ENCUENTRO PARROQUIAL
(14 de octubre de 2014)
 
VOCACIÓN, PERFIL O FISONOMÍA DEL CATEQUISTA
LA DIMENSIÓN PROFÉTICA Y APOSTÓLICA DE LA CATEQUESIS
 
 
   La primera forma de Evangelización, también en catequesis, tal como insisten los documentos al respecto, es el testimonio y en concreto el testimonio de la caridad. El hombre contemporáneo cree mejor a los testigos que a los maestros (RM 42; EN 41), más a la experiencia que a la doctrina; más a la vida y a los hechos que a las teorías (RM 42). El testimonio de vida cristiana es la primera e insustituible forma de evangelización (RM 42).
   El catequista, por tanto, estará dispuesto a vivir entregado a la edificación de la comunidad cristiana, poniendo en juego las capacidades y carismas recibidos del Espíritu para bien de todos.
   A propósito de la evangelización, un medio que no se puede descuidar es la enseñanza catequética. La inteligencia, sobre todo tratándose de niños y adolescentes, necesita aprender mediante una enseñanza religiosa sistemática los datos fundamentales, el contenido vivo de la verdad que Dios ha querido transmitirnos y que la Iglesia ha procurado expresar de manera cada vez más perfecta a lo largo de la historia.
   A nadie se le puede ocurrir poner en duda que esta enseñanza se ha de impartir con el objeto de educar las costumbres, no de estacionarse en un plano meramente intelectual. Con toda seguridad, el esfuerzo de evangelización será grandemente provechoso, en el ámbito de la enseñanza catequética dada en la Iglesia, en las escuelas donde sea posible o en todo caso en los hogares cristianos, si los catequistas disponen de textos apropiados, puestos al día sabia y competentemente, bajo la autoridad de los obispos y de los párrocos (así como de los vicarios parroquiales).
   Los métodos deberán adaptarse a la edad, a la cultura, a la capacidad de las personas, tratando de fijar siempre en la memoria, la inteligencia y el corazón las verdades esenciales que deberán impregnar la vida entera. Ante todo es necesaria la buena y excelente preparación de catequistas (también de padres), de modo que éstos deseen la perfección al respecto.
   Por lo demás, sin necesidad de descuidar de ninguna manera la formación de los niños, se viene observando que las condiciones actuales hacen cada día más urgente la enseñanza catequética bajo la modalidad de un catecumenado (o neocatecumenado) para un gran número de jóvenes y adultos que, tocados por la gracia, descubren poco a poco la figura de Cristo y sienten la necesidad de entregarse a él (EN 44) en con-versión. Ya resaltaremos en su momento que mucha gente no sabe de esto y no celebra bien el sacramento de la penitencia, ni nada de nada por así decir.
   Desde las ineludibles referencias bíblicas, el catequista ha de saberse profeta, pre-sentando el mensaje no sólo mediante palabras, enseñanzas o discursos sino mediante acciones significativas. Cuando el catequista es dócil a la Palabra de Dios y la transmite con fidelidad, es Dios quien habla por él. El catequista es instrumento por el que Dios habla y vivifica. Ésta es la dimensión profética de la catequesis.
   Por referencia bíblica, el catequista, además de profeta, es apóstol y evangelizador de Jesucristo, enviado por Él y sostenido por la gracia de Dios aunque se sienta débil o humanamente incapaz.
   Con todo lo dicho, ¿qué puede encontrar el catequista en su entorno de la catequesis? Ciertamente se podrá encontrar con mucha alegría en una labor encomiable de ayuda en el crecimiento de la fe, de la esperanza y de la caridad (amor a Dios y amor fraterno).
   El catequista, sin embargo, se puede encontrar también con la verdad que señala el libro del Eclesiastés (1, 15) cuando dice que “lo torcido no puede enderezarse y lo que falta no puede contarse”, texto que en la antigua Vulgata se leía como perversi difficile corriguntur et stultorum infinitus est numerus”, que traducido es “los malvados difícilmente se corrigen, y es infinito el número de los tontos”.
   Esto quiere decir que, entre tantos padres y madres que inscriben a sus niños en la catequesis, no faltan algunos que son verdaderos ignorantes y arrogantes en lo religioso, cuando no imbéciles y cretinos en casi todo. Suele ser gente marcada por la ordinariez, gente que vocifera, gente exigiendo tonterías, gente incluso para nada creyente, gente que incordia sin humildad, gente frívola y superficial, gente incluso con maldad y burla manifiestas. No deberá extrañarnos. El mismo Jesús nos dijo que somos enviados como ovejas en medio de lobos (Mt 10, 16).
   Queridos catequistas: en calidad de vuestra condición profética, posiblemente tenéis que saber enfrentaros a este tipo de gente, a veces contraria a la Iglesia. Por supuesto, no deberéis entrar en su juego torcido o poco limpio. Hay gente –ojalá sean pocas– para quienes lo que menos importa es la Eucaristía para sus hijos, gente en la que predominan las cosas mundanas, incluso las horteradas. Puede que den lata, porque son gentes que a la vez que acuden ahora a la Iglesia no sólo no están en comunión con ella sino que además la vilipendian o no se muestran fervientes ni respetuosos con ella. Son gente alejada de la Iglesia que sin embargo ahora se nos acerca. Si son gentes normales y mínimamente humildes o educadas, se aprovecharán de lo que le podamos ofrecer como Iglesia y como cristianos; pero sin son gentes realmente alejadas de la Iglesia, no harán sino fastidiar y, lo que es peor, actuar sacrílegamente. Evitémoslo en lo posible y portémonos todo lo bien que podamos con todo el mundo, sin el buenismo superficial de los tontos. ¡Qué lástima tener que pararnos a señalar estas cosas!
   Vosotros, y todos los que estamos implicados o comprometidos con la catequesis, tenemos que saber poner el mayor freno posible a los imbéciles. No podemos consentir a nadie interceptando o estropeando el proceso catequético, gozoso a la vez que serio y responsable.
   A nadie le vamos a consentir nada raro, ni privilegiado, ni exclusivo, ni excepcional, ni salido de norma o extraño a la vida eclesial, aunque siempre consideraremos los casos de verdad graves por si hubiera que tener en cuenta alguna excepción, pero siempre comprobándolo todo al milímetro o con toda la humanidad y caridad que podamos. Digámoslo con toda contundencia y para todos: Con las tonterías, las ocurrencias raras o las malas maneras tendremos tolerancia cero.
   La Iglesia (en este caso la parroquia) no obliga nada a nadie y no está obligada con nadie que venga según el postmoderno todo vale o fuera de norma. Por lo tanto, no venga nadie (ni tengamos dentro a nadie) obligándonos, imponiéndonos, vociferándonos, molestándonos. No vamos a mostrar buena disposición ante quien no nos la muestre por su parte. De todos modos, ejercitaremos la paciencia en el marco de la caridad. Pero que nadie piense que nosotros entramos en el supuesto número infinito de los tontos.
   La aparición de tonterías en las parroquias, como en otros ámbitos, no son sólo las referentes a la catequesis sino que se muestran también, hasta sacrílegamente, en relación a otros asuntos, incluso por parte de clérigos y muy particularmente en asuntos de bodas. Ya lo iremos tratando todo en cada momento respectivo.
 
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