ESTE ES EL TEMA EL CUAL, SE HA TRATADO  EN EL ENCUENTRO PARROQUIA EN LA NOCHE DE HOY.   
 

SIGNIFICADO DEL VIAJE DEL PAPA FRANCISCO A TIERRA SANTA

(23-25 de mayo de 2014)

El abrazo de las tres religiones que allí confluyen: de Francisco con el rabino Abraham Skorka y con el musulmán Omar Abboud (“lo logramos”, dijeron).  El Padrenuestro (en español) dejado en las grietas del muro  El mensaje al Islam en la Explanada, con referencia a Abraham como peregrino y padre de la fe. El Papa dijo: “a todas las personas y comunidades que se reconocen en Abraham: respetémonos y amémonos los unos a los otros como hermanos y hermanas. Aprendamos a comprender el dolor del otro. Que nadie instrumentalice el nombre de Dios para la violencia. Trabajemos juntos por la justicia y por la paz”.    Visita al Yad Vashem o Museo del Holocausto en compañía de Simon Peres, con esta oración: “Acuérdate de nosotros en tu misericordia. Danos la gracia de avergonzarnos de lo que, como hombres, hemos sido capaces de hacer, de avergonzarnos de esta máxima idolatría, de haber despreciado y destruido nuestra carne, esa carne que tú modelaste del barro, que tú vivificaste con tu aliento de vida. ¡Nunca más, Señor, nunca más!”.

descarga (8)  Flores al fundador del sionismo en el Monte Herzl, cementerio nacional de Israel.

    Rezo (espontáneo) en ese mismo cementerio por las víctimas del terrorismo en Israel.
 
–          Propuesta sincera de reconciliación entre judíos y cristianos: “Este camino de amistad representa uno de los frutos del Concilio Vaticano II”. Además, añadía el Papa que estaba “convencido de que cuanto ha sucedido en los últimos decenios en las relaciones entre judíos y católicos ha sido un auténtico don de Dios, una de las maravillas que Él ha realizado, y por las cuales estamos llamados a bendecir su Nombre”.
 
–          Reconocimiento tanto del estado de Israel como del Palestino.
 
–          Importantísimo encuentro con el Patriarca Bartolomé de Constantinopla por la unidad de los cristianos, firmando una declaración conjunta en el Santo Sepulcro: “las divergencias no deben intimidarnos ni paralizar nuestro camino”, indicó el Papa.
 
Por la paz en Siria, con palabras muy sentidas y tendentes a eficaces pasos en 
–          profundidad.
 
–          Lograda celebración de la Eucaristía en el Cenáculo.
 
–          Cercanía: Gracias a que tenía menos seguridad, he podido estar con la gente, abrazarles, saludarles, sin coches blindados. La seguridad es fiarse de un pueblo. Siempre existe el peligro de que un loco haga algo, pero la verdadera locura es poner un espacio blindado entre el obispo y el pueblo. Prefiero el riesgo a esa locura. La cercanía nos hace bien a todos” (Francisco). En el mismo sentido se pronunció el nuncio en Israel Giuseppe Lazzarotto.
 
–          Después de su viaje, el miércoles 28 de mayo, resaltó el Papa:
 
–          El propósito principal de esta peregrinación fue conmemorar el 50 aniversario del histórico encuentro entre el Papa Pablo VI y el Patriarca Atenágoras. Aquella fue la primera vez que un sucesor de Pedro visitó Tierra Santa: Pablo VI inauguraba así, durante el Concilio Vaticano II, los viajes extra italianos de los Papas en la época contemporánea.
 
–           Por ello insté a los fieles cristianos a dejarse “ungir” con corazón abierto y dócil por el Espíritu Santo, para ser cada vez más capaces de gestos de humildad, de fraternidad y de reconciliación. ¡Humildad, fraternidad, reconciliación! El Espíritu hace posible tomar estas actitudes en la vida cotidiana, con personas de diferentes culturas y religiones, para llegar a ser así “artesanos” de la paz. La paz se construye artesanalmente. No hay industrias de paz. Se hace cada día artesanalmente y también con el corazón abierto para que venga el don de Dios.
 
–           Que la oración de toda la Iglesia sostenga también el camino hacia la plena unidad entre los cristianos, para que el mundo crea en el amor de Dios, que en Jesucristo, ha venido a habitar en medio de nosotros. Y los invito a todos ahora a rezar juntos, a rezar juntos a la Virgen, Reina de la Paz, Reina de la unidad entre los cristianos, la mamá de todos los cristianos: que Ella nos de paz, a todo el mundo, y que Ella nos acompañe en este camino de unidad. (Ave María)…
 
–          Hemos de concluir que ha sido un viaje redondo para Francisco, con pasos concretos hacia la paz en el mundo y hacia la unidad de los cristianos.
 
–          Esta peregrinación del Papa Francisco pasará a la historia como importantísima (aunque nosotros estábamos en El Viso con el Pregón de las Glorias, muy bueno, por cierto).
 
–          Francisco propone un nuevo modo de ejercer su primado petrino en la permanente búsqueda de la comunión.
 
–          “No seamos hombres de muerte, seamos hombres y mujeres de Resurrección, de vida”, afirma el Papa, quien reclamó una apremiante llamada a la unidad, diciendo: “Todos sois mis hermanos”.
 
–          “Las diferencias no nos deben asustar ni paralizar nuestro camino”.
 
–          “Como se removió la piedra del sepulcro, podrán moverse todas las piedras que impiden el camino de la comunión”.
 
–          “Pidámonos perdón los unos a los otros por los pecados cometidos en los conflictos entre cristianos, y que tengamos el coraje de pedir y ofrecer nuestro perdón. Si no, no tendremos experiencias de nuestra Resurrección”.
 
–          “Tengamos el coraje de entender la Iglesia como un diálogo con todos los hermanos en Cristo, para encontrar una forma de ejercicio del ministerio propio del Obispo de Roma que, en conformidad con su misión, se abra a una situación nueva, y pueda hacer, en el contexto actual, un servicio de amor y comunión reconocido por todos”.
 
–          “Hermanos queridísimos: abramos nuestro corazón a la acción del Espíritu Santo, al espíritu del amor, para caminar juntos para que llegue el día de la comunión plena. Y que nos sintamos unidos en la oración que Jesús elevó en la víspera de su pasión. Que sean una sola cosa, para que el mundo crea. Y cuando la desunión nos haga pesimistas, caminemos todos bajo el manto de la santa Madre de Dios”.
 
–          También dijo más cosas en el contexto de este viaje, como que el celibato sacerdotal no es un dogma y que el descarte de los ni-ni y del desempleo en el sur de Europa y muy destacadamente en Andalucía es muy preocupante.
 
 
HISTORIA DEL CISMA
 
 
   El cisma –o separación– de las Iglesias de Oriente y Occidente es uno de los asuntos más catastróficos entre los cristianos. En su génesis y consumación intervinieron numerosos factores no sólo de índole religiosa sino también política. La unión de las Iglesias es la mayor causa pendiente del cristianismo actual.
   El proceso que culmina con la separación y la mutua excomunión de las Iglesias de Oriente y Occidente es la cristalización de una larga serie de controversias de índole doctrinal y litúrgica, en la que no faltaron las ambiciones personales y rivalidades políticas, alimentadas por el cesaropapismo de los emperadores de Oriente y por algunas decisiones tomadas por los obispos de Roma, no en su calidad de Papas, sino como soberanos temporales de los Estados Pontificios. A todo ello se ha de sumar la declarada animadversión entre los griegos y los latinos.
   En un intento de simplificar la sucesión de los acontecimientos, muchas veces confusos, podrían señalarse los siguientes factores:
 
El primado del Patriarcado de Constantinopla
 
   El canon 3 del concilio I de Constantinopla (año 381) reclamaba para la sede episcopal de esta ciudad el primado de honor, después del obispo de Roma, aduciendo que Constantinopla era la nueva Roma, pues a ella se había trasladado la capitalidad del Imperio Romano tras su caída en Occidente. Los Papas no admitieron nunca esta pretensión, en la que se producía una desviación de gravísimas consecuencias desde la fundamentación dogmática a la argumentación política. Roma no ostentaba el primado en la Iglesia por ser la capital del Imperio, sino por haber sido la sede episcopal del apóstol Pedro. Constantinopla no había sido sede de ningún Apóstol y, en este sentido, gozaban de mejor posición Jerusalén, Antioquía y Alejandría.
 

La iconoclasia o iconoclastia

 
   El primer enfrentamiento doctrinal, de matiz litúrgico, se produjo a propósito de la licitud del culto a las imágenes (iconos) de Cristo, María y los Santos. En esta controversia se entremezclaban aspectos psicológicos, culturales y políticos. La sensibilidad y la mentalidad semita (judíos, sirios y musulmanes) no admite representaciones sensibles de realidades trascendentes ni reproducciones muertas de seres vivos. El emperador León III (717-741), primer desencadenante de la iconoclasia en Bizancio, era de origen sirio. Por otra parte, el Imperio Bizantino sentía en sus fronteras la constante amenaza del poder emergente islámico. El culto a las imágenes, prohibido en el Islam, podía constituir un motivo –o un pretexto– para enfrentamientos armados en los que Bizancio tenía muy poco que ganar. Por lo que respecta al aspecto estrictamente religioso, al decreto imperial del año 730 que obligaba a destruir las imágenes, respondió el sínodo o concilio de Roma en el año 731, siendo Papa Gregorio III, quien amenazó con la excomunión a quien desobedeciera las disposiciones de la Santa Sede. La réplica oriental fue dura: el sínodo de Constantinopla (año 754) declaró que el culto a las imágenes es ido-latría. Luego, en el II Concilio II de Nicea (año 758), los padres conciliares proclamaron la licitud de la veneración no idolátrica de las imágenes. Las aguas parecieron calmarse, pero sólo aparentemente.
 
La cuestión o controversia del “Filioque”

 

   Mayor densidad dogmática entrañaba la controversia del “Filioque”. El Credo niceno-constantinopolitano había declarado que el Espíritu Santo procede del Padre. El concilio III de Toledo (año 589) añadió la frase Filioque (“y del Hijo”). El añadido, admitido sin dificultad por la mayoría de las Iglesias occidentales, fue incorporado al símbolo de la fe a lo largo de los siglos VII y VIII. Pero el patriarca Focio de Constantinopla (año 867) lo rechazó como herético, afirmando que el Espíritu Santo procede únicamente del Padre.
 
El cisma de Focio
 
   Focio, secretario de Estado en Bizancio y hombre de vastísima cultura, fue elegido patriarca de Constantinopla en muy controvertidas circunstancias. Fueron muchos los que rechazaron la legitimidad de su nombramiento y el Papa Nicolás I (858-867) le declaró privado de toda dignidad eclesiástica. Focio replicó de forma fulminante. Lanzó gravísimas acusaciones contra las costumbres y las doctrinas de los latinos (entre ellas la cuestión del Filioque) y en un sínodo (año 867) tomó la inaudita decisión de excomulgar al Papa como hereje. Jugaba a su favor el clima antilatino de la corte bizantina, avivado por la decisión del Papa Nicolás I de mantener bajo la jurisdicción de Roma el territorio de Bulgaria, que había sido evangelizado por misioneros griegos de rito bizantino. De todas formas, aquel mismo año, coincidiendo con la entronización de un nuevo emperador, Focio fue depuesto y se restableció la comunión con Occidente.
 
El cisma definitivo con Miguel Cerulario en el año 1054
 
   El patriarca Miguel Cerulario, hombre dotado de una férrea voluntad, se propuso hacer realidad la vieja aspiración de elevar la sede bizantina a patriarcado de Oriente, en pie de igualdad con el Papa, patriarca romano de Occidente según él. Para conseguir su propósito desencadenó una ofensiva en la que se acumulaban diversas acusaciones contra los latinos, como que comulgaban con pan ácimo, suprimían los aleluyas en Cuaresma o permitían que los sacerdotes se rasuraran la barba. La respuesta latina no fue menos virulenta. Tachaban, por ejemplo, de adulterio o concubinato el matrimonio de los sacerdotes orientales. Los legados del Papa enviados a Constantinopla fueron vejados por Cerulario, que llegó a prohibirles celebrar la Misa. En aquel ambiente de crispación, los legados depositaron en el altar de Santa Sofía, en presencia del clero y del pueblo, una bula de excomunión (16 de julio de 1054) contra el patriarca de Constantinopla. A los pocos días, el 24 de julio, un edicto sinodal constantinopolitano excomulgaba a los latinos. Se había consumado la ruptura. El saqueo de Constantinopla por los cruzados francos (año 1202) ahondó aún más el foso entre Oriente y Occidente. Dada la tensa hostilidad mutua, fueron efímeros los resultados de los intentos de unión llevados a cabo en el concilio de Lyon (año 1274) y de Ferrara-Florencia (año 1439), más debidos a la angustiosa situación de Constantinopla frente al poder musulmán y a su desesperada necesidad de la ayuda militar del Occidente cristiano que desviaba la atención de desear la comunión religiosa.
 

Hoy vivimos en tiempos de ecumenismo

 

   Hoy vivimos tiempos de ecumenismo en los que todos ansiamos la unión de todos los cristianos en una sola Iglesia. Pero la unión con los protestantes, decía Juan XXIII (ya Santo), no puede venir del sacrificio de parte de la verdad, sino de un profundizar más en el ecumenismo. Todos ansiamos la unión de todos los cristianos en una sola Iglesia. Pero la unión con los protestantes, decía Juan XXIII, no puede ser ni superficial ni teológicamente engañosa.
   La Iglesia Católica, a raíz del Concilio Ecuménico Vaticano II, tomó viva conciencia de la necesidad de empeñar todo tipo de esfuerzos para que los hermanos separados se pudieran reintegrar en la unidad. Esta preocupación ecuménica quedó reflejada en diferentes documentos conciliares: en la Constitución Dogmática sobre la Iglesia, en el Decreto sobre las Iglesias orientales católicas y en el Decreto sobre ecumenismo. En estos documentos se proclamaron los siguientes principios sobre ecumenismo:
 
 
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   Las divisiones entre los cristianos contradicen la voluntad de Dios, y son motivo de escándalo para el mundo.
 
   Alguno de los bienes que constituyen la Iglesia pueden hallarse también fuera de la Iglesia Católica, pero la plenitud de los medios de salvación sólo se pueden encontrar en la Iglesia Católica.
 
   Los católicos deben manifestar comprensión hacia aquellos que no participan de la plena unidad, teniendo en cuenta que no pocos se encuentran en esa situación sin culpa por su parte.
 
   Los medios fundamentales para recuperar la unidad son la caridad y la oración.
 
   El movimiento de los focolares es uno de los frutos de Concilio Vaticano II en la tarea y espiritualidad de la unidad.
 
   Nada más lejos del verdadero ecumenismo que aquello que afecta a la pureza de la doctrina católica y a su más preciso y genuino sentido.
 
   No sería lícita aquella relación con los no católicos que suponga peligro de la fe o indiferentismo religioso.
 
   El Concilio Vaticano II vino a recordar que nadie puede poner en duda un dogma de fe, ni siquiera con la intención de aproximarse a los no católicos, pues éstos no tienen poder sobre la fe recibida, un depósito que deben custodiar y transmitir con fidelidad, no arbitrariamente sino según las directrices del Magisterio de la Iglesia.
 
   La declaración sobre la libertad religiosa del Concilio Vaticano II advierte que no es lo mismo practicar una religión que otra. No todas son igualmente buenas, pues se contradicen entre sí.
 

   Vale esta expresión conciliar: “Todos los hombres están obligados a buscar la verdad, sobre todo, en lo que se refiere a Dios y a su Iglesia, y, una vez conocida, abrazarla y practicarla”. Y “nadie tiene causa justa para dejar la Iglesia Católica”.

 

“Aunque fuera de la Iglesia Católica pueda encontrarse parte de virtud y parte de verdad”, la “única y verdadera religión está en la Iglesia Católica”. Aunque añade el Concilio que todos los que han recibido el Bautismo y tienen fe en Cristo, de alguna manera también pertenecen a la Iglesia de Cristo en un sentido amplio. Pero en sentido estricto “la Iglesia de Cristo subsiste hoy en la Iglesia Católica”.

 
    Ésta es la razón por la cual la Sagrada Congregación del Clero en su Directorio dice: “Propóngase los argumentos en favor de la doctrina católica con caridad a la vez que con la debida firmeza”.
Dice el Concilio que la libertad religiosa consiste en inmunidad de coacción, es decir, que a nadie se le puede imponer por la fuerza la práctica de una religión, ni tampoco impedírsela, ni en público ni en privado.
 
   “El derecho a la libertad religiosa no es ni la permisión moral de adherirse al error, ni un supuesto derecho al error; sino un derecho natural de la persona humana a la inmunidad de coacción exterior en materia religiosa”. El hombre tiene derecho a practicar lo que él cree que es verdad.
   Pero el ejercicio público de la religión, debe subordinarse al “justo orden público”, que consiste en la recta ordenación del bien común, en “la salvaguarda efectiva de los derechos de todos los ciudadanos…, el interés proporcionado por la auténtica paz pública…, y una adecuada tutela de la moralidad pública”.
   “En la divulgación de la fe religiosa y en la introducción de costumbres hay que abstenerse siempre de cualquier clase de actos que puedan tener sabor a coacción o a persuasión inhonesta o menos recta, sobre todo cuando se trata de personas rudas o necesitadas. Tal comportamiento debe considerase como abuso del derecho propio y lesión del derecho ajeno”.   Los católicos deben reconocer con gozo “los tesoros verdaderamente cristianos que, procedentes del patrimonio común, se encuentran en nuestros hermanos separados”.  “El cristiano, lejos de juzgar o de condenar a los que están fuera de la Iglesia, deberá ofrecerles su ayuda y su amor. Si él es feliz por encontrar la salvación dentro de la Iglesia, también está seguro que la bondad de Dios salva, por Cristo, a todas las almas generosas y de buena fe que, sin pertenecer visiblemente a la Iglesia, siguen lealmente los dictados de su conciencia”.  “Aquellos que con seriedad intentan en su corazón hacer todo lo que Dios exige de ellos no están excluidos de la esperanza de la vida eterna”. Dice el Concilio Vaticano II: “El propósito divino de salvación abarca a todos los hombres: y aquellos que, ignorando sin culpa el Evangelio de Cristo y su Iglesia, buscan, sin embargo, a Dios con corazón sincero, y se esfuerzan, bajo el influjo de la gracia, por cumplir con obras su voluntad, conocida por el dictamen de la conciencia, ellos también, en un número que sólo Dios conoce, pueden conseguir la salvación eterna. La Divina Providencia no niega los auxilios necesarios para la salvación a los que, sin culpa por su parte, no llegaron todavía a un claro conocimiento de Dios y, sin embargo, se esfuerzan, ayudados por la gracia divina, en conseguir una vida recta”.   Así pues, los no creyentes de buena fe, que siempre cumplieron con su conciencia, pueden salvarse.  La conocida frase “fuera de la Iglesia no hay salvación” se remonta a Orígenes y ha sido muy repetida. Incluso se ve incorporada en el Concilio IV de Letrán. Pero hay que entenderla en su contexto. Va dirigida a los que conociéndola la rechazan. No a los que inculpablemente no la conocen. Para comprender bien el significado de esa frase habría que decir: “Fuera de la Iglesia no hay medio de salvación”.   Pero “quienes, sabiendo que la Iglesia Católica fue instituida por Jesucristo como necesaria, desdeñaran entrar o no quisieran permanecer en ella, no podrían salvarse”. Con todo, para la salvación eterna, no basta estar en la Iglesia, hay que estar en gracia. “La Iglesia es medio de salvación, no causa”.

 El Papa Francisco y las otras religiones

Pudiera ser que el Papa Francisco impulse como nadie en la Iglesia Católica el diálogo entre confesiones y religiones, desde su posicionamiento sobre la globalización, una globalización que no es redondamente uniforme sino poliédrica y enriquecedora. El Papa Francisco, a poco de comenzar su pontificado, celebró un encuentro con representantes de otras confesiones y religiones, manifestando, en línea con el Concilio Vaticano II que el diálogo ecuménico “será nuestro mejor servicio a la causa de la unidad entre los cristianos, un servicio de esperanza para un mundo marcado todavía por divisiones, contrastes y rivalidades”.  Con respecto a las demás religiones, el Papa Francisco dijo en aquel encuentro: “La Iglesia católica es consciente de la importancia que tiene la promoción de la amistad y el respeto entre hombres y mujeres de diferentes tradiciones religiosas”. En otras ocasiones ha hablado de la necesidad de una “libertad religiosa real” y de una “cultura de encuentro” entre las distintas religiones, “para dar a la humanidad los valores que necesita”, empezando por colaborar en la solución de los problemas más urgentes: el hambre y la necesidad de desarrollarse como personas; y hacerlo cada uno desde las propias creencias particulares. En uno de sus discursos en Brasil, pronunciado en el Teatro Municipal de Río de Janeiro, cuando las Jornadas Mundiales de la Juventud, dijo: “La única manera de que la vida de los pueblos avance es la cultura del encuentro, en la que todo el mundo tiene algo bueno que aportar y todos pueden recibir algo bueno”.  No obstante, en su encíclica Lumen fidei no aparece del todo valorado el diálogo entre las religiones. Bien es cierto que, fuera de pequeños añadidos suyos, esa encíclica parece claramente un texto de su antecesor, Benedicto XVI. Pero hay allí expresiones hermosas acerca de la conexión entre amor y verdad: “La fe no es intransigente, sino que crece en la convivencia que respeta al otro” (nº 27); la verdad “hace humilde al creyente, sabiendo que, más que poseerla él, es ella la que le abraza y le posee”, por eso “hace posible el testimonio y el diálogo con todos” (nº 34).  Hay en sus entrevistas concedidas expresiones del Papa Francisco tendentes a “desclericalizar” la verdad, como cuando expresó (al periódico italiano La República): “Yo creo en Dios, pero no en un Dios católico. No existe un Dios católico. Existe Dios, mi Padre”. Por eso, llega a afirmar: “El proselitismo es una gran estupidez. No tiene sentido, lo que hay que hacer es conocerse y escucharse”.

 

 

 

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