LA SANTÍSIMA TRINIDAD, EL TEMA DE HOY EN EL ENCUENTRO PARROQUIAL QUE VENIMOS CELEBRANDO TODOS LOS MARTES A LAS 21.30 HORAS.

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Coronación de la Virgen. De Diego Velázquez, en 1648 y años anteriores.
Óleo sobre lienzo (176 x 124 centímetros). Estilo barroco.
Se conserva en Madrid (Museo del Prado)
Fue pintado para la reina Isabel de Borbón, esposa de Felipe IV.
 
La composición de las figuras es triangular, con el vértice invertido, siguiendo la moda de la época, dando la sensación de un gran equilibrio y armonía de líneas, encuadrando la forma de corazón. El protagonismo central corresponde a la Virgen María y más concretamente a su corazón, un corazón inmaculado y sólo lleno de Dios. La imagen de María se presenta con los ojos bajos, la nariz recta y los labios perfilados. Pudiera ser que Velázquez se inspirara en la Inmaculada conocida como la Cieguecita de la catedral de Sevilla, obra de Martínez Montañés. La expresión de la Virgen refleja modestia, piadosa reverencia y emoción religiosa, tan propia del barroco. Como queda dicho, la composición del cuadro se enmarca bajo la forma, y también el color, de un corazón, incluso con su pico inferir, en el manto azul de la Virgen. La actitud de María, señalándose con su mano derecha su propio corazón, refuerza esta idea y mueve a la piedad. Esa forma de corazón, que es lo más original del cuadro junto con la naturalidad de las figuras, podemos hacerla coincidir con la devoción a los Sagrados Corazones de Jesús y de María que tanto favoreció en esa época San Francisco de Sales. Mover a la piedad devocional es muy importante, porque las devociones mantienen el ánimo creyente en medio de los sufrimientos.
   A la derecha del espectador está Dios Padre, representado con gran dignidad como un viejo bondadoso. A la izquierda (sentado a la derecha de Dios Padre) está Jesucristo, el Hijo, con largos cabellos. Tanto el Padre como el Hijo están en actitud de coronar la cabeza de la Virgen con guirnalda de flores. Y en el centro del Padre y del Hijo, a la misma altura, está la representación del Espíritu Santo en forma de paloma blanca, irradiando luz, con caída sobre la cabeza de la Virgen. Las tres Divinas Personas se disponen a la misma altura, a lo largo de una hipotética línea que define la base del triángulo, representando de este modo el mismo rango de supremacía en la Divinidad. La Virgen está en la intimidad y en la excelencia de Dios, pero no es diosa.
   Los colores empleados por Velázquez, con magistrales veladuras, son los azules y rojos del corazón, siendo muy intenso el azul (pureza y celestial) en el manto de la Virgen María. Sobre el rojo de los mantos y de la túnica de la Virgen, casi traslúcido y mezclado con blanco de plomo, Velázquez aplicó nuevas veladuras por medio de toques de blanco, mientras la pintura aplicada a la túnica de Dios Padre literalmente chorrea sobre el manto de la Virgen a causa de un abundante empleo de aglutinante, siendo semejante el trazado de la vestimenta del Hijo. Para obtener esa transparencia en las capas de color Velázquez aplicó a las mezclas carbonato cálcico en gran cantidad, que absorbe el aglutinante y se hace traslúcido. Ojos y manos aparecen de este modo casi difuminados. También es muy escasa la materia pictórica empleada en las nubes, que se superponen a los mantos y los cuerpos de los ángeles. La técnica del sfumato se atribuye a Leonardo da Vinci y se obtiene por la aplicación de varias capas de pintura extremadamente delicadas, proporcionando a la composición unos contornos imprecisos, así como un aspecto de antigüedad y lejanía. Fue una técnica destacada en el Renacimiento para dar una impresión de profundidad. Leonardo da Vinci la describió como una aplicación a la pintura “sin líneas o bordes, en forma de humo o más allá del plano de enfoque”.

   Son dignos de destacar los angelitos que sirven de base a la Virgen. Representan a cuatro tronos (la categoría más elevada de los ángeles, tras los cuales están los serafines y los querubines) sujetando la tribuna de la Virgen. Hay dos querubines (portadores) que rinden a la Virgen el mismo servicio que a Dios. Pero no toca en nuestro tema de hoy hablar de los ángeles.

   Para completar nuestro tema de hoy, el de la Santísima Trinidad, podemos concluir diciendo:
   La nombramos en el Bautismo.
   Al bendecir y al hacer la señal de la Cruz.
   En la doxología de nuestras plegarias.
   Comenzando y concluyendo nuestras celebraciones.
   Es el modelo referencial del Amor, incluido el matrimonial y familiar (no lo es el de la Sagrada Familia, de Jesús, María y José).
   El ministerio sacerdotal se ejerce en el nombre de Dios (Uno y Trino).
   Es el referente comunitario eclesial (anti-solitario y anti-individualista).
   Es el esquema del Credo.
   Se invita a los participantes en estos encuentros parroquiales y de formación a que consideren en el Catecismo la parte primera, sección segunda (dedicada a la profesión de la fe), números 232-267. Destacamos el número 234, que dice así:
 
   El misterio de la Santísima Trinidad es el misterio central de la fe y de la vida cristiana. Es el misterio de Dios en sí mismo. Es, pues, la fuente de todos los otros misterios de la fe; es la luz que los ilumina. Es la enseñanza más fundamental y esencial en la “jerarquía de las verdades de fe” (DCG 43). “Toda la historia de la salvación no es otra cosa que la historia del camino y los medios por los cuales el Dios verdadero y único, Padre, Hijo y Espíritu Santo, se revela a los hombres, los aparta del pecado y los reconcilia y une consigo” (DCG 47).
 
     
             Francisco Suárez Salguero ; Párroco de la Santa María del Alcor.

 

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