ESTE ES EL TEMA EL CUAL, SE HA TRATADO  EN EL ENCUENTRO PARROQUIA EN LA NOCHE DE HOY.   
 
 
Uno de los temas fundamentales que todo cristiano ha de saber es el de la gracia de Dios, para disfrutarla.
   Estar en gracia de Dios es saber estar en la presencia de Dios, por la oración, por los sacramentos, por la fe, por la esperanza y por la caridad.
   A la gracia de Dios nos incorporamos por el bautismo convenientemente preparado y celebrado.
   El Papa Francisco, en su audiencia de los miércoles del 15 de enero de 2014, hizo un paralelismo entre la trasmisión de la vida física y la vida de la gracia. En efecto –dijo– así como de generación en generación se transmite la vida, del mismo modo también de generación en generación, a través del renacimiento de la fuente bautismal, se transmite la gracia, y con esta gracia el pueblo cristiano camina en el tiempo, como un río que irriga la tierra y difunde en el mundo la bendición de Dios. [Tal como Jesús enseñó y mandó] los discípulos fueron [a enseñar] y a bautizar; y [desde entonces] hay una cadena en la transmisión de la fe por el Bautismo, y cada uno de nosotros somos el anillo de esta cadena; un paso adelante siempre [en corriente], como un río que irriga. Y así es la gracia de Dios, y así es nuestra fe, que debemos transmitir a nuestros hijos. Así es el Bautismo. ¿Por qué? Porque el Bautismo nos hace entrar en este Pueblo de Dios, que transmite la fe.
   Dijo también el Papa que cada uno de nosotros, incorporados a Cristo y a la Iglesia, somos como “canales” de la gracia de Dios, comunicándonos unos con otros, a pesar de nuestras limitaciones y de nuestros pecados.
   La gracia se entiende si sabemos que es Dios el que pinta. Nosotros no somos más que los pinceles. El pincel no pinta si no es por la mano y la inspiración del pintor.

   Citas bíblicas:

   Hech 17, 28: En Dios vivimos, nos movemos y existimos”. Y Cristo dice: “Sin mí no podéis hacer nada” (Jn 15, 5).
   “Es Dios quien obra en vosotros el querer y el obrar según su beneplácito” (Fil 2,13).
   La Virgen María, en el Magíficat, expresa con toda perfección cómo entiende ella la vida de la gracia. Ella mira a su pasado y dice: “El Poderoso ha hecho obras grandes en mí”. Y mirando a su presente y al futuro asiente y dice: “Yo soy la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra”. En las dos frases los verbos (hacer) van en pasiva. Ella entiende perfectamente que toda su vida, pasado, presente y futuro, es de actitud tanto pasiva como de asentimiento (no de resistencia). María, “la llena de gracia”, sabe que todo se debe a la providencia amorosa de Dios, quien por su gracia actúa en nosotros. Eso es la gracia. No es cuestión de esfuerzo, ni de hacer alardes de generosidad, ni de proponerse nada. En María no hay más que disponibilidad absoluta, humildad total, entrega perfecta, exultante: “Se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador porque ha mirado con bondad la pequeñez de su esclava”.
   En el prólogo de San Juan (capítulo 1) leemos: “Y la Palabra se hizo carne y puso su morada entre nosotros; y hemos contemplado su gloria, gloria que recibe del Padre como Unigénito, lleno de gracia y de verdad. De su plenitud hemos recibido todos gracia por gracia. Porque la Ley fue dada por Moisés; la gracia y la verdad nos han venido por Jesúcristo”. Y San Pablo lo corrobora diciendo: “Donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia” (Rom 5, 20).
 
 
Francisco Suárez Salguero, párroco en El Viso del Alcor
 
 
 
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