Sólo a través del sufrimiento puede llegar el cura a ser maestro de vida y presentar soluciones encarnadas, prácticas, concretas. El cura es el que expía en sí mismo los males y los pecados del pueblo; el que carga con los pecados de los demás. Cuando celebra la Misa se identifica con Cristo, Sacerdote, Víctima y Altar. El cura se sacrifica por los demás, como Cristo sufriente y crucificado.
   Los curas que llegan al pueblo no son los más filósofos ni los más moralistas sino los más amantes. Los curas no pueden pensar en otra cosa más que en no dejar de amar. Irá viendo así que al pueblo no le es indiferente. Sin duda.
   El pueblo nos alerta siempre sobre dos grandes peligros que corremos los curas: el peligro de ser unos charlatanes y el peligro de estar siempre dando lecciones.
   Corremos el riesgo de hablar tanto de asuntos religiosos que nos olvidamos de hablar de los asuntos reales de la vida. Y además no escuchamos bastante a los laicos recogiendo sus asuntos reales y concretos. No os fiéis de los curas que hablan mucho, porque suelen ser los más vacíos y superficiales.
   Corremos también el riesgo de creernos especialistas, pero el pueblo de lo que quiere vernos especialistas es de moderación y de dominio propio. No está de más que el cura se mortifique más de los que se mortifica y no mortifique a los demás.
   Concluyamos, pues, que hombre de corazón no significa hombre sensiblero o sentimental sino hombre experimentado en sufrir, en compadecerse. En cuanto moderado, que el sacerdote sea hombre de corazón no quiere decir que lo deje pasar todo, que sea un tolerante permisivo de todo. Al sacerdote no todo le da lo mismo, pero en todo se da como ejemplo. Lo intenta al menos. Y el pueblo lo capta y se lo agradece y lo aprovecha para su bien.
 
 
                 Francisco Suárez Salguero, Párroco de la Santa María del Alcor.
 
 
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