El sacerdote (presbítero) es para el pueblo un hombre con corazón. El pueblo, con su cálida sensibilidad, requiere que el cura llegue de corazón a la gente. El pueblo no se deja conducir o guiar, al menos de entrada, por grandes pensamientos. Lo que quiere el pueblo es el afecto, sentirse apreciado y amado. El pueblo tiene que sentir que se encuentra a gusto y no incómodo con el cura. Por eso no son apostólicamente más fecundos los curas más cultos, aunque esto no tenga por qué ser un obstáculo, sino los que se muestran con un trato más cálido en respuesta a lo que tiene de cálido el pueblo, que siempre es más sensible que arisco.
   El pueblo pide a sus curas que sean comprensivos (“apañaos”) y amables, cordiales y cercanos, del todo asequibles. Sobre todo destacan los más jóvenes en desear curas así. Y el cura no deberá desaprovechar esto, porque los jóvenes, generosos y abiertos por naturaleza, son el futuro. El cura ha de ser como Jesús, que “tenía compasión del pueblo” (Mt 15, 32). Y hay muchas situaciones lamentables en el pueblo como para ser habitualmente compasivos.
   El pueblo no quiere la apatía sino la empatía y la simpatía. El pueblo no desea ser religiosamente apático, y si lo es habrá que averiguar por qué y poner remedio cuanto antes. Sabemos que el remedio es la empatía y la simpatía. Sólo así se puede entusiasmar al pueblo, sacarlo de su apatía. Otro remedio es la paciencia, porque el pueblo se puede entusiasmar por momentos o temporalmente, siendo proclive a volver de nuevo a la apatía, porque hay apatías que se hacen bastante crónicas. El cura no se puede dejar alucinar, porque los que en un momento se entusiasman como santos y participantes en otro momento se vuelven como demonios y pasivos. El cura, por difícil que le resulte, ha de saber de mucho aguante personal y de mucha paciencia, sin desalentarse.
   El cura lleva en su corazón a Dios y a su pueblo, al pueblo que necesita a Dios y a Dios que necesita al pueblo. El cura es un hombre de corazón necesitado que se abre al que necesita, al pueblo necesitado de palabra, aliento, alimento y Dios que lo colma todo. El cura es un portador de Dios. Al pueblo se le gana de corazón o no se le gana.
 
              Francisco Suárez Salguero ; Párroco de santa María del Alcor.
 
 
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