EL CANON DE LAS ESCRITURAS
(Catecismo, números 120-141)

Encuentro Parroquial (martes 28 abril 2015)

Los números 120-141 del Catecismo tratan acerca del Canon de las Escrituras, teniendo en cuenta que la palabra “canon”, como regla de fe para distinguir lo verdadero de lo falso, o lo correcto de lo erróneo…, proviene etimológicamente del correspondiente término griego que significa o expresa el servirse de una caña recta para medir o sostener derecha alguna cosa. Así, canon es normatividad, la que determina el listado de libros bíblicos oficial o eclesialmente aceptables y aceptados.
Hemos de reconocer que hay cuatro cánones o listas oficiales de libros bíblicos:
1) El canon hebreo o de los judíos, que consta de 39 libros del Antiguo Testamento o Tenaj. En este canon no se aceptan los libros o escritos del Nuevo Testamento.
2) El canon de los protestantes: aceptan 39 libros del Antiguo Testamento y 27 del Nuevo (66 libros en total).
3) El canon de los católicos: aceptamos los 46 libros del Antiguo Testamento y los 27 del Nuevo (73 libros en total).
4) El canon de los ortodoxos (unos 200 millones de cristianos orientales), aceptando los mismos libros bíblicos que los católicos.

Podríamos tratar en nuestro encuentro parroquial por qué las iglesias cristianas protestantes o conocidas como evangélicas no aceptan todos los libros que sí están en la Biblia Católica.
Lo mismo podríamos adentrarnos en el recorrido histórico desde el cual llegó a fijarse el canon bíblico, necesario para la vida eclesial, una y única, para mantener una misma regla de fe en todas las iglesias esparcidas por la tierra, frente a los herejes que recurrieron con frecuencia a libros “secretos”, o apócrifos y no canónicos, la Iglesia hubo de delimitar con claridad normativa el canon de las Escrituras, para distinguirlas de las escrituras apócrifas o de otra naturaleza (no inspirada).
Así pues, un cristiano buen católico y bien formado sabrá comprender el significado y la necesidad de la canonicidad bíblica, sabiendo valorar los fundados criterios del magisterio autorizado de la Iglesia.
En resumen: El Canon de la Biblia es el catálogo o lista de los libros que la Iglesia considera inspirados por Dios, llamados, por lo mismo, libros canónicos. Son 73 libros; 46 del Antiguo Testamento y 27 del Nuevo Testamento. El canon se aplica a toda la Sagrada Escritura, no sólo a unas partes. Es competencia de la Iglesia determinar cuáles son los libros inspirados y cuáles no, porque tiene la autoridad recibida de Cristo con la asistencia del Espíritu Santo. Además determina cuáles son, porque es ella quien los ha escrito a lo largo de los años. La Iglesia no lleva a cabo esta operación de modo arbitrario, sino mediante la aplicación de unos criterios tanto internos como externos, a través de los cuales le es permitido discernir y descubrir la regla de la fe y de la verdad en un determinado libro, como en un espejo.
Es interesante saber que los 73 libros de la Biblia que tenemos entre manos son fruto de un discernimiento, inspirado por Dios, que hizo la Iglesia, declarando cuáles libros son canónicos y cuáles apócrifos (como secretos, raros, extraños o no inspirados).
La pregunta que pronto se suscita es saber quién tiene la autoridad o la capacidad para decidir si un libro pertenece o no a la Biblia. La Iglesia lo único que hace es atestiguar que ese libro existente ha sido inspirado por Dios; no es la Iglesia quien inventa los libros. ¿Por qué corresponde a la Iglesia discernir que ese libro es inspirado por Dios? Por dos motivos:

a) Porque la Biblia, Palabra de Dios escrita, es fruto de la predicación de la Iglesia misma: fue la primera comunidad cristiana quien empezó a poner por escrito su predicación sobre la vida y doctrina de Jesús. Entonces sólo a ella pertenece la justa interpretación de lo que escribió; como pertenece sólo al autor de un libro interpretar rectamente lo que escribió en su libro.
b) Porque Jesús entregó a Pedro “las llaves” de su Reino, es decir de su Iglesia, y sólo él, unido a los apóstoles, por mandato de Jesús, tiene el poder del Espíritu Santo de discernir la verdad. También los obispos (siempre en comunión con el Papa) son sujetos de magisterio auténtico y son asistidos por el Espíritu de Cristo para explicar y aplicar la Escritura (LG 25). Todo cristiano tiene, sin duda, este Espíritu de Dios al recibir el bautismo; pero el cristiano, como individuo y particular, no tiene la función el interpretar la Biblia. Nos dice el concilio Vaticano II: “El oficio de interpretar auténticamente la palabra de Dios, oral o escrita, ha sido encomendado únicamente al Magisterio de la Iglesia, el cual lo ejercita en nombre de Jesucristo. Pero el Magisterio no está por encima de la palabra de Dios, sino a su servicio, para enseñar puramente lo transmitido, pues por mandato divino y con la asistencia del Espíritu Santo, lo escucha devotamente, lo custodia celosamente, lo explica fielmente; y de este depósito de la fe saca todo lo que propone como revelado por Dios para ser creído” (DV 10).

De todo lo dicho podemos concluir lo siguiente: la Biblia tiene que considerarse una expresión de la fe de la Iglesia apostólica. San Agustín afirmaba: “No creería en el Evangelio, si no fuera por la autoridad de la Iglesia católica que me lo ordena…”. Y los primeros obispos de la Iglesia llamaban a la Biblia: “El libro de la Iglesia”.
Otra conclusión: todo libro inspirado es canónico y no al revés, es decir, la canoni-cidad es efecto de la inspiración. La Iglesia no causa la inspiración, sino que la re-conoce al hacerlo canónico. Es necesario fijar el Canon para que la fe en toda la Iglesia universal sea “una” y tenga un único criterio. De lo contrario, en vez de Pentecostés, tendríamos una torre de Babel (como pasa entre algunos protestantes).
Una cita del Concilio Vaticano II (LG 25), respecto al papel de la Iglesia, aclara: “La Iglesia, guiada por el Espíritu Santo y por el magisterio de sus Pastores, es la depo-sitaria y guardiana del tesoro de la revelación y la única intérprete de la Biblia. El Papa y los demás obispos son maestros auténticos del Evangelio”: lo explican, lo in-terpretan y lo aplican a la vida de los hombres con la autoridad de Cristo Cabeza.
¿Cuándo se estableció el Canon de las Escrituras?
Desde sus mismos albores, considera la Iglesia Católica como canónicos o inspirados algunos escritos (bíblicos), y no canónicos o apócrifos otros. La primera vez que se utilizó el término “canónico” fue en el concilio de Laodicea de Frigia en el año 360. En el canon 59 se establece que “en la asamblea no se deben recitar salmos privados o libros no canónicos, sino solamente los libros canónicos del Nuevo y del Antiguo Testamento”. Libros canónicos, por consiguiente, vendría a equivaler al conjunto de libros que norman u ordenan la fe de la Iglesia.
Las primeras decisiones de la Iglesia en relación al Canon de la Biblia se dieron en el africano concilio de Hipona en el año 393. Y la última definición al respecto fue la del Concilio de Trento en el año 1546.
¿Cuáles son los criterios de Canonicidad?

En cuanto a criterios para el Antiguo Testamento, la Iglesia consideró:

La Biblia de los Sesenta (LXX). Es innegable que, al abrirse el cristianismo a la gentilidad y a la cultura helenística, la Escritura judía utilizada por los primeros cristianos fue el texto de los LXX. Pues bien, en la Biblia de los LXX están incluidos tanto los libros protocanónicos y los deuterocanónicos del Antiguo Testamento.
Uso en el culto: Parece ser que en la liturgia sinagogal se leían cíclicamente, cada tres años, los libros de la Toráh y de los Profetas. Con el tiempo la lectura se extendió también a los Escritos. El uso cúltico de un libro significa un reconocimiento al menos implícito de su carácter sagrado. Por otra parte la iglesia primitiva utilizó la Biblia judía en el propio culto dominical. Aun colocándonos en un terreno hipotético, es de suponer que los judíos en diáspora usarían para su culto todos los libros incluidos como sagrados en la Biblia de los LXX.
Uso en los escritos del Nuevo Testamento. Es verdad que no todos los libros del Antiguo Testamento se encuentran citados en el Nuevo, aunque del hecho de no estar expresamente citados no se deduce que no hayan sido usados y tenidos en cuenta en la redacción neotestamentaria.

En cuanto a los criterios para el Nuevo Testamento tenemos:

a) El origen apostólico es decir, que un libro tenga como autor seguro a un apóstol o alguno de sus discípulos. Los apóstoles, considerados depositarios de la reve-lación histórica de Jesús, eran el canon vivo, intérpretes autorizados del men-saje y del acontecimiento salvífico de Jesús. Durante la segunda mitad del pri-mer siglo, las iglesias destinatarias de algún escrito apostólico lo conservaron celosamente y lo fueron difundiendo e intercambiando con escritos apostólicos de otras iglesias. Poco a poco el canon vivo se convirtió en canon escrito.
b) El uso litúrgico que hizo la Iglesia primitiva de ciertos libros; es decir, los li-bros que fueron usados por los apóstoles y las primeras comunidades cristianas, seguramente son Canónicos.
c) La coherencia, es decir, que la enseñanza de un libro sea coherente con el resto de la Escritura.
d) La ortodoxia: Ningún libro podía ser auténtico se contenía una interpretación del misterio de Jesús contraria a la ortodoxa, que se había formado con la tradición viva de los apóstoles.
e) Listas antiguas del canon: La formación de una lista implica la aceptación de los libros enlistados como libros de carácter peculiar. En la carta escrita por Atanasio para la pascua del 367 ya se enumeran sin vacilación todos los libros del Nuevo Testamento. Este catálogo, dieciocho años más tarde, el año 385, será aceptado por san Jerónimo y divulgado por él en occidente a través de su traducción oficial latina, llamada Vulgata.

Así pues, una vez presentados los criterios, está claro que ninguno de ellos aisladamente ha bastado a la Iglesia para determinar la canonicidad o no de un escrito. Ha sido la conjunción de algunos de ellos o de todos la que ha dado a la Iglesia la certeza, bajo la asistencia y guía del Espíritu Santo, de estar ante un libro sagrado y por lo tanto de deber reconocerlo como tal.
Dicho lo cual, estamos en grado de responder a la pregunta acerca de cuál y cómo sea la lista de los libros canónicos que conforman la Biblia o Sagrada Escritura.
Los 73 libros inspirados o canónicos de la Biblia se dividen en:
Protocanónicos: son aquellos libros que fueron y son considerados inspira-dos, sea por la religión judía, sea por la católica, como también por las Iglesias protestantes. Es decir, que su inspiración no ha sido puesta en duda por nin-guna Iglesia.
Deuterocanónicos: son aquellos libros de la Biblia de cuya inspiración se dudó algún tiempo o por alguna Iglesia en particular.

Son siete los libros deuterocanónicos del Antiguo Testamento:

Tobías
Judit
Sabiduría
Eclesiastés
Baruc
1 y 2 Macabeos
algunos fragmentos de Daniel y Esther.

Los protestantes no aceptan estos libros.

También son siete los deuterocanónicos del Nuevo Testamento:

Carta a los Hebreos,
Carta de Santiago
2 de Pedro,
2 y 3 de Juan;
Apocalipsis;
Y algunos versículos de los Evangelios: Mc 16, 9-20; Lc 22, 43; Jn 8, 1-11.

¿Cómo se formó el Canon del Nuevo Testamento?
Tanto católicos como protestantes aceptan como inspirados y canónicos los 27 libros del Nuevo Testamento. Pero, ¿cómo se formó este Canon?
Podemos decir que se formó gradualmente:
a) Los apóstoles, después de la Ascensión de Jesús, cumplieron su mandato de “Id a todo el mundo” (Mc 16, 19). Entonces no había nada escrito acerca de Jesús, su predicación, su mensaje… Todo era predicación oral, según el recuerdo de los apóstoles.
b) Los primeros escritos sobre Jesús (en los años 40) son algunas Cartas de San Pablo.
c) Luego se hizo necesario poner por escrito la predicación de los apóstoles, para conservar el tesoro de la buena nueva de Jesús. Nacieron así, poco a poco, todos los escritos del Nuevo Testamento. Al mismo tiempo, se escribieron también otros escritos piadosos sobre Jesús, poniendo falsas firmas. La Iglesia entonces definió el Canon: como hemos dicho el primer canon del Nuevo Testamento fue aprobado en el Concilio de Hipona (año 393) y fue definido en el Concilio de Trento (año 1546).

¿Qué son los libros apócrifos?

Se llaman apócrifos ciertos libros religiosos, que la Iglesia no ha aceptado como ins-pirados, a pesar de que su contenido sea a veces semejante al de la Biblia. La palabra “apócrifo” es griega y quiere decir “oculto, escondido”.
Tradicionalmente se les ha negado la inspiración y la canonicidad, porque la mayor parte de las iglesias no aceptaron su origen apostólico, ya que contenían hechos exagerados e imaginarios, y porque en algunos puntos no concordaban con la regla de la fe en comunión.
Los apócrifos fueron escritos entre finales del siglo II y el IV, aunque algunos de tales escritos tuvieron muchísima difusión durante la Edad Media.

¿Cuáles son esos libros apócrifos?

Del Antiguo Testamento tenemos: Libros de Enoc , Libro de los Jubileos o Pequeño Génesis, 3 y 4 de los Macabeos, Oración de Manasés o Salmo penitencial, 3 y 4 de Esdras, Salmos de Salomón.

Del Nuevo Testamento tenemos: Evangelio de Tomás, Evangelio de los Hebreos, Evangelio de Pedro, Protoevangelio de Santiago, La Asunción de María, Carta de Nuestro Señor a Abgar, Cartas apostólicas, 3 Carta de San Pablo a los Corintios.

Además de por otras indicaciones, sabemos si estamos ante una Biblia Católica por su canon de libros, incluidos los deuterocanónicos.

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