Esta martes pasado día 28 de octubre , nuestro encuentro parroquial dirigido por el Sr. Párroco D. Francisco Suárez , ha ido en la linea:

EL CATEQUISTA AL SERVICIO DE KERYGMA

Recordemos que un ministerio –como el de ser catequista– supone dar valor público y respaldo comunitario a una tarea eclesial, y de las más serias. El catequista es un ministerio de hecho, porque tiene su valor ante todos y la comunidad cristiana lo necesita. Tiene también –o deberá tener– todo el reconocimiento, incluso jurídico, en la diócesis.El catequista ha de hacer saber también que la catequesis tiene sus gastos, su presupuesto parroquial. En este sentido ha de ser consciente y hacer conscientes a los demás al respecto, realizando a la perfección este cometido.Pero lo más importante de todo es que la catequesis sea la del anuncio o kerygma del Evangelio. Ante muchos que, aunque bautizados, nunca dieron de verdad muestras de profunda adhesión a Jesucristo ni le siguen, el catequista ha de anunciar:La exigencia de conversión por y para la implantación del Reino de Dios en todo el mundo.La proclamación del Misterio Pascual de Cristo muerto en la cruz y resucitado para nuestra salvación, de modo que esta proclamación sea propuesta que cambia la vida.Saber que el Kerygma es también fundamento de toda promoción humana y del genuino fomento cristiano de la vida social y cultural.Saber que la finalidad de la catequesis, anunciando el Kerygma, es llegar al logro de la fe adulta (no quedarse en la fe de la Primera Comunión o de la mera Iniciación Cristiana de los adolescentes), con los compromisos que ello conlleva en la vida familiar y en la vida pública en general, según la espiritualidad de “la hora de los laicos”, para que dejen de ser ese gigante dormido o aletargado de o en la Iglesia.La formación del catequista depende mucho del modelo de catequista que se desea lograr. La meta que nos proponemos es la de formar a cada catequista, o en los más vocacionados como permanentes, para esta tarea que sea un educador de la fe. Esta opción suscita la necesidad de lograr muchas metas. No puede haber nueva catequesis sin catequistas bien formados (doctrinalmente, espiritualmente, metodológicamente y humanamente). Tal como hemos ido indicando, con el debido acompañamiento espiritual.Sobre el acompañamiento espiritual volveremos en algún momento con todo interés y conveniencia, siguiendo lo que dice el Papa Francisco en su Exhortación La alegría del Evangelio.En cuanto a los niños y niñas que solicitan la catequesis de Primera Comunión, no serán admitidos hasta no ser bautizados, por lo que cambiaremos nuestra costumbre parroquial, pasando a bautizarlos no en medio del curso sino en algún domingo de la primera quincena del mes de julio o bien en septiembre, antes del comienzo de las catequesis.A los padres de los niños sin bautizar estando en edad de iniciación cristiana y a los que bautizan a sus hijos sin estar casados sacramentalmente se les exigirá una preparación al respecto, una preparación kerygmática, sacramental, familiar. O bien la participación en algunos encuentros parroquiales. Iremos viendo de inmediato qué hacer.Ha de quedar claro que mientras los padres no cumplan cristianamente con sus hijos, incluyendo sobre todo la Misa tampoco deberíamos cumplir nadie en la Parroquia con ellos, salvo subsidiariamente. En el Equipo de Catequistas tendrá que discernirse al respecto. Esto vale para las preparaciones litúrgicas, de la Misa, de la celebración misma de la Primera Comunión.

Concluyendo: felicitamos y animamos desde la Parroquia a los padres y a las familias que proceden adecuadamente. Y sin poner mala cara a nadie, denunciamos que los padres y algunos familiares sean a veces los peores respecto a los niños. Hay dejadez y a veces hasta malos tratos.¿Qué ocurre, como pasa actualmente, cuando en una Iglesia tradicional y ampliamente implantada, las familias cristianas dejan de ser capaces de educar cristianamente a sus hijos? He aquí algunas reflexiones que se hacía no hace tanto el obispo D. Fernando Sebastián: Ocurría hasta ahora que los hijos de los matrimonios cristianos eran los primeros candidatos para la evangelización. El hecho de nacer en una familia cristiana es ya una primera conexión con la realidad histórica y social de la Iglesia que permite y aconseja el bautismo de párvulos, con la esperanza real de que esos niños crezcan en un ambiente cristiano que les ayude a entrar casi naturalmente en la vida de la fe y de la comunión eclesial.

Sin embargo ahora no es así. Si en países como el nuestro el 80 % y casi el 90 % de los niños son bautizados, solamente el 70 % reciben la Primera Comunión y no más del 40 % ó 50 % reciben la confirmación, que es tanto como el acabamiento y la aceptación del bautismo, un momento importante en la aceptación personal de la fe recibida en el bautismo. Y lo que es todavía más significativo y más grave, solamente el 4 % ó el 5 % de los jóvenes entre 15 y 30 años participan asiduamente en la Misa dominical. ¿Qué es lo que pasa? Hoy la mayoría de los padres cristianos quieren bautizar a sus hijos y de hecho los bautizan. Pero ya son bastantes menos los que saben que el gesto de bautizar a sus hijos supone el compromiso de ayudarles a descubrir y vivir personalmente la fe recibida, educándolos cristianamente, en toda la amplitud y riqueza del término.

Tenemos que reconocer que la familia, el medio de transmisión de la fe más normal y más efectivo durante siglos, se ha desmoronado en pocos años. Esta es una de las novedades más graves y más preocupantes de la situación de la Iglesia en la España actual. Donde este fenómeno comenzó antes, las familias actuales ya son mayoritariamente paganas, ya no se puede hablar de familias cristianas incapaces de educar cristianamente a sus hijos, sencillamente porque ya no son familias verdaderamente cristianas. En muchos países de larga tradición cristiana son minoría las familias que forman parte activa de la Iglesia. Esta puede ser la situación en España dentro de muy pocos años, como ya lo está siendo.

La familia ya no es capaz de introducir a los niños en un mundo transformado por la presencia y la actuación de Dios. Lo más frecuente, por desgracia, es que los niños y los jóvenes adquieran una visión del mundo privada de referencias religiosas, en la que Dios, Jesucristo, la Iglesia, la vida eterna y las características de una vida cristiana y santa, se dejan a un lado como realidades de segundo orden, “opcionales”, no necesarias, ni plenamente reales, cuando no inexistentes y hasta perjudiciales. El cambio no está únicamente en que los padres no eduquen cristianamente, sino que en realidad la familia, los padres, han perdido buena parte de su capacidad educadora en general. En el estilo actual de vida, los padres no tienen tiempo para convivir tranquilamente con sus hijos. Los hijos están muy poco tiempo con sus padres. No hay apenas espacios tranquilos, ociosos, en los que puedan surgir los temas de interés. El trabajo de la mujer fuera de casa se ha introducido rápidamente sin tener apenas en cuenta la especial función de la madre en la vida familiar, sin una suficiente atención a las exigencias de una adecuada educación de los hijos. Tanto el padre como la madre tienen sus tareas específicas, además de las comunes, en ese delicado y decisivo proceso que es la educación y la maduración afectiva y personal de los hijos. Puede ser que las de los dos no estén siendo suficientemente respetadas por el modelo de vida vigente en nuestra sociedad.

Para un niño o para un joven, no hay mejor forma de aprender a vivir como cristiano que practicando la fe con sus padres. En los años de la infancia quien mejor puede influir es la madre, en los años de adolescencia y juventud es necesario que se sume el ejemplo y la influencia del padre, de otros familiares, de los amigos de la familia. Se aprende a creer viviendo con quienes creen. Eso no se puede hacer en ninguna parte como en la propia familia. Aquí está una de las dificultades mayores para la evangelización de nuestros jóvenes. Aunque el 75% de los matrimonios que se celebran en España sean matrimonios sacra-mentales, nadie sabe el porcentaje de ellos que se celebran sin las mínimas condiciones de fe y con un proyecto de vida verdaderamente cristiano. En estos matrimonios los hijos nacen tarde y escasos (o ya han ido por delante). La práctica sacramental de las familias jóvenes es muy bajo. Los párrocos y los catequistas se quejan del desinterés de los padres por la educación cristiana de sus hijos en la parroquia, en la catequesis. Muchos quieren bautizar a sus hijos, la mayoría desean que hagan la primera comunión, pero no perciben la necesidad de que esas celebraciones sacramentales vayan acompañadas de las correspondientes actitudes religiosas que ellos tendrían que despertar y desarrollar en sus hijos. Los aturden de regalos y de “ilusiones”, pero se desentienden del necesario apoyo al trabajo de los catequistas o de los profesores de religión. Dan mucha importancia a la comunión “primera”, pero desentendiéndose de la “segunda” y de las que siguen…

Los cristianos, herederos de los usos de épocas anteriores, se muestran interesados por la recepción de los sacramentos de mayor relieve social. Pero no siempre acuden a estas celebraciones con la suficiente preparación ni con unas disposiciones personales suficientemente claras y sinceras para vivir el sacramento como una verdadera celebración de la gracia de Dios, acogida con fe como principio de una nueva vida. Por eso, hoy la urgencia primera es intensificar el anuncio de la salvación de Dios, el Kerygma, el despertar y fortalecer la fe, aumentar la estima de la vida sobrenatural y de los bienes del Reino, despertar los deseos de vivir cristianamente en los fieles que se acercan a la celebración de los sacramentos.

En cualquier reunión de sacerdotes o de fieles cristianos comprometidos en la vida y misión de la Iglesia, surge siempre el mismo malestar y la misma pregunta. ¿Por qué los jóvenes se alejan de la Iglesia en cuanto terminan su proceso de iniciación cristiana?, ¿qué podemos hacer para que niños y jóvenes descubran, estimen y vivan con seriedad y alegría la vida cristiana? Para responder a estas preguntas hay que contar con la misión in-sustituible de las familias cristianas. Veamos ahora unos cuantos pasos indispensables:

   1º.- Yendo a las raíces, darnos cuenta de la gravedad o de lo seria que es la situación (saber analizar).

En muchos aspectos, nuestra situación es parecida a la de los cristianos del siglo II y III. Vivimos inmersos en una sociedad no cristiana, que trata de asimilarnos culturalmente. Somos un islote de resistencia a la cultura liberal, capitalista, progresista, hedonista y mundana. Izquierdas y derechas tienen unas creencias comunes que hacen de la Iglesia, con más o menos agresividad, un fenómeno residual y molesto. Con actitudes y tácticas diferentes, todos intentan colonizarnos y ajustarnos a los patrones de la nueva cultura. Si nosotros queremos evangelizar y modificar la sociedad circundante en vez de ser digeridos por ella, tendremos que ser una comunidad más unida, más fuertes, más consciente y satisfecha de su patrimonio específico, más vigorosa espiritualmente, más efectiva en la configuración de la vida.

La situación es parecida pero de dirección inversa. Entonces era una sociedad pagana que se desmoronaba, dentro de la cual surgía una nueva sociedad cristiana pujante. Ahora es una sociedad más o menos cristiana la que se desmorona asfixiada por la expansión de una cultura atea que remodela la vida de los mismos cristianos hacia un ateísmo egoísta y satisfecho. Hoy en día tenemos una figura de la que aún no se ha ocupado bastante la pastoral: es la figura del bautizado no creyente o del no creyente pero bautizado (que sin embargo viene ocasionalmente a la iglesia, etc.).

En esta situación, ciertamente requerida de comunidades neocatecumenales o en todo caso de comunidades cristianas fuertes o sólidas, ¿qué hay que hacer para volver de nuevo con padres cristianos capaces de educar cristianamente a sus hijos?

   2º.- La Iglesia renovada (en las comunidades a medida humana y no como colectivos o jurisdicciones) es el único punto de partida.

Es evidente que una iglesia débil o dedicada a zarandajas no hará posible la transmisión de la fe en la familia. ¿Seremos nosotros los evangelizadores creíbles, necesarios en la iglesia y en nuestro mundo? ¿Estamos dispuestos a ello?, ¿Tenemos y difundimos el suficiente entusiasmo por Jesucristo (por supuesto más allá del entusiasmo por las imágenes)?, ¿Por qué optaremos: por la pastoral de la superficialidad o por la pastoral de la autenticidad?, ¿A qué aspiramos: a cosas bonitas o a la santidad?

   3º.- Vivir con realismo la comunión eclesial (espiritualidad y pastoral de la unidad).

No puede haber vigor espiritual, personal ni comunitario, sino en la unidad. No puede haber eso tampoco si nos perdemos en requisitos de poca monta o en cosas secundarias. Por encima de todo, vivida confiada y esperanzadamente, la Eucaristía dominical tiene que adquirir el papel central que le corresponde en la vida de la Iglesia y en la vida espiritual de los cristianos. A partir de la Eucaristía, junto con la confesión sacramental frecuente y el asesoramiento personal del pastor a cada uno de los fieles, habrá de recuperarse la conciencia de la llamada a la perfección de cada persona, de cada matrimonio, de cada familia. Esto requiere una dedicación plena y constante del pastor al cuidado espiritual de cada fiel, sean catequistas o catecúmenos, personas aisladas o familias. La renovación espiritual de las comunidades cristianas requiere la renovación de la vida sacramental en general, desde el Bautismo hasta la Unción de los enfermos, todo centrado en la Eucaristía, el sacramento de la Reconciliación y la celebración global del Día del Señor.

La Postcomunión ofrece sus dificultades o características, sobre todo porque el chavalerío está cargado de cosas (actividades) extraescolares (inglés, deportes, etc.). Por eso, no es cuestión de estresar a los chicos, pero sin embargo no puede dejarse desatendida esta franja de edad (Don Enrique, q.e.p.d., en Mairena la llamo de la perseverancia). De otra parte, puede que lo mejor sea implicar ya del todo a la familia, por lo cual, en adelante, la Pastoral de Postcomunión (hasta los 12-13 años de edad) será como una parte de la Pastoral de la Familia (y la vida). Para confirmación sobre los 12-13 años. Consistirá, en los viernes (bien de 18.30 a 19-30 horas o después de la Misa), con el debido (cierto y suficiente) control, en la celebración de una sencilla celebración de la Palabra (el Evangelio del Domingo correspondiente), de esta manera:

  • Hay hecha una lista identificativa de padres.
  • Padres y madres (o al menos uno o una de ellos), con los hijos de entre los 10/11 y 12/13 años
  • Hacerlo, si es posible, en un Centro Cívico, dispuestos en círculo o como asamblea.
  • Digamos que con el vicario parroquial (ya que al párroco le toca la misa-ensayo de los viernes).
  • El sacerdote preside y dirige una oración espontánea de entrada, a la que se unen todos de pie.
  • Se proclama el Evangelio.
  • Se hace un breve silencio y se da pie a la manifestación de los “ecos”.
  • Lo resume todo el sacerdote como a modo de breve homilía o sencilla catequesis.
  • Se hacen por todos, espontáneamente, unas peticiones o sencillas oraciones que pueden ser de bendición, de alabanza, etc.
  • Se concluye con el Padrenuestro, un cántico de la Virgen y la bendición.
  • (Se puede llevar ahora el control, por ejemplo con una crucecita en la lista de asistencia o de cualquier otro modo, el que sea menos complicado posible).
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