LA REVELACIÓN EN GN 1-5

(Catecismo, números 54-55)

ENCUENTRO PARROQUIAL, MARTES 3 DE MARZO DE 2015.
¿Génesis de qué? Podemos decir varias cosas, pero nos centramos en éstas: génesis del sufrimiento y génesis de la infelicidad por bloqueo del amor.
Si estamos junto a un río, podemos preguntarnos: ¿De dónde viene todo este agua? ¿Dónde nace este río? Y sería una buena lección respondernos también acerca de cómo están constituidas las cosas de nuestro mundo, el poder llegar hasta su fuente, hasta su origen, hasta su principio o arjé.
Podemos averiguarlo (o intentarlo), por ejemplo, desde las ciencias, pero también como creyentes y desde la revelación, en la que nos estamos adentrando. ¿Cómo y de dónde surgió la vida, la primera vida? ¿Qué hubo antes de que existieran los fenómenos culturales, económicos, políticos? ¿Cómo pasó la prehistoria a ser historia? ¿Cómo entendernos a nosotros mismos?
También podemos preguntarnos, por ejemplo, acerca de quién hizo El Viso, quién lo fundó (o quiénes). ¿Qué es lo más destacado que hay aquí al respecto? Es evidente que El Viso no siempre existió, no siempre estuvo aquí.
¿De dónde venimos los que vivimos aquí? ¿Cuál es, hacia atrás, nuestra historia? ¿Qué nos señala todo eso para nuestro presente y para nuestro futuro? ¿Quiénes somos? ¿Por qué, o en qué, somos distintos de los de Mairena?
Con preguntas semejantes empezó Israel a componer, entendiéndola, su historia de salvación. Israel hizo con sus reflexiones y búsquedas una confesión de fe: Dios, que nos sacó (a nuestros padres) de la esclavitud de Egipto, nos sacó también, como a toda la humanidad, de la nada. Somos fruto de la creación de Dios. Israel supo que no siempre estuvo en Egipto, sino que el principio estaba aún más atrás. Dios caminó siempre con la humanidad. Dios caminó con nosotros en nuestra historia.
En la cadena de nuestros antepasados, hubo unos primeros padres: Abraham, nuestro padre en la fe, y Adán, nuestro padre en la humanidad. Tenemos muchos antepasados.
¿Quiénes eran esos primeros padres, de quienes además, según señala la revelación, heredamos una culpa? ¿Qué culpa? ¿Cómo es que la heredamos? Fue la culpa de traicionar la confianza en Dios. Aquellos padres se erigieron en dueños y señores de la vida. Y nosotros seguimos haciendo eso mismo.
Génesis 1-5 no es ni relato histórico ni relato científico (ni tampoco mero mito, pues el mito es enigma, no tanto misterio) sino una serie de relatos hímnicos, poéticos, catequéticos… Al principio, con la imagen poética de una semana, se relata cómo se hizo todo, como creación de Dios, dignificándose tanto el trabajo como el descanso (en el séptimo día).
De Dios, poniendo orden, todo tomó sus formas, con gran diversidad. Consideremos como hay dos verbos, el precedente absoluto “creó” y el subsiguiente “hizo”. Lo que significa “hacer” lo entendemos todo, pero lo que significa “crear” ya nos adentra en lo misterioso, en lo absoluto, en el ámbito de la fe, no en lo mitológico…, propio de la religiosidad natural…, que no es revelación…
Consideremos ahora, respecto al hombre, esta pregunta: ¿Era el hombre recién creado, nuestro primer antepasado, como lo es ahora? ¿Lleno de violencia, de odio, de mentira, de falsedad, de codicia…? La revelación nos dice que no. Entonces, ¿cómo es que tenemos violencia, odio, mentira, falsedad, codicia…? La revelación nos dice que porque fuimos creados libres (los animales no fueron creados así).
Ahora bien, para que exista o constatemos la libertad tiene que haber en nosotros faculta de elegir y de decidir. Por eso, según se deprende de la revelación, Dios que nos hizo libres, “a su imagen”, nos planteó el poder elegir y decidir. Desde el principio, el hombre está en el mundo para conservar y cultivar todo lo creado, para “dominarlo” todo, lo cual nos lleva a otra cuestión: ¿Cómo? ¿Desde la verdad de los planes de Dios o desde la mentira engañosa de una propuesta contraria? Por eso viene en estos capítulos el relato de “la caída”, del “pecado original”. Creyendo y decidiendo sobre lo más seductor, el pecado original es la pretensión de prescindir de Dios, de querer ser Dios, de ocupar su lugar desde nuestro radical individualismo y desentendimiento de los demás. El pecado original es que cada cual va a lo suyo, sin que le importe ni Dios ni los demás, ni lo que diga la Iglesia, o el catequista, o los curas… ¡Qué moral ni qué moral, dice el hombre pecador! Y entiende mal su libertad, decidiendo lo que no es sino malo, para sí y para los demás, lo cual se perpetúa…
El hecho de la redención en Cristo se retrotrae hasta los orígenes, pues el hombre no murió, aunque pesara sobre él una codena al respecto y viviera con fatigas y luchas incesantes. Se revela siempre, por tanto, la bondad y la misericordia de Dios. Como enseñará San Pablo (Rom 5, 20), “donde abundó el pecado sobreabundó la gracia”.
Así pues, las raíces de mi esencia y de mi existencia están en el sagrado misterio de que Dios ha querido que yo exista. ¿Y por qué lo ha querido? ¿Qué le importa a Él, el infinitamente rico o absoluto, que existamos nosotros, seres limitados? Otra vez misterio; pero la Escritura dice que es misterio bueno, y lo llama misterio de “amor”. Y es precisamente lo que bloqueamos con nuestro pecado.
Ahora, leerse los referidos capítulos del Génesis con toda atención y en oración. Os hará mucho bien y entenderéis cómo la vida es como ahí se refleja, cómo en nuestra vida hay de todo, como ahí se relata.
El próximo día seguiremos por los números del Catecismo según vamos recorriendo, considerando la alianza de Dios con Noé.

adan

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