Este martes 24 de junio, el tema impartido en el encuentro parroquial ha sido: El  Laico en la Iglesia.

EL LAICADO EN LA IGLESIA

Hoy tratamos del laicado en la Iglesia.   ¿Cómo es que en la Iglesia se tardó tanto en resaltar su importancia, no antes del siglo XX? ¿A qué se dedican los laicos? Es como para escandalizarse por ello, por que la Iglesia misma haya sido tan clerical y clericalizada. Pero lo peor es, tal vez, que los mismos laicos se clericalicen, que sean laicos de sacristía o del capillismo y no emprendan sino tareas casi siempre intraeclesiales, pías, devocionales…La “militancia” de los laicos en la Iglesia es todavía clerical. Se dice, sobre todo en España, que los laicos van siempre detrás de los curas, o con una vela o con una estaca, con lo que expresa en definitiva dos de las posibles y empobrecidas versiones que adopta el clericalismo laical de nuestra Iglesia. Se dice también que el laicado es como un gigante dormido, una gran cantidad de bautizados por lo general poco formados, poco conscientes de la transmisión de la fe, poco relevantes socialmente…El tema del laicado ha ocupado mucho de lo que Juan Pablo II enseñó y de ello se sigue ocupando el Papa Francisco. Y también podríamos hablar de diversas iniciativas de orden netamente laical que se incrementan por doquier, para incentivar el mordiente del laicado en la vida pública. También resuena cada vez más la referencia eclesial a las mujeres, de grandísima importancia siempre en todo, en la sociedad actual, en la Iglesia de siempre y del futuro, etc. Podemos constatar que el mismo Concilio Vaticano II, que tanto se dedicó a la Iglesia como pueblo de Dios, con documentos sobre los ministros sagrados, sin embargo no fue tan pródigo sobre el laicado, aunque trató de él. El Concilio, por ejemplo en Lumen Gentium (nº 31), trató de los laicos por vía negativa: Por el nombre de laicos se entiende aquí todos los fieles cristianos, a excepción de los miembros que han recibido un orden sagrado y los que están en estado religioso reconocido por la Iglesia, es decir, los fieles cristianos que, por estar incorporados a Cristo mediante el bautismo, constituidos en Pueblo de Dios y hechos partícipes a su manera de la función sacerdotal, profética y real de Jesucristo, ejercen, por su parte, la misión de todo el pueblo cristiano en la Iglesia y en el mundo.  Aunque la definición es en negativo, también se indica que tienen una misión: El carácter secular es propio y peculiar de los laicos. Los que recibieron el orden sagrado, aunque algunas veces pueden tratar asuntos seculares, incluso ejerciendo una profesión secular, están ordenados principal y directamente al sagrado ministerio, por razón de su vocación particular, en tanto que los religiosos, por su estado, dan un preclaro y eximio testimonio de que el mundo no puede ser transfigurado ni ofrecido a Dios sin el espíritu de las bienaventuranzas. A los laicos pertenece por propia vocación buscar el reino de

Dios tratando y ordenando, según Dios, los asuntos temporales. Viven en el siglo, es decir, en todas y a cada una de las actividades y profesiones, así como en las condiciones ordinarias de la vida familiar y social con las que su existencia está como entretejida. Allí están llamados por Dios a cumplir su propio cometido, guiándose por el espíritu evangélico, de modo que, igual que la levadura, contribuyan desde dentro a la santificación del mundo y de este modo descubran a Cristo a los demás, brillando, ante todo, con el testimonio de su vida, fe, esperanza y caridad. A ellos, muy en especial, corresponde iluminar y organizar todos los asuntos temporales a los que están estrechamente vinculados, de tal manera que se realicen continuamente según el espíritu de Jesucristo y se desarrollen y sean para la gloria del Creador y del Redentor.
 
   Con Juan Pablo II hubo un sínodo en Roma sobre el laicado (año 1987). De allí salió la Exhortación Apostólica Chritifideles laici (diciembre de 1988), dándose ya una definición positiva, y en la misma línea prosigue el Papa Francisco exhortando a los fieles laicos para que tomen conciencia de la propia vocación:
   No come meros “ayudantes de los curas” (se sigue con esto el clericalismo laical).
   ¿Comprenden y practican nuestros laicos lo que tendría que ser el “ministerio laical” propio?
   Si la vocación del laico es verdaderamente propia y distinta a la del clero, incluso cuando haga algo dentro del templo (como lector o desempeñando cualquier otra función litúrgica, en la catequesis o en el servicio de la caridad que es Caritas) lo hará según su forma propia de estar en el mundo. Sin embargo, por su peculiaridad, el laico ejerce su misión especialmente en otros ámbitos en los que él está inmerso, como es sobre todo la familia, el trabajo y, en definitiva, todas las relaciones en las que se ve envuelto en su cotidianidad.
   De otra parte: ¿Puede decirse que hay mucho laicado como “desperdiciado” en tareas de capillismo? ¿No es ése también un laicado clericalizado, pietista, estético, falsa o escasamente comprometido?

   El Papa Francisco ya nos llamaba la atención en la Evangelii gaudium (La alegría del Evangelio) sobre una determinada actitud respecto a la Iglesia que es bastante habitual entre los laicos. Muchos de los laicos consideran que sus vidas se desarrollan en dos ámbitos distintos y plenamente diferenciados, a los que nos referimos como “la Iglesia” y “el mundo”. Los laicos se acercan a la iglesia los domingos y fiestas de guardar (cosa que por cierto hacen minoritaria y descuidadamente) para participar en ciertos ritos que “tienen que ver con Dios”, recibiendo, como en otros casos, un servicio que nos prestan los sacerdotes (englobados todos ellos como “la Iglesia”), pero desde el mismo momento en el que los laicos salen de estas prácticas de precepto o de estos servicios sacerdotales, para muchos ocasionales o protocolarios, ellos se sumergen en “otras prácticas diferentes”, en “sus cosas”, en “sus asuntos propios”, asuntos con las que ya no tiene nada que ver la jerarquía ni el clero y en las que no tienen por qué meterse, puesto que esa otra esfera es la de la vida que se rige por sus propias normas y tiene sus propios fines. Así, los laicos trabajan para ganar dinero, para sacar adelante la familia, para progresar y prosperar, para una determinada vida social, etc.

   De esa manera, Cristo no tiene relación con nuestra vida cotidiana, con nuestros asuntos y, por lo tanto, a poco que nos tomemos esta visión de la vida en serio, el Señor no resulta interesante y bien puede ser dejado de lado, incluso estorba, más allá de la oración y los sacramentos.
   Si los laicos siguen procediendo así, ocurre que Cristo queda relegado al templo, a lo devocional, al desván de los recuerdos. Otra consecuencia es que se deje de ir a confesar y a misa, porque ya dejan de ser asuntos vitales. Es una consecuencia normal: Cristo ha dejado de tener relación con lo que de verdad nos ocupa y nos preocupa. Así logramos servir a dos señores o, dicho de otra manera, atemperar la grandeza del encuentro con Cristo y reducirlo a una medida que nosotros imponemos. El resultado es una especie de paganismo de nuevo cuño: que el Señor nos deje tranquilos que ya nos valemos por nosotros mismos y, si acaso, que nos atienda cuando lo requerimos o necesitamos.
   Así que lo primero que tienen que hacer los laicos, sin miedos, es salir de ese dualismo falso entre “la iglesia” y “el mundo”.
   El Papa Francisco nos pide que todos estemos siempre en misión, porque el testimonio y la misión en todos los aspectos de la realidad constituyen la vocación del laico. El Papa nos invita una y otra vez a vivir la tensión de ir hacia los demás porque esa es la manera en la que mantenemos vibrante la llama de nuestra fe. Si no estamos en misión, si metemos la luz debajo de la mesa, los primeros perjudicados somos nosotros, que nos dejamos arrastrar por una rutina basada en el afán por conseguir los fines del mercado que nos deja, en realidad, desesperanzados y desesperados.
   Pero, ¿en qué consiste esa misión? ¿Cómo podemos llevarla a cabo? Francisco lo dice una y otra vez, de una manera clara y contundente: el laico debe “primerear” para “hacerse prójimo”, con una especial atención a las “periferias existenciales”. No hablamos de meros conceptos teológicos, ni de valores en el sentido habitual del término, sino de una forma de vida que el Señor ha pensado para nuestra felicidad en Cristo. También hay muchos clérigos clericalizados y clericalizadores.
   Tratar de los laicos en la Iglesia es, antes que hablar de lo que hay que hacer y de cómo hay que hacerlo, tratar de enamorarse completamente de Cristo, de seguirlo con todas las consecuencias y, por supuesto en completa y viva comunión eclesial.
   ¿Se tiene esto claro? Sólo lo indicado, en fidelidad, en militancia y no en mero voluntariado, permanentemente y no sólo ocasionalmente, en la vida pública y no sólo en el recinto sacro, es lo que se refiere de verdad al laicado en la Iglesia.
 
 
 
D. Francisco Suárez Salguero; Párroco de la Santa María del Alcor
 
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