujer, por lo mismo, caía en un pozo sin fondo, que era como caer en el estiércol y hundirse totalmente. Y si caían en desgracia las mujeres, eso mismo les pasaba a los pueblos que sustentaban, porque a los pueblos, como a las familias, los sustentan las mujeres. Igualmente pasa en la Iglesia, cuyos destinos son esencialmente los destinos de sus mujeres.
   Los intelectuales sabe decir y contar muchas cosas sobre la importancia de la mujer respecto a la moral de un pueblo y a su religiosidad, pero no deberá haber una doble moral (y un doble lenguaje) para medir respectivamente el comportamiento del hombre y el de la mujer. En la teoría todo suena muy bien, pero ¿qué ocurre en la práctica?
   Si queremos renovar el mundo, verlo transformado según por donde va la historia, tendremos que ver renovado el papel de la mujer, también respecto a la religiosidad po-pular y a la Iglesia.
   En la práctica suele ocurrir que, si un pueblo se vuelve un degenerado, son las mujeres quienes lo regeneran. Esto lo demuestra la historia. Si son las mujeres las que se vuel-ven unas degeneradas o se desorientan, entonces todo se vuelve un caos y todos vamos directamente al abismo.
   La publicidad supo mucho de esto e inventó así la mujer objeto, la mujer atracción. Cuando algo se le quería vender a los hombres, no había más que poner al lado de la mercancía a una mujer “apetecible” y ya estaba todo hecho. Menos mal que las mujeres han reaccionado ya contra la publicidad sexista. La mujer no ha de ser utilizada para despertar en los hombres sus más bajos instintos. La mujer no ha de ser embrutecida, ni ella embrutecerse perdiendo su genuina feminidad, porque una mujer masculinizada es lo peor que puede ocurrir, pues se pervierte y se ensaña contra todo y contra todos.
   No nos engañemos. Lo peor que le puede pasar a la mujer es convertirse en tumba de los no nacidos y dejar de ser fuente de vida o de nacimientos. ¡Qué degeneración la de pasar de cuna a tumba! Es lo que ocurre cuando la mujer adopta la “cultura” (incultura) de sus supuestos derechos sin tener en cuenta los derechos de los demás, incluidos los de sus hijos, rechazando la moral o ética universal, desorientada religiosamente y renun-ciando a la fe. No se es madre a partir del nacimiento de un hijo sino desde el momento en el que ese hijo es concebido. Y no valen eufemismos.
   Quizás una de las causas de más consideración en la decadencia moral de los pueblos que fueron cristianos sea la producida por la mujer que deja de creer en Dios y la fe deja de crecer en su primer estadio natural, el de la familia. Sí. La mujer es insustituible en lo más primordial, no la puede reemplazar el varón. La Iglesia quedará entonces reducida a un gran aparato litúrgico pero vieja y sin vida. La Iglesia quedará entonces convertida en una mera institución administrativa, no libre de cualquier sospecha, y todos se pre-guntarán: ¿Qué se esconde detrás de esa organización? Por eso la Iglesia está contra el aborto y a favor de proteger y amparar a la mujer, lo cual tiene también sus conse-cuencias en la práctica. ¿Responde de verdad la Iglesia a este reto no sólo sabiéndolo argumentar?
 
Francisco Suárez Salguero, Párroco en El Viso del Alcor

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