SOBRE LA EXISTENCIA DE DIOS
(Catecismo, números 30-35)

ENCUENTRO PARROQUIAL, MARTES 10 DE FEBRERO 2015

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¿Existe Dios? ¿Qué Dios? Sigue a continuación una reflexión propia y al hilo del libro de Carlos A. Marmelada El Dios de los ateos (2014, Stella Maris). Hago notar que, hablar del Dios en quien creo o creemos exigiría otro discurso, pero éste no sería sino el de glosar, ahondando, los citados números del Catecismo.
Otro libro interesante al respecto es el titulado ¿En qué creen los que no creen?, dialogando Umberto Eco y el Cardenal Arzobispo de Milán Carlo María Martini (1997, Madrid, Temas de Hoy).
Dejemos bien sentado, de principio, que el Dios de los filósofos, de los intelectuales, de los científicos… puede que no exista o de hecho no existe, lo que no quiere decir que el Dios de los creyentes, concretamente de los católicos, que sí existe, sea resultado de lo irracional por parte de éstos.
No se trata tanto de “demostrar” la existencia de Dios, pero en caso de intentarlo cabe indicar que “la ciencia no sirve para demostrar que Dios no exista”. No hay argumentos teóricos ni razones objetivas para vivir como ateos.
Tampoco vamos a creer, por ejemplo, en el Dios que, entre otras atrocidades, sustenta los recientes atentados de los yihadistas contra el semanario francés Charie Hebdo.
Para los ateos, la existencia del mal es la prueba capital de que Dios no existe. Y precisamente frente a este argumento podemos afirmar nosotros que la existencia del mal es prueba de que Dios existe, el Dios que saca bienes de los males. Declaramos con este aforismo que los ateos podrían remodelar, de las basas a los capiteles, las columnas sobre las que se sustentan. No hay un solo argumento científico que pruebe que Dios no existe, porque la ciencia trata de lo que es materia, de lo intramundano, y Dios no se reduce a la materia, ni a los procesos intramundanos que le corresponden.
¿A qué divinidad se refieren los ateos? ¿En qué creen los que no creen? No es que se refieran a los denominados ídolos, simbolizados en el bíblico becerro de oro (ni el poder, el dinero, la fama, etc.). Los ateos se refieren al Dios de los cristianos. Y entonces nos preguntamos: ¿Pero qué Dios creen los ateos que tienen los cristianos?
Cuando se estudia este tema nos llevamos la sorpresa de que el Dios cuya existencia niegan los ateos más oficiales no es el Dios Creador y Providente de la tradición bíblica, ni el Dios que es Amor, personal y Trinitario, según San Juan y la tradición teológica de la Iglesia, sino el Dios de los filósofos según los conciben, por ejemplo, los panteístas Spinoza o Hegel, o bien se refieren a Dios moralista, juez riguroso e implacable del imperativo categórico y del fideísmo kantiano. Se trata de un Dios del todo distinto al que aprendemos en la catequesis, ideado por el racionalismo (filosófico-teológico o de la teodicea) y por el idealismo absoluto, correspondiéndose luego con el Dios de los “maestros de la sospecha” (Feuerbach, Marx, Freud, Nietzsche, Sartre…). El Dios de estos representantes de la intelectualidad (que hacen patente lo latente social y culturalmente en los contextos académicos en los que se mueven) no es concreto sino abstracto, no es personal sino difuso, ideal, conceptual… Éste no es el Dios (Padre) de nuestro Señor Jesucristo.
¿A qué Dios se refiere entonces el ateo cuando dice que no cree en Dios? Se refieren, según sostienen, al Dios que, como señalan, se causa a sí mismo, como si fuera este Dios el que nos mueve o motiva como cristianos. Los ateos dicen que no es posible ese causarse a sí mismo. Los cristianos no creemos en un Dios teórico sino real, sólo que real para nosotros se escribe con “R” mayúscula (véase nuestro anterior encuentro parroquial).
Los mencionados filósofos se oponen a la teología natural, la rechazan, porque dicha teología sostiene que Dios es la causa primera o incausada, lo que nos hace partir, se-gún ellos de un error total.
Por otra parte, dicen que nos equivocamos cuando sostenemos que Dios es el Ser y que esto significa que es la realidad más vacía de todas. Pero nuevamente hay un grave error histórico, porque ésta era la opinión de Hegel. Ya el filósofo griego Aristóteles (siglo IV a. de C.) se percató de que Dios es la plenitud, el ser más rico de todos, el más perfecto y con él, a partir del siglo XIII, sostiene lo mismo la tradición teológica cris-tiana.
Lo malo es que los ateos nos juzgan y hasta prejuzgan a los cristianos, siendo así que nosotros, en línea con la tradición cristiana, no juzgamos ni prejuzgamos sino, en todo caso, debatimos, dialogamos, aunque reconozcamos cerrazones por todos los flancos a lo largo de la historia.
Respetamos a todas las personas, pero debatimos sobre las ideas y conceptos. De hecho, estudiamos cuáles son los argumentos teóricos que han esgrimido los grandes ateos, muy influyentes, y analizamos su validez objetiva.
Cuando investigamos acerca de los rasgos distintivos del ateísmo actual, o de la increencia, no se hacemos frívolos juicios de valor. Si queremos que haya un diálogo fecundo entre la fe cristiana y la cultura actual es necesaria una actitud de gran respeto mutuo. Es lo que tenemos derecho (y obligación) a exigirnos y a exigir. ¿O no?
Si la ciencia es absolutamente necesaria, la religión y la moral también. ¿O no? A algunos creyentes les puede generar dudas el hecho de que grandes científicos aduzcan que sus investigaciones les llevan a concluir que Dios no existe. Esto sucede especialmente en el campo de la cosmología, la evolución y la neurociencia, etc. Pero lo cierto es que la ciencia no sirve para demostrar que Dios no existe. De hecho, otros grandes científicos, como es el caso de Francis Collins (el director del primer equipo en descifrar el genoma humano, a finales del siglo XX), sostienen que profundizar en conocimientos científicos de la realidad les ha llevado a creer que debe existir un principio absoluto que es trascendente a la Naturaleza y que es la causa última de todo, el fundamento racional de la realidad que la ciencia, con tanto esfuerzo y éxito, trata de comprender.
¿En qué se fundamenta entonces el no creer? ¿Acaso es trivial hacerse esta pregunta? ¿Se trata de fundamentos científicos, reconociendo que tales fundamentos, metodológicamente hablando, no pueden abarcarlo todo ni entrar en cosmovisiones que escapan a su ámbito propio, salvo que dejen de ser científicos?
Lo cierto es que la voluntad juega un gran papel a la hora de rechazar la existencia real de Dios. Explicar por qué es así resulta complejo, pero ha de abordarse también esta cuestión.
¿Qué es más difícil de argumentar o razonar: la existencia de Dios o su no existencia? Puede decirse que lo primero es difícil (o muy difícil), pero lo segundo es imposible. Teniendo en cuenta los argumentos racionales del ateísmo clásico, el de los filósofos ateos de los siglos XIX y XX, podemos concluir que son inconsistentes, hasta el punto de que (filosóficamente hablando) han sido abandonados y ya no se repiten; los argumentos teóricos de los ateos del siglo XXI han pasado de la filosofía a la ciencia. Ahora ya no se dice que Dios no puede existir porque es imposible que el “ens causa sui” de Spinoza y Hegel o el “ens realissimum” de Kant sean entes objetivos. Ahora se dice que Dios no existe porque el Universo no tiene contornos en el espacio y el tiempo, o sea: es eterno (Stephen Hawking) o porque tiene origen pero no causa (Lawrence Maxwell Krauss, cosmólogo). En definitiva, mal que se empeñen o les pese, ningún argumento teórico aducido por los no creyentes ha conseguido demostrar que Dios no existe. Por su parte, ciertamente, los argumentos racionales a favor de la existencia de Dios esgrimidos desde hace siglos deben ser minuciosamente analizados para poder determinar aquellos que tienen validez probatoria de los que no son adecuados.
Actualmente podemos situarnos en las (sorprendentes) claves que nos aporta el mayor debate de todos los tiempos, el debate acerca de Dios y de su existencia. ¿Acaso no nos aportan claves dichas claves? He aquí algunas de las claves que se buscan y se pueden encontrar:

1) Lo poco que tiene que ver la idea de Dios según los filósofos ateos con el Dios de los católicos.
2) Sorprende que el ateísmo actual, que más que ateísmo es ya indiferentismo, esté convencido de que ya no nos hace falta plantearnos la cuestión de si Dios existe, pues esto ya lo dejaron claro los filósofos al argumentar sólidamente (por no decir dogmáticamente) que no existe. ¡Toma del frasco!
3) Sorprende también que una de las conclusiones acerca de la no existencia de Dios estribe en la tragedia o drama de Auschwitz, lo que pone en absoluta tela de juicio la bondad infinita de Dios con el mal moral (o cualquier mal) en el mundo: teniendo en cuenta “el sufrimiento de los inocentes”, la existencia del mal es grandísimo obstáculo al creer.
Pero ya lo decíamos antes: La existencia del mal no sólo no demuestra que Dios no existe, sino que es una prueba de su existencia. Ahora bien, esto hemos de poder explicarlo bien, saberlo y entenderlo.
Otra clave, sorprendente cuando se lee a Kant, es ver cómo él proclamó que su “Crítica de la razón pura” era un gran intento por acabar con el ateísmo y el materialismo, teniendo como resultado el agnosticismo, según lo que él decía en el sentido de que la existencia de Dios se demostraba por la vía de una necesidad moral; pero lo que sucedió en realidad fue que su pensamiento se utilizó para fundamentar el ateísmo práctico en el que ha desembocado el agnosticismo; por citar sólo algunos ejemplos. Por eso la voluntad (el voluntarismo, y el moralismo) juega un papel clave a la hora de rechazar la existencia real de Dios.
Llegado a este punto, y a grandes líneas, podemos preguntarnos: ¿De dónde nace el ateísmo, cuál es su fuente de origen?
Sintetizando o abreviando mucho podríamos decir:
– El ateísmo actual se caracteriza no tanto por teorizar sino por ser o mostrarse indiferente a la cuestión de Dios.
A nivel individual es producido más bien por un acto de voluntad que de serio o consciente raciocinio.
– Desde un punto de vista filosófico, y por no retrotraernos hasta el nominalismo de Ockham (en el siglo XIV), podemos afirmar que las raíces más profundas del ateísmo se remontan a la modernidad, al menos al giro subjetivista obrado en el racionalismo cartesiano y ahondado por el idealismo absoluto alemán, después de haber pasado por el empirismo radical de Hume que acabó desembocando en el positivismo de Augusto Comte y en el Neopositivismo Lógico del Círculo de Viena (años 20 y 30 del siglo XX).
– La versión más mitigada desembocaría en el idealismo trascendental kantiano y luego se prolongaría en las prescripciones epistemológicas de K. Popper, quien concebía el progreso del conocimiento como una búsqueda interminable de la verdad, la cual nunca podría ser alcanzada (una postura que, por cierto, es contradictoria) y, por tanto, equivale a sostener que no existe ninguna verdad absoluta. Si no hay verdades absolutas, ¿qué sentido tienen las religiones?
Si tuviéramos que recopilar algunos argumentos cruciales para mantener o mantenerse en el ateísmo, ¿cuáles serían? ¿Cabe señalar algunos principios o declaración de intenciones en la vida del buen ateo?
– Como decálogo es imposible, pues no llegaríamos a 10.
– Más que movernos en principios serios nos tendríamos que mover en estereotipos, por ejemplo del tipo que enarbolaba K. Marx cuando decía que él no daría pruebas de la existencia de Dios porque eso ya lo había demostrado Ludwig Feuerbach, quien sostuvo que “Dios no es otra cosa que reunir en un concepto todas las cualidades buenas del ser humano y objetivarlas en una figura celestial”; en fin, que “Dios no crea al hombre, sino que es el hombre el que crea a Dios”. Esto se ha repetido con diversas variantes, siendo la más actual la del ateísmo procedente de la neuroteología, la cual sostiene que Dios es un invento del cerebro, el fruto de la actividad eléctrica neuronal. Nietzsche afirmaba que “Dios no existe porque si existiera él querría ser Dios, pero como esto no era posible Dios no podía existir”. Sartre adopta este mismo argumento pero revistiéndolo de un complejo y técnico aparato conceptual en su obra “Crítica de la razón dialéctica”. Ambos coinciden en rechazar la existencia de Dios porque lo caracterizan como el ser que es causa de sí y eso es imposible que pueda existir. También coinciden en negar a Dios porque afirman que es incompatible con la libertad absoluta del ser humano, lo que Sartre denominó “Teoría de la mirada”.
El argumento falla por negación de la mayor: la libertad humana no es absoluta, ni siquiera a nivel moral o axiológico. Otros, como es el caso de A. Einstein, lo hacen siguiendo a Freud, sosteniendo que “Dios es un invento de la mente humana para apaciguar los miedos atávicos”, se trataría de una figura que nos daría paz y confort frente a los temores que nos depara el destino incierto, igual que un niño pequeño acude a su padre para apaciguar todos sus temores la humanidad se habría inventado un padre celestial para tranquilizar sus miedos. Y, ¡cómo no!, un buen ateo ha de rechazar que Dios exista realmente porque es incompatible con todo el sufrimiento que se ve en el mundo y en la Historia de la humanidad.
Abundando en todo lo anterior, ¿qué predica o difunde un buen ateo? Podemos decir lo que sigue:
Hay varios tipos de ateísmo, destacando el clásico-filosófico (de los siglos XIX-XX) y el sociológico de nuestros días, el del indiferentismo, el de la increencia, el que ni se inmuta si le hablas de Dios y te mira como si fueras un raro extraterrestre, el que se encoge de hombros y se marcha a vivir su día a día y sus rutinas mundanales…, más o menos como preludiaba Nietzsche (elegantemente) en su parábola del “hijo del carcelero” (un buen día, un preso que llevaba muchos años encarcelado se puso ante los demás en el patio y les dijo a los otros reclusos que creyeran en él, que él era el hijo del carcelero y, si creían en él, les iba a salvar; los presos reaccionaron encogiéndose de hombros y continuaron indiferentes dedicándose cada cual a los suyo).
De otra parte tenemos una nueva elite intelectual atea agrupada en torno a las más recientes teorías cosmológicas, la cual viene a decir que Dios no existe porque el universo se ha creado a sí mismo a partir de fluctuaciones topológicas del vacío cuántico, incluidas las propias leyes del universo; como si esto solucionara el tema, pues estaríamos afirmando que algo surge de algo.
Algo similar dirían los ultradarwinistas: “Dios no existe porque el género Homo surge por evolución biológica a partir de un homínido no humano” (ser no humano que algunos etólogos lo definen como el tercer chimpancé). ¿Anula esto realmente la existencia objetiva de Dios?
Para los neuroteólogos, Dios es una invención del cerebro, puesto que los escáneres revelan que cuando se hace meditación hay ciertas áreas del cerebro que se activan. Se-guro que cuando comemos un yogur hay ciertas zonas del cerebro que se activan y no por eso el yogur es un invento de nuestra mente.
Hay que tener en cuenta que algunos ateos fueron y pueden seguir siendo excelentes literatos y comunicadores (y es gran problema si los creyentes no lo somos, en particular los pastores y predicadores, incluidos a veces los obispos o algunos de ellos). No olvidemos que, por ejemplo, Sartre y Camus fueron Premios Nobel de Literatura. Pero nosotros no estamos hablando de literatura sino de razonamientos.
Vayamos cada cual a nuestras conclusiones o reforcémonos en nuestro saber pensar, por supuesto alejándonos de algunas enseñanzas de rancios que no nos hacen sino un flaco favor, porque las suyas no son enseñanzas, ni siquiera doctrinas. La verdadera doctrina enseña, no adoctrina al modo integrista, fundamentalista, ultracarca, irrespetuosa y hasta mentirosamente, manipuladora o rabiosamente…
Yo concluyo en que no hay razones objetivas para ser ateo, en el sentido de que no hay argumentos racionales teóricos que logren demostrar de un modo objetivo y satisfactorio que Dios no existe. Ser ateo es una decisión personal, es un acto de la voluntad que, eso sí, puede ir acompañado de argumentos racionales, pero que si tales argumentos son como los propuestos o encontrados hasta hoy, no son ni probatorios ni convincentes. No obstante, defiendo lo dicho respetando siempre de un modo profundo, sincero y pacífico a todo el mundo, dispuesto a exponer las ideas y los razonamientos con total honestidad, sin tirar por tierra y sin que eso mismo se lo hagan a uno.
Mucho menos ha de aceptarse la violencia y la muerte en nombre de Dios. Si alguien cree (por ejemplo en el islamismo radical) que se están ofendiendo sus creencias religiosas, lo que deberá hacer es acudir a los correspondientes tribunales y presentar allí sus alegaciones; y si los fallos judiciales no son de su gusto tiene la posibilidad de, con paciencia y perseverancia, trabajar legítimamente para lograr sentencias que sí le satisfagan. Por otra parte, parece ser del todo razonable que salga a la luz el hecho necesario de cómo han de respetarse las creencias religiosas, sobre todo si promueven la dignidad de la persona y sobre cuanto sea incompatible con el derecho a la libertad de expresión. No puede haber un derecho que se sobreponga a otro derecho Lo mejor es apostar por el diálogo respetuoso con las personas, centrándonos exclusivamente en el debate de las ideas, invitando a la reflexión y no a la confrontación. Ojalá que llegue un tiempo a partir del cual nunca más se vuelvan a repetir hechos terroristas o de índole violenta en nombre de la religión o en nombre de las ideas.

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