El tema de esta noche, en el encuentro parroquial que se viene celebrando todos los martes ha sido:
 

VIVENCIA VOCACIONAL

(Encuentro Parroquial 8 de julio de 2014)

   Iré exponiendo cuáles y cuántas son mis vivencias como párroco en El Viso del Alcor. Lo iré contando todo. Pero antes de ninguna otra cosa he de empezar por hablaros de mi vivencia vocacional.
   He de decir que mis vivencias como párroco son antes que nada o sobre todo vivencias sacerdotales, de presbítero como tal, pues el hecho de ser presbítero no implica necesariamente ser párroco, aunque esto sea bastante normal, como es mi caso ahora, ya durante años, en El Viso.
   Lo primero que resalto (en mí como en todos los curas) es que se trata de una vivencia vocacional, una vivencia por la que Dios entra de un modo muy especial en la vida de uno, presentándote que desea contar contigo también de un modo muy especial, haciéndote saber que te necesita para los demás.
   Vocación significa llamada, saberse llamado. ¿Por quién? ¿Desde dónde?
   Si alguien te llama –y ese alguien es Dios– quiere decir que te habla. Y si alguien (Dios) te habla quiere decir que te reclama una escucha, que le prestes atención, que oigas la llamada.
   Eso es lo que me pasó a mí, de joven, a mis 16 años, sin que tenga que entrar ahora en demasiados pormenores (siempre queda para mí lo más íntimo), aunque sí entraré en algunos.
   Al contar esto (para quien me escuche o me lea), es evidente que proporciono una respuesta a esta pregunta: ¿Cómo llama Dios a un joven a su servicio? Es evidente también que deseo que surjan vocaciones sacerdotales en El Viso del Alcor, que haya muchachos que respondan a esta llamada.
   No es que la vocación te haga sentir nada, pues entonces la vocación sería un sentimiento, algo emocional. La vocación es mucho más que eso, aunque la sientas en las fibras más profundas del ser y hasta te conmuevas.
   La vocación es ante todo iniciativa de Dios, no una ocurrencia de uno. A nadie le da por ser cura así como así. Porque ser cura –y yo lo tengo claro desde que, como María, le dije que sí a Dios– es llevar la vida que a continuación describo.
   Ahora bien, diciendo antes que la vocación es diferente para cada cual, porque cada cual es diferente de los demás, cada cual tiene su historia.
   Puede ser que un muchacho vea de pronto, y hasta con total lucidez, que lo suyo es ser cura. Pero puede ser que la idea de ser cura vaya calando poco a poco en el propio ánimo, siendo algo así como una niebla que oculta la luz pero que ésta se va haciendo presente a partir de la disipación de dudas y porque los acontecimientos la van aclarando.
   Hay vocaciones sacerdotales desde la más tierna infancia. Las hay más nítidas y serenas, así como más convulsas, con altibajos, intermitencias, decepciones y trasiegos personales varios, de modo que cada cura puede contar cómo fue en su caso, siendo cada caso de lo más variopinto, incluido el caso de una gran conversión, el caso de tener la familia o muchas circunstancias en contra, etc.
   Para el discernimiento vocacional, se detectan estos síntomas:
1)      Se experimenta una gran alegría por la gracia de Dios, por el deseo de estar en la presencia de Dios y desearla para los demás, hasta tanto que se experimenta cómo merece la pena dedicarse enteramente a eso, de por vida.  Hay un sentido (pascual) de la vida eterna, tomándose conciencia de cómo la vida terrenal y la que se puede vivir este mundo no es ni definitiva ni plenamente satisfactoria, aunque no por eso se desprecie, ni mucho menos, la vida temporal por la que todos peregrinamos.
 
2)      Como la vida de gracia viene por los sacramentos, el llamado al sacerdocio responde a esa necesidad de celebrarlos, de modo que la vocación sacerdotal tiene mucho de litúrgica, muy centrada en hacer llegar el perdón o la misericordia de Dios a todos y proporcionarles la Eucaristía.
 
3)      Una gran motivación para saber de la propia vocación es la del gusto por la oración, que es el trato y la cercanía con Dios. A ningún disipado o encerrado en sí mismo, falto de sentido espiritual, falto de gana en la catequesis, etc., se le ocurre responder a la llamada de Dios. A Dios no se le ocurre llamar a tontorrones o raros (distinto es si se le cuela alguno, pero para eso están los formadores del seminario y los obispos, ¿no?).
 
4)      Habrá que ver también si la catequesis, la predicación, etc., es propicia vocacionalmente hablando, si a través de ella hay muchachos que digan “esto es lo mío, me voy al seminario”.
 
5)      Al muchacho con vocación –de inteligencia normal– le ha de gustar el estudio, porque ha de esta pastoralmente preparado, aunque no estudia “para hacer carrera”, ni mucho menos para prosperar económicamente.
 
6)      Emocional y afectivamente, la vocación sacerdotal (en el católico) conlleva, con la gracia de Dios y tal vez progresivamente, la capacidad para integrar generosamente la sexualidad (varonil) en el proyecto pastoral del celibato por el Reino de Dios, siguiendo la tradición católica y su interpretación evangélica, por ejemplo de Mt 19, 12. Esto es algo a lo que no han de ser ajenos los demás fieles, tanto solteros como casados, porque no es propio del cristiano el desorden de la sexualidad o la fornicación, o el sexo genital fuera del matrimonio. No es menosprecio o desprecio de la sexualidad (menos aún del matrimonio) el guardarse en castidad o moderarse del desenfreno libidinoso que tan frecuente o habitualmente impera. Incluso, lamentablemente, son noticias en los últimos tiempos, los delitos (además de pecados) de los abusos sexuales de clérigos (y de no clérigos) incluso con menores como víctimas.
 
Finalmente, la vocación sacerdotal se discierne desde un deseo muy grande de entregarse al pueblo de Dios, a la Iglesia, sacramento de salvación en el mundo, en colegialidad con los demás ordenados, el presbiterio en comunión con el obispo, para llegar a todos y hacerse a todos, desde la condescendencia y la misericordia de Dios, aminorando todo juicio y condena, dando esperanza y ánimo a todos, con alegría, de buena gana, con total dedicación, preferentemente a los más pobres, a los enfermos, a los pequeños, a los débiles, a todas las edades, sin aprovecharse de nadie, sin abusar de nadie, sin clericalizar al laicado ni adoctrinar por la fuerza a nadie. El buen cura ha de serlo de ideas claras, de sólida doctrina católica, de vida y enseñanza moral intachable, hombre de paz, defensor de la vida, todo ello de manera benevolente y condescendiente, sin amargarle la vida a nadie, sustentando en las tristezas y ayudando a la gente a superar sus dificultades, fraternalmente, sin
 1)      paternalismo autoritario, aunque sí con autoridad, estable en los criterios tanto católicos como del sentido común y lo razonable, para el progreso de todos en una vida virtuosa y santa. El buen cura, en fin, hace lo que puede. Y Dios pondrá el resto, la mayor parte, su amor y su misericordia. Así es el deseo de actuación (apostólica) en todos los grupos y áreas pastorales, en lo parroquial y en espíritu misionero cercano a todos.
 
2)      En la cumbre de lo mejor a lo que puede aspirar el llamado al sacerdocio estarán: el Evangelio, la Eucaristía, María, la Santificación, empezando por la propia, y los más pobres.
 
3)       Ser cura no es cuestión de ideología, ni de politizarse, ni de ser funcionario, ni nada que tenga que ver con integrismos o progresismos, ni populismos espectaculares ni pietismos de encerrado recogimiento. Se requiere, para ser un buen cura, cercanía con todos y sentido del gran significado social y cultural, profético, que la vocación conlleva.
 
4)       La vocación sacerdotal tendrá mucho que ver con la capacidad de sufrimiento, de aguante, de paciencia, de resistir a la frustración humana o soportarla, de compasión, de mortificación, de sacrificio, de cercanía al dolor, al sufrimiento de los demás… Es la Cruz.
 
D. Francisco Suárez Salguero; Párroco de la Santa María ddel Alcor.
 
joven dios
 

 

 
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