¿SE SABE HACER EXAMEN DE CONCIENCIA? ¿QUÉ IMPORTANCIA TIENE ESTE ASUNTO?       (10 de diciembre de 2014)

Ejemplos previos acerca de cómo habitualmente lo examinamos todo:Al ponernos una prenda.Al revisar un vehículo.Al poner en orden nuestras cosas, nuestros papeles, nuestros compartimentos…El ejemplo del Señor sobre los “signos de los tiempos”…Hay que tener formada la conciencia (ejemplos de lo contrario: los de los augures…).El ejemplo cara o cruz (o los dados, cuando la túnica sagrada). Los dilemas morales…También se examina lo que va bien, y se da gracias a Dios por sus dones y por su ayuda… Más que empezar por la compunción, es mejor empezar por la gratitud y en positivo.Examinar la conciencia no es autoflagelarse, como ir a confesar no es encaminarse a la sala de torturas (Papa Francisco dixit).  Es preocupante que en muchos casos se hacen confesiones mal preparadas en nuestro pueblo, con el riesgo de que sean ineficaces, inválidas, defectuosas, nulas, sacrílegas…  Confesar no es un trámite insulso por el que una persona se acercar al presbítero o al confesionario sin saber qué es lo que allí se espera que diga.  Uno de los grandes defectos de las confesiones mal hechas es aquél por el que el penitente empieza diciéndole al presbítero: “Pregúnteme” (distinto es que pida “ayúdeme”). La respuesta que deberá dar el sacerdote al que le dice “pregúnteme” no es sino ésta: “pregúntate tú”. Hay razones para no preguntar:

El confesor no está en el confesionario para preguntar sino para escuchar (y absolver), o en todo caso para ayudar como se ayudan mediante una sencilla conversación las personas que se aprecian, sin echar cuenta de lo malo, sin juzgar, sin maltratar.  El confesor no está en el confesionario para “inmiscuirse” o “indagar” en la vida de nadie, salvo en algunos casos sobre “inocentes” asuntos circunstanciales que no dejan de ser eficazmente orientativos (por ejemplo, en qué trabaja).  ¿Quién le dice al confesor que el que se confiesa, por ejemplo, no está grabando las preguntas (o tomando nota), porque la persona haya ido al confesionario con otro fin distinto al de confesar? Otro caso es el que empieza diciendo: “Yo vengo a confesar de culto en culto”, es decir, cuando la imagen o las imágenes titulares de la respectiva hermandad celebran

sus cultos. Esto no es malo, pero sí lo es venir sin la debida preparación, es decir, sin haber hecho examen de conciencia. Vienen:  Porque toca.  Por devoción (es decir, no sacramentalmente).  Como de pasada o cierto trámite, casi en plan paripé…  A confesar hay que ir tras haber hecho bien un examen de conciencia y mucha gente en nuestro pueblo va sin haberlo hecho.  ¿Tiene el sacerdote que dar la absolución si en realidad no hubo verdadera confesión?.  Distinto es cuando quien confiesa es alguien que tienen disminuidas algunas faculta-des con las que hubiera que condescender, porque la persona, objetivamente, “no da más de sí”.  Así pues, lo primero que hay que decirle al confesor es desde cuándo no te confiesas, de modo que la dejadez pueda suponer un incremento de penitencia (como se incrementan, por ejemplo, los pagos fuera de plazo).Un período aceptable –según los casos– para confesar es el mensual (más o menos), pero aunque la confesión deba ser frecuente, no hay que convertirla en frecuentísima (sobre todo si es en plan pejiguera o de beatería…). La penitencia no es un asunto devocional, aunque vale también para las faltas veniales o para no caer en la peligrosa dejadez. El sacerdote se toma en serio la confesión. No se siente molesto por los pecados que le cuentes, por muy atroces que sean (siempre saldrán aliviado, reconfortado, liberado y absuelto). Lo que sí puede molestar al sacerdote (humano a fin de cuentas, aunque representa a Cristo, humano también además de divino) es que le cuentes tonterías o cosas insulsas. A nadie le gustan las pérdidas de tiempo ni los engorros.De todos modos, la Parroquia proporciona la debida atención en este sacramento, incluidas las formas comunitarias con absolución personal periódicas. Estén atentos a las mismas, pues dos o tres veces al mes las tenemos (y no para que hagan el trámite y se vayan corriendo): Confesar los pecados es sólo una parte o elemento del completo celebrar la penitencia, con su hincapié en la conversión, en la eclesialidad, en la acción de gracias…Como a la penitencia se ha de ir sin prisas, no se debe acudir al confesor cuando ya está para salir a una celebración (por ejemplo a muy pocos minutos de la Misa). Ejemplo de los que van corriendo (pitando), que dan ganas de decirle, tal vez en un atasco: ¿Por qué no te levantaste y saliste una hora antes?.Resumiendo: En la confesión se cuentan pecados, no problemas de cualquier índole, ni sentimientos de culpa, ni estados de ánimo (cosas más bien de psicólogos). Sólo los pecados (los propios) y no otros asuntos son materia de confesión, lo demás no. El confesionario no es un gabinete psicológico, ni un consultorio, aunque en cierto modo y de pasada lo sea, haciendo mucho bien al respecto. Para conversar está el acompañamiento espiritual (la clásica dirección espiritual, todo un arte para el que aconseja, toda una plataforma de confianza más que de moralismo).  Al hacer tu examen de conciencia –soy consciente de entrar ahora en terreno delicado–, pregúntate también, responsablemente, con libertad y madurez humana, qué tiene la moral (y tú moral) de heterónoma y de autónoma. No te salgas de lo que enseña la Iglesia, pero no te ciñas como con “integrismo” a ella.  En tu examen de conciencia puede entrar también qué tal te fue en alguna o algunas de tus confesiones: ¿Te dejó o te dejaron bien orientado o con dudas? ¿Crees que el sacerdote “acertó” o fue “justo” en lo que te dijo o no? ¿Saliste como entraste o peor que entraste?. El pecado es una categoría teológica (en relación a Dios), mientras que el sentimiento de culpa es una categoría psicológica, como lo es el estado de ánimo. Hay cosas para las que deberás ir a un médico o a un especialista, no a un cura. Si es una cuestión de vehículos, vas al mecánico; si es una cuestión de relojes, vas a la relojería, etc.). Lo peor de todo es cuando el supuesto penitente se presenta como “impecable” y empieza diciendo que no tiene pecados. Quien así actúa –perdónese la expresión– obra como un imbécil, peor aún, como un mentiroso total. La confesión hace de la penitencia el sacramento de la verdad: ante Dios, ante los demás y ante sí mismo, en cuanto miembro de la Iglesia. Quien no entiende la dimensión eclesial del pecado y de la celebración penitencial, no le ve sentido a la confesión, siendo tal quien dice y supone que “se confiesa con Dios”. ¿Y de la mediación salvífica, qué? ¿Y de la pertenencia a la comunidad cristiana, qué? La fe es personal, pero no individual; es comunitaria, es la fe de la Iglesia. Es la fe de la Iglesia la que vale, no la tuya particular sino la que compartimos todos. Quien dice que no tiene pecado es que no se ha examinado, ni bien ni mal. No se ha examinado. Quien dice que no tiene pecado, lo que no tiene es remedio ni arreglo. Los pecadores tienen arreglo, los hipócritas y mentirosos no. Todo pecado empieza por la mentira (lo veremos más detenidamente en una próxima sesión, al tratar de la mentira primordial que conllevó el pecado original). Persistir en la mentira es persistir en el pecado original (como hacer nulo tu bautismo). Si a tal punto se rebaja tu vida cristiana, sería mejor –voy a decir una barbaridad– que apostates (terrible pecado). Así por lo menos “te quitas del medio”, pero esto no es una invitación a apostatar.  Hay confesiones en las que no aparecen algunos pecados o son nombrados de un modo difuso, como en una generalidad difusa, condicional, sin concretar, sin enumerar… No olvides que los pecados (tus pecados) tienen nombres y como señas de identidad, cualidad, cantidad, propiedades negativas, dañinas, oscuras, etc.  Al hacer tu examen de conciencia, no podrás entrar en juicio contra nadie. Hay quienes en vez de expresar el repaso que se han hecho a sí mismos, muestran el repaso que le han hecho a otros. No se va a la confesión para hablar del cónyuge, o de los hijos, o de los hermanos, cuñados, vecinos, etc.   El penitente deberá saber distinguir entre lo grave o mortal y lo leve o venial. Es pe-cado grave, por ejemplo, no ir a Misa los domingos y fiestas de guardar, salvo excusas de verdad justificables que lo imposibiliten (esto no es una falta leve).  Nadie comulgue en absoluto, ni por cumplido ni por nada, si, teniendo pecados graves, no se ha confesado antes. De todos modos, tenga siempre la intención de confesar cuanto antes, si el caso (o casos) lo requiere. ¿Qué caso o casos?  Esa pregunta conviene que la trates y te la aclares, teniendo en cuenta que:  Confesamos para confesar. No pensemos que Comulgar es como un premio a los que se confesaron o como que por eso mismo se “merecen” la Comunión. Ciertamente, la finalidad de la confesión (celebrar el sacramento de la penitencia) es la Conversión, la cual, evidentemente, lleva a la Comunión. Es sin Conversión como no hay Comunión, como sin Comunión no hay Conversión. ¿“Moral de actitudes”? ¿Herejía por mi parte?  El anterior vicario parroquial que tuvimos en El Viso, tan sensible a “la verdadera doctrina católica”, sobre todo en algunos aspectos, escribió que “ante la teoría modernista [lo subrayado es mío] de la moral de actitudes hay que res-ponder NO con un rechazo del examen de conciencia incluyendo actitudes. Hasta es bueno redundar la idea de que al confesarse no se trata sólo de ‘contar pecados’ sino también de profundizar si éstos son causa, y consecuencia, de ten-dencias ya adquiridas en el mal. Por ello no se trata de decir NO al examen moral de actitudes, sino de decir SI a ese examen pero con la inclusión necesaria de los ACTOS. De ese modo, examinando actos concretos y actitudes adquiridas, caminaremos en la verdadera doctrina católica” (página Infocatólica, 22 de junio de 2014).  Es inválida toda confesión que no lleva aparejado el propósito de la enmienda o la retribución-satisfacción del daño perpetrado y confesado.  Hay que distinguir entre pecado y delito (sea de quien sea). El pecado se salda con la penitencia, el delito con la multa y la cárcel. ¿Cómo ha de hacerse, pues, el examen de conciencia? ¿Qué ha de preguntarse el penitente, previamente a su confesión, y a la luz de qué?  Si muchos de los cristianos (bautizados) se caracterizan actualmente por su mucha ignorancia religiosa, mayor aún es la ignorancia moral. Aclaramos aquí que no entramos en debates al respecto sino que nos ceñimos a los aspectos prácticos que ayuden a una buena confesión (no estamos haciendo tanto teología sino pastoral). De todos modos, se puede conversar en otro tipo de foro formativo parroquial o pastoral al respecto, con índole abierta sin traspasar la doctrina de la Iglesia y a tenor de los mejores tratadistas en teología moral y hasta en ética general o especial según “lo de siempre y lo novedoso”, sin que esto tenga que ver con un infundado y rechazable relativismo, que de todo hay. Nuestra opción es inequívocamente de “moral objetiva”, lo cual no conlleva ser una “moral cerrada”, atenta a mucho más que a la estricta observancia normativa, sin que deje de ser absolutamente tenida en cuenta. Lo rigurosa y meticulosamente casuístico o de una vez por todas no es lo que encuentra un penitente en mi caso. También esto forma parte de mis vivencias sacerdotales y pastorales. No hago concesiones banales, ni frívolamente permisivas. Me esfuerzo, sin embargo, en el máximo de comprensión misericordiosa. Invito al esfuerzo, a la superación, al heroísmo si cabe…, pero es la gracia de Dios la que tengo que hacer experimentar en lo posible, la experiencia de la justificación en Cristo, ciertamente entendida al modo católico y no del viejo o estricto protestantismo… (hay pasos ecuménicos al respecto).  Empecemos (y ya avanzaremos más en otros días):

Guía para el examen de conciencia, dando por supuesta la primordial referencia de la Palabra de Dios. Y como ayuda de pormenores lo siguiente:   Los Diez Mandamientos.

Los Siete Pecados Capitales.

Los defectos de carácter.

Las virtudes, las actitudes y las responsabilidades.

Entra en tu consideración: A conciencia, de manera honrada y cabal, sin que te asustes de ver tu pasado y tu presente.   No dejes nada de lado, aunque lo estimes vergonzoso o te produzca de entrada algún desasosiego. No pasa nada. Puedes ser tan radical como condescendiente contigo mismo. Sábete humano, no un ángel bendito o un extraterrestre…   Además, como ya dije antes, puedes animarte con la de cosas buenas que Dios te concede, para que se las agradezcas. Esto es muy bueno de incluirlo en un buen examen de conciencia. De entrada, da gracias a Dios y pide al Espíritu Santo que te ilumine.A partir de este momento, la mejor manera de empezar es haciéndote esta pregunta: ¿Qué es lo más grave o de peores consecuencias de todo lo que hice?  Luego seguir por aquí: ¿Tengo claro qué es bueno y qué es malo? ¿Sé qué es pecado? ¿Por qué?  ¿En qué soy de buen corazón o de mal corazón? ¿Hacia qué me inclino en mi vida?  ¿Deseo de verdad obrar bien?  ¿Cuál fue mi última confesión bien hecha?  ¿Cuál o cuáles han sido mis confesiones mal hechas, por culpa, por ignorancia o por algún “extraño” motivo?   ¿Vivo en alguna de las conocidas como “situaciones irregulares”? ¿Cómo o con quién me oriento al respecto? ¿Qué hacer?.   El examen de conciencia debe hacerse cuidadosamente, con diligencia y atención, con tiempo suficiente, con seriedad y sinceridad; pero sin angustiarse ni amargarse la vida. La confesión no es un suplicio ni una tortura, sino un acto de confianza y amor a Dios, desde Dios. No se trata de atormentar el alma, sino de rendir cuenta a Dios como hizo el hijo pródigo con su padre, a sabiendas de su total misericordia, de su amor eterno por ti.   El examen de conciencia se hace procurando recordar los pecados cometidos de pensamiento, palabra y obra, o por omisión, contra la Palabra de Dios (Evangelio), contra los mandamientos de la ley de Dios, de la Iglesia o contra las obligaciones particulares. Todo desde la última confesión bien hecha.  El examen de conciencia es confrontarse con la verdad, a la luz del Espíritu Santo, para que nos ayude y nos convierta.

D. Francisco Suárez Salguero ; Párroco de Santa María del Alcor.

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