Más que a unos ideales, al sacerdote se le pide y exige que responda a la realidad concreta del pueblo.
   El cura, siempre cuidadosamente solícito en la permanente formación cristiana de la élites católicas, ha de saber enraizarse en la religiosidad popular.
   El pueblo tiene su sensibilidad religiosa, de manera muy destacada como piedad mariana, tal como hemos ido viendo en lo tratado y escrito hasta este momento.
   La religiosidad popular es de gran riqueza y complejidad, nada despreciable. No se puede actuar en ella desde la indiferencia o desentendiéndonos, ni censurando ni podando indiscriminadamente.
      El cura ante la religiosidad popular ha de tener en cuenta lo siguiente:
   1º.- Aprender de ella, no sólo dar lecciones adoctrinando o dogmatizando.
   2º.- Distinguir los elementos de la fe.
   3º.- Centrar su atención en la práctica y acompañar sirviendo de referente.
   El relieve más destacado de la fe, sin fatalismo, es el de la confianza en la Providencia de Dios. Es la fe que siempre sostiene y nunca desilusiona, incluso en medio de las pruebas más dolorosas que la vida misma (no Dios) nos presenta y acarrea. Porque la vida no se nos da a pedir de boca; se dan en ella muchas contingencias y circunstancias adversas. Y el pueblo suele ser muy valeroso o hay que animarlo a que lo sea.
   Dios nos da siempre la liberación, la redención, la esperanza, la alegría…
   Frente a la realidad del pueblo, tan rica y compleja como frágil y limitada, es necesario, imprescindible, un liderazgo sacerdotal que no siempre viene preparado o bien formado al respecto desde el seminario. A veces se tiene la impresión de que los seminarios son como laboratorios o moldes en los que se producen sacerdotes para algo más ideal que real.
   No hay que ajustar la realidad popular al perfil prefijado del sacerdote. Hay que hacer justo lo contrario. El molde en el que se hace el cura es el pueblo. No es el pueblo el que se tiene que amoldar al sacerdote. Es el sacerdote el que se tiene que amoldar al pueblo, aunque en definitiva lo que resulta es un amoldarse mutuo. No es bueno, en circunstancias normales, que los curas, sobre todo los párrocos, duren poco en los pueblos.
   Muchos esquemas pastorales no son sino autistas del cura o del clero en general. La realidad es como es, mal que les pese a los esquemas pastorales. Lo que no vale es hacer prevalecer los esquemas pastorales, mal que le pese a la realidad.
   Hay una anécdota que cuentan del filósofo idealista Fiedrich Hegel. Enseñaba su gran sistema filosófico según el cual era lógico que hubiera siete planetas girando alrededor del Sol. Entonces se había descubierto un nuevo planeta en el sistema solar y un alumno se lo hizo saber al profesor mientras enseñaba. Hegel respondió impávido: “Pues peor para el sistema solar”.
   No, no es así. El sistema solar es la realidad; y es la realidad la que se impone sobre el sistema filosófico, no al revés. Lo mismo pasa en pastoral. La realidad se le impone al cura. Por eso es un contrasentido pastoral que un cura imponga o se imponga al pueblo. Lo mismo da que un cura sea progre o carca si lo que hace es fundamentalismo pastoral o pastoral fundamentalista, impositiva. Todo fundamentalismo, tanto de naturaleza religiosa como secular, es autismo, incapaz de captar la realidad en todos sus matices e incapaz de servirla. Los curas así son también de los que se sirven de la Iglesia, no de los que la sirven.
 
       Francisco Suárez Salguero, Párroco de la Santa Mª  del Alcor.
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