HOMILÍA 14 DE SEPTIEMBRE DE 2014
 
   De un autor anónimo del siglo II son las siguientes palabras de Exaltación de la Santa Cruz en su homilía sobre la Santa Pascua:
 
LA CRUZ GLORIOSA
DEL SEÑOR RESUCITADO,
ES EL ÁRBOL DE LA SALVACIÓN.
DE ÉL YO ME NUTRO,
EN ÉL ME DELEITO,
EN SUS RAÍCES CREZCO,
EN SUS RAMAS YO ME EXTIENDO.
Su rocío me da fuerza,
su espíritu, como brisa, me fecunda;
a su sombra he puesto yo mi tienda.
En el hambre es la comida,
en la sed es agua viva,
en la desnudez es mi vestido.
Angosto sendero, mi puerta estrecha,
escala de Jacob, lecho de amor,
donde nos ha desposado el Señor.
En el temor es mi defensa,
en el tropiezo me da fuerzas.
En la victoria es la corona,
en la lucha ella es el premio.
Árbol de vida eterna,
misterio del universo,
columna de la tierra,
tu cima toca el cielo
y en tus brazos abiertos
brilla el amor de Dios.
   En el célebre himno de la Carta a los Filipenses que hemos proclamado hace poco en esta Misa Solemne, se contempla la Cruz como el motivo de la mayor “exaltación” de Cristo: “Se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte, y muerte de cruz. Por lo cual Dios le exaltó y le otorgó el Nombre que está sobre todo nombre. Para que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en los cielos, en la tierra y en los abismos, y toda lengua confiese que Cristo Jesús es SEÑOR para gloria de Dios Padre”. También el Evangelio habla de la cruz como del momento en el que “el Hijo del hombre ha sido levantado para que todo el que crea tenga por Él vida eterna”.
   Me expresaré ahora habiéndome inspirado en el célebre franciscano Fray Rainiero Cantalamessa (historiador y predicador pontificio por quien siento admiración y a quien suelo leer), haciendo honor al espíritu franciscano de esta querida Hermandad de la Santa Vera Cruz, en esta Misa de bendición de su Lignum Crucis.
   Ha habido, en la historia, dos modos fundamentales de representar la Cruz y el Crucifijo o Crucificado. Hay –por así decir– un modo antiguo y un modo moderno.
   El modo antiguo es el que se puede admirar en los mosaicos de las antiguas basílicas y en los crucifijos del arte románico, resultando ser de representación gloriosa, festiva 
propia en Cristo de un señorío lleno de luz y de divina majestad. La cruz, frecuentemente sola, sin crucifijo, aparece constelada de gemas, esmaltes, piedras preciosas, proyectada en un cielo estrellado, y bajo ella la inscripción: Salus mundi (Salvación del mundo). Si alguien quiere verlo, vaya al célebre mosaico de Rávena, en Italia.
 
 
 
 
 
 
 
   En los crucifijos de madera del arte románico (Edad Media), la representación se expresa en Cristo reinando plenamente, no desnudo sino vestido con galas reales o bien con ornamentos sacerdotales de la época. Está en la cruz, pero no muerto. Aparece con los ojos abiertos, mirando al frente, sin mostrar sufrimiento sino todo lo contrario, irradiando victoria, triunfante en majestad, no coronado de espinas sino de metal áureo y piedras preciosas. En este tipo representativo del Crucificado puede constar la inscripción “Regnavit a ligno Deus” (“Dios reinó desde el madero”). Jesús mismo habló y sigue hablando de su crucifixión al modo de “exaltación”: Así lo recoge el Evangelio: “Y yo cuando sea levantado de la tierra atraeré a todos hacia mí” (Jn 12, 32).
   De otra parte, tenemos la forma moderna más habitual a nuestro ser gótico y barroco, entre otros estilos, en el modo de representar al Crucificado (el Cristo de la Vera Cruz en El Viso es barroco). El gótico fue sobre todo muy representativo del sufrimiento agónico en el Crucificado. Podemos recordar, por ejemplo, la Crucifixión del alemán Matthias Grünewald en el Altar de Isenheim, actualmente en el Museo de Unterlinden (Francia). Las manos y los pies se retuercen como zarzas alrededor de los prominentes clavos, la cabeza agoniza bajo un haz de punzantes espinas, el cuerpo aparece ensangrentado y lleno de lacerantes llagas. Igualmente los crucificados de Velázquez y de Dalí y de muchos otros (sevillanos, andaluces, murcianos, castellanos, etc.) pertenecen a este tipo. 
 
 
   Los dos modos de que hablo, como saben los entendidos y devotos, evidencian un aspecto verdadero y complementario del misterio. La forma moderna –dramática, realista, desgarradora– representa la cruz vista, por así decirlo, por delante o “de cara”, en su cruda realidad, en el momento en que Cristo muere en ella. La cruz como símbolo del mal, del sufrimiento del mundo, de la enfermedad, del fracaso y de la tremenda realidad de la muerte. La cruz se representa aquí “en sus causas”, esto es, en aquello que, habitualmente, la ocasiona: el odio, la maldad, la injusticia, el pecado, la guerra, la violencia… y la estupidez humana.
   El mundo antiguo no evidenciaba tanto las causas de la crucifixión sino los efectos gloriosos de la Cruz; no se representaba antiguamente aquello que produce la cruz sino lo que es producido por ella: reconciliación, paz, gloria, seguridad, vida eterna, felicidad, alegría: Es la Cruz que San Pablo define y explica como “gloria” y “honor” del creyente. La festividad del 14 de septiembre se llama “Exaltación” de la Cruz porque celebra precisamente este aspecto “exaltante” y “exultante” de la cruz.
   Hay que unir, a la forma moderna o dolorista de considerar la cruz (adorada el Viernes Santo), la antigua: tenemos que redescubrir la Cruz gloriosa. Si en el momento en que se experimentaba la prueba, podía ser útil pensar en Jesús clavado en la cruz entre dolores y espasmos, porque esto hacía que lo sintiéramos cercano a nuestro dolor, ahora hay que pensar en la cruz de otro modo. Vamos a explicarnos con un ejemplo. Hemos perdido recientemente a una persona querida, tal vez después de meses de gran sufrimiento y grave enfermedad, o por alguna causa que nos impactó sobre manera. Nos ha dejado mucha pena y una gran vacío. ¡Cómo echamos de menos a los seres queridos que se nos fueron por la muerte! Pues bien: no hay que seguir pensando en el ser querido como estaba en su lecho, en tal circunstancia, en tal otra, a qué punto se había reducido al final, qué hacía, qué decía, tal vez torturando nuestra mente o nuestro corazón, incluso alimentándonos de culpa. Todo esto ha terminado, ya no existe, es irreal (“consumatum est”, se ha cumplido); actuando así, lastimosamente, no hacemos más que prolongar el sufrimiento, un sufrimiento innecesario, perjudicial. Esto es lo que tenemos que aprender del modo antiguo de representar la cruz y al crucificado. Esto es lo que tenemos que aprovechar de la fiesta de hoy.
   No digo que no tengamos que ir al cementerio o que tengamos que dejar de visitar las sepulturas de nuestros seres queridos, pero a veces esto no ayuda mucho. Es mejor vivir la Santa Pascua, es decir, venir a celebrar la Misa, bien cumplida, los domingos y festivos, como está mandado. No hacerlo es pecado grave (y hemos tenido entre nosotros a quien nos lo recordó bien, pues no lo olvidéis). Mejor que visitar las sepulturas es visitar al Señor en el Sagrario, donde sigue vivo y real. Mejor es comprometernos con los que tienen necesidad de nuestra ayuda. Hay muchas cosas más saludables (y psicológica-mente más positivas) que permanecer en el sufrimiento. Esto nos lo enseña la Cruz en su Exaltación, la fiesta del 14 de septiembre. ¡Ánimo, hermanos! ¡Que nada ni nadie os robe la alegría, ni la paz! Visueños y visueñas, no dejéis de ser festivos. Tengamos dolor de nuestros pecados y confesémoslos, pero para seguir avanzando con la confianza en el Señor, porque es eterna su misericordia. Piensa que ya no eres tú quien lleva la cruz sino que es la cruz la que te lleva a ti. La cruz no te aplasta ya como una carga pesada o insoportable sino que te levanta, te anima, te sostiene, te alegra, te proporciona paz y alegría.
   No nos olvidemos de celebrar la Santa Pascua. ¡Qué pena tanta gente en Misa el día de los difuntos y en mucho menor cantidad en el Triduo Pascual y en la Vigilia Pascual! Para un cristiano no hay día más grande, pero hay muchos aún, por desgracia, que creen que el día más grande es otro.
   Contemplemos a Cristo como es y como está ahora, más que en consideración a lo que sufrió, pues para eso existe en la Iglesia, desde antiguo, esta fiesta de la Exaltación de la Cruz. Contemplemos a Cristo resucitado, glorioso, feliz, sereno, sentado en el mismo trono de Dios, a la derecha del Padre que enjuga todas las lágrimas, pues el Padre le ha dado “todo poder en los cielos y en la tierra”. Ya no está Jesús entre los espasmos de la agonía y de la muerte. No digo que se pueda siempre dominar el propio corazón e impedir que sangre con el recuerdo de lo sucedido por un difunto o por tanto sufrimiento, pero hay que procurar que prevalezcan la fe, la esperanza y la caridad.
   Sirva también esta homilía para considerar nuestra preocupación y compromiso por la paz, en el aniversario centenario de la primera guerra mundial y por tantas guerras como se siguen librando aún en el mundo. El Papa Francisco acaba de recordarnos que estamos como en una tercera guerra mundial por partes, no sólo en lo bélico o militar de siempre, sino en tanta violencia por doquier, maltrato, abusos, injusticias, desigualdades… Muchos dolores sigue habiendo, pero no nos amarguemos la existencia unos a otros. Precisamente mañana irá unida a esta fiesta de la Cruz la no menos luminosa y gloriosa de la Virgen de los Dolores.
   A la Virgen del Rosario en sus Misterios Dolorosos, cuya fiesta está próxima, y a la Virgen en su advocación de Santa María del Alcor, en cuyas fiestas aún estamos, con efemérides de 75 Aniversario, nos encomendamos. Ella compartió la vida familiar y terrena de Jesús, compartiendo ahora el Cielo con Él. Toda lengua proclame, en el Espíritu Santo: Jesús es el Señor, para gloria de Dios Padre. Amén.
 
 
Santísimo Cristo de la Vera Cruz. El Viso del Alcor
 
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