APROXIMACIÓN A LA BIBLIA
DESDE LOS NÚMEROS 105-119 DEL CATECISMO CATÓLICO

Encuentro Parroquial (martes 21 abril 2015)

Es evidente que, como católicos, hemos de saber aproximarnos a la Biblia, la Sagrada Escritura, como Palabra de Dios, sin ningún derecho a manipularla o tergiversarla sino con toda veneración y sin errar.
Sólo el Espíritu Santo, inspirador de la Biblia, nos puede asegurar la verdad de la misma, custodiada eclesialmente.
Ese es el sentido, por la fidelidad de Dios, en el que se expresan los mencionados números del Catecismo de la Iglesia Católica.
En la Sagrada Escritura, Dios habla al hombre a la manera de los hombres. Por tanto, para interpretar bien la Escritura, es preciso estar atento a lo que los autores humanos quisieron verdaderamente afirmar y a lo que Dios quiso manifestarnos mediante sus palabras. (DV 12, 1).
Para descubrir la intención de los autores sagrados es preciso tener en cuenta las condiciones de su tiempo y de su cultura, los “géneros literarios” usados en aquella época, las maneras de sentir, de hablar y de narrar en aquel tiempo: “Pues la verdad se presenta y se enuncia de modo diverso en obras de diversa índole histórica, en libros proféticos o poéticos, o en otros géneros literarios” (DV 12, 2).
Pero, dado que la Sagrada Escritura es inspirada, hay otro principio de la recta interpretación, no menos importante que el precedente, y sin el cual la Escritura sería letra muerta: “La Escritura se ha de leer e interpretar con el mismo Espíritu con que fue escrita”. (DV 12, 3).
Para una recta interpretación de la Escritura según el Espíritu Santo que la inspiró, hemos de saber movernos por tres principios o criterios (cf. DV 12, 3), criterios en los que abunda el Catecismo de la Iglesia Católica, sobre todo en los números 112-114.

1º.- Prestar una gran atención “al contenido y a la unidad de toda la Escritura”.

En efecto, por muy diferentes que sean los libros que la componen, la Escritura es una en razón de la unidad del designio de Dios, del que Cristo Jesús es el centro y el corazón, abierto desde su Pascua (cf. Lc 24, 25-27 y 44-46).
Santo Tomás de Aquino (Psal. 21, 11) enseña que el Corazón de Cristo designa la Sagrada Escritura, la cual, por su parte, nos hace conocer el Corazón de Cristo. “Este corazón estaba cerrado antes de la Pasión, porque la Escritura era oscura. Pero la Escritura fue abierta después de la Pasión, porque los que en adelante tienen inteligencia de ella consideran y disciernen de qué manera deben ser interpretadas las profecías”.

2º.- Leer la Escritura en y desde “la Tradición viva de toda la Iglesia”.

Según un adagio (sentencia doctrinal) de los Santos Padres, “la Sagrada Escritura está más en el corazón de la Iglesia que en la materialidad de los libros escritos” (“Sacra Scriptura principalius est in corde Ecclesiae quam in materialibus instrumentis scripta”). En efecto (Orígenes, hom. in Lev. 5, 5), la Iglesia mantiene en su Tradición la memoria viva de la Palabra de Dios, y el Espíritu Santo le da la interpretación espiritual de la Escritura. San Jerónimo, por ejemplo, entre los demás Santos Padres, también nos da muestras de acertada doctrina sobre cómo interpretar las Escrituras.

3º.- Estar atentos “a la analogía de la fe”, entendiendo por “analogía de la fe”, en consonancia con Rom 12, 6, la verdadera cohesión y conexión de la fe y el proyecto total de la Revelación.

Según la antigua Tradición de la Iglesia a la que nos podemos remitir, y siguiendo el Catecismo en sus números 115-119, en relación al sentido de la Sagrada Escritura, se puede distinguir al respecto un doble sentido: el sentido literal y el sentido espiritual (la letra y el espíritu de la letra).
El sentido espiritual se subdivide además en un triple sentido: alegórico, moral y anagógico. De este modo, la concordancia profunda de todos los sentidos en los que leemos la Sagrada Escritura asegura toda su riqueza a la aproximación o lectura de la Sagrada Escritura en la Iglesia. Veámoslo por partes:

El sentido literal.

El sentido literal es el sentido significado por las palabras de la Escritura descubierto por la exégesis que sigue las reglas de la justa interpretación. “Todos los sentidos de la Sagrada Escritura se fundan sobre el sentido literal” (Santo Tomás de Aquino, S. Th.1, 1, 10, ad 1: “Omnes sensus… fundentur super litteralem”).

El sentido espiritual.

Gracias a la unidad del designio de Dios, no solamente el texto de la Escritura, sino también las realidades y los acontecimientos de que habla pueden ser signos.

El sentido alegórico.

Podemos adquirir una comprensión más profunda de los acontecimientos reconociendo su significación en Cristo; así, el paso del mar Rojo es un signo de la victoria de Cristo y por ello del Bautismo (cf. 1 Cor 10, 2).

El sentido moral.

Los acontecimientos narrados en la Escritura pueden conducirnos a un obrar justo. Fueron escritos “para nuestra instrucción” (1 Cor 10, 11; cf Hb 3-4 y 11).

El sentido anagógico.

Es el sentido místico, que nos encamina a la unión con Dios y a la bienaventuranza de la vida eterna). Podemos ver realidades y acontecimientos en su significación eterna, que nos conduce (“anagoge”, en griego), como peregrinos, hacia nuestra Patria Ce-lestial, siendo la Iglesia en la tierra signo de la Jerusalén celestial (cf. Ap 21, 1 – 22, 5).
Un dístico medieval (composición usual en la poesía griega y latina que consta de dos versos, por lo común un hexámetro seguido de un pentámetro) resume la significación de los cuatro sentidos:

La letra enseña los hechos (Literra gesta docet),
la alegoría lo que has de creer (quid credas allegoria),
el sentido moral lo que has de hacer (moralis quid agas),
y la anagogia a dónde has de tender (quo tendas anagogia).

Dijo San Agustín que no creería en el Evangelio si no le moviera a ello la autoridad (y vivencia) de la Iglesia Católica: “Ego vero Evangelio non crederem, nisi me catholicae Ecclesiae commoveret auctoritas” (Fund. 5, 6).
Así pues –decía–, para entender las Sagradas Escrituras necesitamos a la Iglesia y tener un corazón abierto.

Las Escrituras deben ser explicadas por una autoridad competente.
“Y, empezando por Moisés y continuando por todos los profetas, (Jesús) les explicó lo que había sobre él en todas las Escrituras” (Lc 24, 27).
Otro ejemplo es el de San Pablo, el cual, “según su costumbre, se dirigió a ellos (los judíos) y durante tres sábados discutió con ellos basándose en las Escrituras” (Hech 17, 2).
Y Otro ejemplo el de San Pedro: “Ante dodo, tened presente que ninguna profecía de la Escritura puede interpretarse por cuenta propia” (2 Pe 1, 20).

Desde los primeros tiempos, muchos leían las Escrituras pero no las entendían ni aceptaban a Jesús porque sus corazones permanecían cerrados. Vemos algunos textos al respecto:
Juan 5, 39-40: “Vosotros investigáis las Escrituras, ya que creéis tener en ellas vida eterna; ellas son las que dan testimonio de mí; y vosotros no queréis venir a mí para tener vida”.
Mateo 22, 29: “Jesús les respondió: ‘Estáis en un error, por no entender las Escrituras ni el poder de Dios’”.
Hechos 13, 27: “Los habitantes de Jerusalén y sus jefes cumplieron, sin saberlo, las Escrituras de los profetas que se leen cada sábado”.
Lucas 24, 45: “Y, entonces, abrió sus inteligencias para que comprendieran las Escrituras”.

En cuanto a las consecuencias de interpretar las Escrituras sin la guía de la Iglesia, he aquí algunos textos:

2 Pedro 3, 16-17: “Lo escribe también (San Pablo) en todas las cartas cuando habla en ellas de esto. Aunque hay en ellas cosas difíciles de entender, que los ignorantes y los débiles interpretan torcidamente –como también las demás Escrituras– para su propia perdición. Vosotros, pues, queridos, estando ya advertidos, vivid alerta, no sea que, arrastrados por el error de esos disolutos, os veáis derribados de vuestra firme postura.
Valga todo lo dicho, con las debidas explicaciones de este encuentro parroquial) para acrecentar nuestro ánimo al acercarnos a la Sagrada Escritura o al acudir a la Iglesia para escuchar y acoger la Palabra de Dios, incluso para nuestra oración personal con la misma y para nuestra propia vida.

Acercaos a la Sagrada Escritura, incluso si no la entendéis del todo, porque, como también llegó a decir San Agustín, “los demonios que tenéis sí la entienden, y huyen”.

También dice la Escritura, refiriéndose a los verdaderos mensajeros de la misma (Lc 10, 16): “Quien a vosotros escucha, a mí me escucha; quien a vosotros recibe, a mí me recibe”.

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