ENCUENTRO PARROQUIAL
(Martes 14 de abril de 2015)

NUESTRA FE DESDE ABRAHAM
(Catecismo, números 59-61)
abrahan

La liturgia católica (Plegaria Eucarística I) menciona a Abraham como nuestro padre en la fe, lo que indica la importancia de considerar nuestra fe desde Abraham.
Después de haber considerado (en anteriores encuentros) los primeros capítulos del Génesis (1-11), el capítulo 12 abre un nuevo inicio trascendental en la Historia de Salvación, retomando Dios totalmente la iniciativa. Lo hace eligiendo a Abraham (del que nos hablan algunos números del Catecismo a partir del 59).
Según Gn 12, 3, en Abraham “serán bendecidas todas las familias de la tierra”.
Consideremos en primer lugar el trasfondo histórico (ciertamente no cronístico) respecto de Abraham y los demás patriarcas. Los relatos (transmitidos durante siglos, antes oralmente que por escrito) aparecen con añadidos pintorescos, imaginativos, idealizados. Sin embargo, podemos asegurar que la sustancia que nos transmiten está sólidamente garantizada y que las tradiciones patriarcales están firmemente enraizadas en la historia.
De hecho, se sabe que los nombres usados en la Biblia eran normales en ese período, que las costumbres que nos refieren coinciden con las que conocemos por otros documentos extrabíblicos (y la Biblia las conserva aunque ya no sean las de la época en que se ponen por escrito e incluso algunas resulten escandalosas); se sabe que el itinerario recorrido por los patriarcas según la Biblia era el normal en aquellos tiempos y que sus modos de vida se corresponden con el de otros muchos clanes de entonces.
Abraham se inserta en las corrientes migratorias de los primeros siglos del segundo milenio a. de C. Aunque es difícil precisar mucho, se le suele situar hacia el año 1850 a. de C. Abraham es un seminómada que sale de Ur, en Caldea, y se instala en Canaán; pastor de ganado menor, es uno más entre los innumerables jefes de las tribus que emigran buscando pastos para sus ganados. La Biblia, que para nada se dirige a nuestra curiosidad, no nos cuenta muchos detalles de Abraham sino sólo lo sustancial, lo catequético. Los relatos se centran en que Dios le llamó, en que le hizo promesas y en que Abraham respondió con total obediencia, siendo éste el modo como cumplió la misión que se le encomendó.
Ante todo, como mensaje religioso, los textos del Génesis que se refieren a Abraham subrayan la importancia de su persona o figura, por ejemplo resaltando su genealogía, algo muy típicamente hebreo. Los textos muestran también que se le cambió el nombre, de Abran en Abraham (Gn 17, 5). También Jesús le cambió el nombre a su apóstol Simón llamándolo Pedro (Mt 16, 18).
Fijémonos, pues, en las principales enseñanzas bíblicas sobre Abraham:

1º.- Dios llama y promete: La iniciativa es exclusivamente de Dios, que elige a quien quiere con absoluta libertad, sin tener en cuenta los méritos previos (Abraham era idólatra, como se relata en Jos 24, 2-3). Después (siguiendo los relatos), Dios elegirá a Isaac y no a Ismael, a Jacob y no a Esaú.
La llamada de Dios reclama obediencia, renuncia, expropiación: “Sal de tu tierra, de tu patria, de la casa de tu padre” (Gn 12, 1), para ponerse enteramente a disposición de los planes de Dios, en camino.
Ahora bien, la renuncia está en función de lo que Dios promete. Si Dios exige tanto a Abraham (renuncia de tierra, parentela y familia, que son los bienes máximos para un hombre de cultura seminómada), es porque le promete mucho más: “De ti haré una nación grande… Engrandeceré tu nombre… Por ti se bendecirán todos los linajes de la tierra” (Gn 12, 2-3). Le pide que abandone los estrechos límites de lo conocido para que se lance (confiado en Dios que llama y promete) a los anchos horizontes de lo desconocido. ¿Se cumplirá esto en ti desde esta noche?
La promesa de Dios a Abraham parece, sin embargo, irrealizable: se le promete una descendencia innumerable cuando su mujer es estéril (Gn 11, 30; 16, 1-2) y él mismo es anciano (Gn 17, 17; 18, 12). Por eso Dios mismo (“el Potencias”) da a Abraham un signo de su omnipotencia (Gn 15, 5), incluso afirmando explícitamente: “¿Hay algo imposible para Yahvé?” (Gn 18, 14). Más aún, Dios se compromete en firme sellando una alianza con Abraham (Gn 15, 7-21).
El desarrollo posterior del relato mostrará cómo, en efecto, Dios cumple su promesa con el nacimiento de Isaac. Y en cuanto al otro aspecto de la promesa –el don de la tierra (Gn 15, 7)– dirigida en realidad a su descendencia (Gn 12, 7), también Abraham llegará a poseer al menos una prenda de ella al adquirir la finca de Macpelá (Gn 23).

2º.- Abraham obedece y se fía de Dios. Abraham responde a Dios con su fe. Llama profundamente la atención cómo reacciona Abraham ante la llamada de Dios; en Gn 12, 4 se dice simplemente esto: “Marchó, pues, Abraham, como se lo había dicho Yahvé”; no encontramos que medie ningún diálogo, no solicita Abraham ninguna aclaración, no pone ninguna objeción; simplemente obedece. Y este acto de obediencia es a la vez un acto de fe, pues Dios no le había dado ninguna prueba; incluso el futuro queda en buena parte en la oscuridad de lo imprevisible: “Vete…, ponte en camino… a la tierra que yo te mostraré” (Gn 12, 1). Abraham simplemente se fía de la palabra de Yahvé y se pone en camino. “Por la fe, Abraham, al ser llamado por Dios, obedeció y salió para el lugar que había de recibir en herencia, y salió sin saber a dónde iba” (Heb 11, 8).
Se va viendo en el relato del Génesis cómo se subraya explícitamente esa actitud de fe. Ante la promesa de Dios de una descendencia innumerable, que es humanamente irrealizable, porque él es anciano y su mujer estéril, Abraham hace un nuevo acto de fe, se fía de Dios y de su palabra (Gn 15, 6). Es verdad que en un primer momento no acierta a entender que Dios puede realizar acciones milagrosas suscitando la vida en el seno estéril de Sara, y por eso piensa que la promesa de Dios se realizará teniendo un hijo de la esclava (Gn 16); pero poco a poco Dios mismo va educando a Abraham hacia una fe más plena e incondicional en su poder.
El momento culminante de esta “educación en la fe” de Abraham por parte de Dios es cuando Dios le pide que le sacrifique su hijo. Por fin ha nacido el heredero a través del cual se van a realizar las promesas y sin embargo Dios le pide que se lo ofrezca en sacrificio (Gn 22). Dura prueba para este hombre que una vez más en silencio y sin oponer ninguna resistencia (en medio de la más completa oscuridad) se fía de Yahvé y obedece ciegamente, sin dudar. Dios, que le había pedido el sacrificio del corazón, rehúsa el sacrificio de hecho, y en pago de esta fe y de esta obediencia colma de bendiciones a Abraham. La carta a los Hebreos comentará: “Por la fe, Abraham, sometido a la prueba, presentó a Isaac como ofrenda… Pensaba que poderoso era Dios aun para resucitar de entre los muertos” (Heb 11, 17-19). Es la fe desnuda, despojada de todo apoyo o seguridad humana, colgada sólo de Dios y de su palabra.

3º.- Abraham, amigo de Dios. En Gn 15, 6 se nos dice de Abraham que “creyó a Yahvé, el cual se lo reputó por justicia”. Esta fe absoluta e incondicional de Abraham hace de él un “hombre justo”, es decir, que está en una relación justa, adecuada, correcta con Dios; esta actitud le agrada a Dios, resultando que al hombre creyente le ad-mite en su intimidad, estableciendo con él un trato cordial. Así aparece en la teofanía de Mambré (Gn 18, 1-15), pasaje precioso aunque misterioso en el que Yahvé mismo, acompañado de dos ángeles, visita a Abraham en su tienda y come con él; Abraham, por su parte, les acoge con extrema hospitalidad (notemos que para un semita el comer juntos era la máxima señal de comunión e intimidad).
De hecho, la Biblia menciona a Abraham como “amigo de Dios” (Is 41, 8; Dan 3, 3-5; Stg 2, 23), la más hermosa denominación que un hombre puede recibir. Y en la continuación del relato del Génesis vemos que Dios mismo le comunica sus planes antes de ejecutarlos (Gn 18, 17). Más aún, apoyado en esta confianza y amistad en que Dios mismo le ha introducido, Abraham se atreve a interceder ante Él solicitando el perdón para las ciudades pecadoras (Gn 18, 23-33) y consiguiendo la salvación del único justo que se encuentra en ellas, su sobrino Lot y su familia (Gn 19, 29).

Tras considerar todo eso, se nos descubre cómo está plenamente justificado lo que decíamos al principio: que la liturgia católica lo celebre mencionándolo como “nuestro padre en la fe”. Abraham es fundamento patriarcal tanto de la tradición judía como de la cristiana (e incluso también para la musulmana).
En el Nuevo Testamento encontramos la afirmación de que con la venida de Cristo Dios ha visitado y redimido a su pueblo, cumpliendo así “el juramento que juró a nuestro padre Abraham” (Lc 1, 54-55 y 72-73). De hecho, Cristo es llamado “hijo de Abraham” (Mt 1, 1), siendo, según San Pablo “la descendencia” a la que la se referían las promesas hechas a Abraham (Gál 3, 16); de hecho Cristo ha sido constituido heredero de todo (Heb 1, 2).
Y herederos de esas promesas somos también los cristianos, unidos a Cristo y hechos uno con Él por el bautismo (Gál 3, 26-29). Pero no somos herederos de las promesas de una manera mágica o automática, sino que es necesario que imitemos la misma actitud de fe de Abraham: “Tened, pues, entendido que los que viven de la fe, esos son los hijos de Abraham” (Gál 3,7). Por eso Abraham es presentado como modelo de fe para el cristiano (Rom 4, 18-25): una fe que acepta la palabra de Dios, que se somete a Dios, que acepta los planes de Dios, aunque sean misteriosos y desconcertantes; y de ese modo esa fe acoge a Dios mismo y la salvación que de Él proviene, como podemos ver cotejando al respecto el texto de Hebreos 11, 8-19.
En definitiva, las actitudes de Abraham que la Biblia resalta son perennemente válidas; más aún, son la condición indispensable para colaborar con Dios en su obra salvadora y para que se realice eficazmente la Historia de la Salvación.
Si la historia del actuar salvífico de Dios comienza con la fe y la obediencia de Abraham, un nuevo acto de fe y de obediencia recomenzará dichas historia. Se trata de la fe de María: “Dichosa tú que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá” (Lc 1, 45). Y “aquí está la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra” (Lc 1, 38). Con María da comienzo la etapa decisiva de la salvación de Dios en Cristo. Ahora cabe señalar nuevos actos de fe y obediencia, los actos de fe y de obediencia de cuantos aquí estamos esta noche. Es lo que hará posible que la obra de la salvación no sólo nos llegue a nosotros sino que se prolongue en el tiempo y se extienda en el espacio.
(Proseguiremos –selectivamente– en el próximo encuentro parroquial a partir del número 105 del Catecismo).

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