Tras el parón que hemos tenido en el período de semana Santa, retomamos el encuentro parroquial que habitualmente se viene realizando todos los martes,a las 21:00 horas, a continuación de la Santa Misa.

ENCUENTRO PARROQUIAL, MARTES 7 DE ABRIL DE 2015

LA ALIANZA CON NOÉ
(Catecismo, números 56-58)

56 Una vez rota la unidad del género humano por el pecado, Dios decide desde el comienzo salvar a la humanidad a través de una serie de etapas. La alianza con Noé después del diluvio (cf. Gn 9, 9) expresa el principio de la Economía divina con las “naciones”, es decir con los hombres agrupados “según sus países, cada uno según su lengua, y según sus clanes” (Gn 10, 5; cf. Gn 10, 20-31).

57 Este orden a la vez cósmico, social y religioso de la pluralidad de las naciones (cf. Hech 17, 26-27), está destinado a limitar el orgullo de una humanidad caída que, unánime en su perversidad (cf. Sab 10, 5), quisiera hacer por sí misma su unidad a la manera de Babel (cf. Gn 11, 4-6). Pero, a causa del pecado (cf. Rom 1, 18-25), el politeísmo, así como la idolatría de la nación y de su jefe, son una amenaza constante de vuelta al paganismo para esta economía aún no definitiva.

58 La alianza con Noé permanece en vigor mientras dura el tiempo de las naciones (cf. Lc 21, 24), hasta la proclamación universal del Evangelio. La Biblia venera algunas grandes figuras de las “naciones”, como “Abel el justo”, el rey-sacerdote Melquisedec (cf. Gn 14, 18), figura de Cristo (cf. Heb 7, 3), o los justos “Noé, Daniel y Job” (Ez 14, 14). De esta manera, la Escritura expresa qué altura de santidad pueden alcanzar los que viven según la alianza de Noé en la espera de que Cristo “reúna en uno a todos los hijos de Dios dispersos” (Jn 11, 52).

El mensaje de la alianza de Dios con Noé lo resumen muy bien la Plegaria Eucarística IV cuando dice: “Reiteraste tu alianza a los hombres…”.
¿Hasta cuándo? Hasta que vino la Iglesia.
En las distintas etapas de la salvación, el plan de Dios no queda roto por el pecado, ni por ninguna transgresión humana. Este es el mensaje.
Si el pecado disgrega, la Iglesia congrega.
La Iglesia (Nuevo Testamento) es la expresión de la Nueva Alianza (definitiva y eterna) de Dios con los hombres. Nueva Alianza que fue preparada por la Antigua Alianza (Antiguo Testamento), cuyos prolegómenos son la Alianza de Dios con Noé, expresada en el símbolo del arcoíris (tras el relato del diluvio).
La Alianza de Dios con Noé, amplísima, universal, es aquella en la que siguen aún los pueblos y naciones (las religiones) no cristianas. Con Noé, figura remota de Cristo, es amada de Dios toda la gente, todo el mundo.
El mensaje de la Alianza de Dios con Noé no es sólo de índole religiosa sino también social y política: se trata de cómo Dios quiere que lleguemos a la convergencia o unidad de todas nuestras aspiraciones humanas, seamos de la nación o condición o raza o creencia, etc., que seamos. De estar inclinados al mal (concupiscencias, etc.), hemos de pasar a estar inclinados al bien, a la vida virtuosa…
Los primeros capítulos del Génesis nos advierten y exhortan sobre cuestiones como las que siguen:
Si vemos una tierra llena de maldad (Gn 6, 11), llenémosla nosotros de bondad.
Si la violencia criminal comenzó con personajes como Caín o Lamec, nosotros hemos de poner freno, empezando por una justicia no vengativa.
La carrera de armamentos está descrita ya en los primeros capítulos del Génesis, ante lo cual también nosotros estamos llamados a ir en contra de la misma, cuando tantos recursos son necesarios para eso tan necesario como es: el empleo, la sanidad, la educación, la vivienda digna, el desarrollo, la prosperidad, el verdadero progreso de los pueblos, la solidaridad, el entendimiento…
La salvación viene siempre por obra de unos pocos: ¿Querremos ser nosotros de los que obran salvación o de los que obran perdición, ruina, calamidad…?
Sin el misterio de la representación vicaria (sal, luz, fermento…) no puede comprenderse el sentido de la Iglesia. La elección del justo Noé y de los suyos se convierte así en imagen prototípica de la Iglesia. Los Santos Padres y la liturgia desarrollaron siempre extensamente el tema del arca de Noé como símbolo de la Iglesia.
Tengamos en cuenta que realmente Noé no era un creyente sino un hombre justo, lo que nosotros podemos llamar una buena persona. Dios espera mucho, tanto o más de las buenas personas que de los muy tenido a sí mismos como creyentes. ¿No es verdad que entre los que estáis aquí esta noche hay buenas personas? Y si os sentís creyentes, ¿no es verdad que por lo que hay que empezar es por ser buenas personas? Y como Noé hay mucha más gente, gracias a Dios, mencionada en la Biblia o de otras religiones, e incluso entre ateos buenos y sinceros que no hacen daño sino que son justos, honestos, solidarios…
La religiosidad de Noé era más de índole natural que propiamente revelada. Por eso nosotros no podemos despreciar las expresiones de la gente, o de los pueblos, culturas, civilizaciones. Hemos de saber respetarnos y más aún valorarnos.
No es que dé igual o que sea lo mismo una religión que otra. Lo que pasa, como enseña la teología católica, es que la gracia de Dios, actuando en la Iglesia, actúa también fuera de ella (y esto desde siempre y para siempre). Lo dice, por ejemplo, el Concilio Vaticano II (Ad gentes, 11).
Es verdad –también es enseñanza católica– que la Iglesia, en cuanto misionera, desea y espera que todo el mundo se decida por Cristo, a favor de Cristo y no en contra. San Pablo (Hech 17, 30) señala cómo, desde la venida de Cristo, han pasado “los tiempos de la ignorancia”. Y añade: “Dios hace saber a los hombres que todos, en todas partes, han de convertirse, ya que él ha establecido un día en el que va a juzgar al universo con justicia por medio de un hombre designado por Él, a quien ha acreditado ante todos resucitándolo de entre los muertos” (Hech 17, 30-31).
Aunque la Iglesia Católica no rechaza nada de lo que en las diversas religiones es verdadero y santo (Nostra aetate 2, 2), sin embargo es muy seria la pregunta sobre hasta qué punto la situación religiosa actual no estará determinada de manera sumamente íntima por el estar a favor o en contra de Cristo. Especialmente apremiante es esta pregunta con respecto al Islam, que (condicionado también por los pecados y las divisiones de los cristianos) pronuncia un “no” tan rotundo y decidido ante la verdad de que Jesús es el Hijo de Dios, estando contra la cruz y contra la resurrección de Jesús, con yihadismo radical incluido.
No olvidemos en encargo de nuestro Señor Jesucristo de hacer discípulos suyos a todos los pueblos (Mt 28, 19). Caritas Christi urget nos (“nos apremia el amor de Jesucristo”), leemos en 2 Cor 5, 14. El Apocalipsis señala a Cristo como “Rey de las naciones” (Ap, 15, 3) y dice también, en consonancia con otros textos, que se postrarán ante Él todas las naciones (Ap 15, 4). Mt 25, 32 dice que, en el juicio final, se congregarán todos los pueblos compareciendo ante el Hijo del hombre.
Pues bien, esa vocación a la congregación empezó en la Alianza de Dios con Noé. No estamos llamados a disgregarnos ni a dispersarnos, ni a la injusticia de Babel.
Tenemos ángeles, pero también demonios: los nacionalismos exacerbados, los totalitarismos, el orgullo de razas o creencias despreciando a las demás, la barbarie, la xenofobia, la idolatría del poder y de la economía de la exclusión, el rebrote de las guerras (como las que tanto daño y víctimas causaron en el siglo XX y siguen causando en el XXI), etc. Demasiadas veces campean la impiedad, la inequidad, la injusta maldad que ocasiona hambres, pobrezas, miserias…
Está claro que hemos de convertirnos, ¿no os parece? No podemos vivir de paganismo. ¿No es verdad que hemos de conectar en todo aquello que nos une a todos, que suele ser bastante primario o común, como el alianza de humanidad, y no partiendo de nuestras diferencias, aun resaltando lo que nos define o identifica?
¡Alabado sea Jesucristo! Buenas noches.
¿Quiere alguien intervenir o preguntar algo?

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