ENCUENTRO PARROQUIAL
(Martes 25 de agosto de 2015)

DE CÓMO SE ESCLARECE LA CAÍDA EN EL PECADO A LA LUZ DE LA FE

Prosiguiendo nuestro recorrido por el Catecismo de la Iglesia Católica, nos adentramos ahora en los números 387-390, que tratan de cómo nos aclaramos respecto al pecado original: cómo se esclarece la caída en el pecado a la luz de la fe, sólo (o exactamente) a la luz de la fe. Nos resumimos los mencionados números:

387: La realidad de pecado sólo se esclarece y se explica –es reconocible– a la luz de la fe.

388: La luz de la fe, también sobre el pecado, es la Revelación, la cual alcanza todo su término y significado en Jesucristo.

389: La doctrina del pecado original requiere de su referencia cristológica.

390: Toda la historia humana está marcada por el pecado original libremente cometido por nuestros primeros padres.

Pero el hombre actual, que se ve o se interpreta a sí mismo como bueno por naturaleza, tiene dificultad para reconocer en sí mismo y en la historia el pecado original. (“¡Todos nos salvamos!”). Por lo general creemos que nuestras actuales deficiencias individuales y sociales serán productos secundarios o consecuencias indeseables de la cultura y de la sociedad en las que vivimos, o “fenómenos de fricción” en la evolución humana, inevitables desde luego, pero progresivamente superables. Hay como una fe en superarse (autoayuda) en todo, una fe en sí mismo y en un progreso evolutivo, no tanto una fe en Dios.
Sin necesidad de perdernos o divagar demasiado en especulaciones doctrinales, intentemos aclararnos o ir entendiendo eso del pecado original, algo fundamental a la fe del cristiano.
Algo que de entrada podemos constatar es que el tema o realidad del pecado original no entra muy habitualmente en la predicación, ni siquiera celebrando el Bautismo. ¿No os parece? ¿Cuántas veces habéis escuchado de esto en las homilías? ¿Qué sacáis en conclusión o qué podéis decir entonces?
Evidentemente, en la actual predicación o en la catequesis de nuestros días no resulta que se niegue el pecado original, pero lo cierto es que no se resalta, ni se habla de él (o se entiende) con soltura. Podemos decir que la doctrina sobre el pecado original está ahí pero atrofiada, sin vitalidad, no como doctrina viva.
Nosotros mismos estamos tratando hoy acerca del pecado original “porque toca”, porque como vamos siguiendo el catecismo tocan ahora los números que estamos recorriendo, pero en realidad, ¿qué tendrá esto que ver existencialmente con nuestra vida? Lo que venimos a constatar es que “no se nos hunde el mundo” porque no estemos muy al corriente acerca del pecado original. ¿Acaso no tenéis esta sensación o no apreciáis precisamente esto así?
Pues bien: durante algunos encuentros o catequesis, iremos avanzando por esta realidad del pecado original, atendiendo y entendiendo acerca de cómo se esclarece la caída en el pecado a la luz de la fe.
Teológicamente hablando –pero ya hemos dicho que no nos liaremos demasiado al respecto, pues no estamos en un curso de teología sino en unos encuentros parroquiales “muy de pueblo”– destacamos, como de pasada, que:

– Explícitamente no es que se trate del pecado original con demasiada abundancia en la Biblia.

– Que tendríamos que remontarnos a la doctrina sacramental de San Agustín de Hipona, y concretamente a sus planteamientos antipelagianos.

– Luego tendríamos que recalar en la doctrina tomista, de Santo Tomás de Aquino.

– Pero partimos o nos remontamos más inmediatamente desde el Concilio de Trento (entre los años 1545-1563).

El Concilio de Trento define (con los reformadores) un pecado original interno y real en todos (excepto en la Virgen María: concebida sin pecado original), un pecado que ha sido causado por el pecado o caída personal de Adán, y que se borra verdaderamente por la justificación; y el mismo Concilio define (contra los reformadores) que tal pecado original no consiste en la concupiscencia, ya que ésta persiste en los justificados, sino en la carencia o falta (existencial) de aquella justicia y santidad originales (como fue creado el hombre), que según el Concilio se confieren como una realidad interna y habitual por la gracia de la justificación. La teología postridentina elabora diversas teorías para explicar por qué la ausencia efectiva de esta gracia en nosotros, en cuanto que descendemos de Adán, no sólo es secuela del pecado, ni sólo es una caída negativa, sino también algo que no debe existir en nosotros, es decir, cómo y por qué se nos imputa el pecado de Adán.
Podemos (puede la Iglesia) sistematizar una doctrina acerca del pecado original, no de manera racionalista pero si de manara razonable, pues ciertamente nos adentramos en una realidad-misterio que nos sobrepasa tanto como nos atañe.
La esencia del pecado original no tiene por qué consistir en una incomprensible imputación del pecado personal del primer hombre, o en una culpa colectiva, pues ambas cosas llevan a la contradicción y no son requeridas por el dogma católico.
El verdadero misterio en el que nos adentramos proviene de considerar la infinita bon-dad de Dios, su amor misericordioso, su santidad (tres veces santo o Santísimo), su gracia que nos justifica: que donde abundó el pecado sobreabundó la gracia.
Es la gracia de Dios la que nos puede alcanzar la santidad de la que tan faltos y vacíos estamos, por ser criaturas que por el pecado original necesitamos de redención. Sólo Dios es Santo y sólo es muy partícipe de esa santidad, más que los santos y santas, la Santísima Virgen María: la llena de gracia (no por superación moral, sino por justificación, por redención). De María también decimos –digámoslo ahora juntos– este saludo, como cuando vamos a confesar:

Ave María Purísima
Sin pecado concebida

Por tanto, punto de partida para nuestra superación o tarea moral (y adquirir virtud) es vernos destinatarios de la gracia de Dios, la que se nos da por conversión (ciertamente) y por el Bautismo en el agua y el Espíritu Santo, al que se accede por fe y que nos da la fe. El pecado original es nuestro pecado contraído (perdonado como se perdona una deuda al que la contrajo) y el pecado personal es nuestro pecado cometido (perdonado y ayudado de manera penitencial y misericordiosa).
La clave de todo es que Dios nos ofrece siempre (y a todos sin excepción) la salvación de Cristo. La Iglesia lo considera en la solemne y bautismal (sacramental) Vigilia Pascual, destacando esto doctrinalmente en la Epístola (Rom 6, 3-11), con la que concluimos esta catequesis o encuentro de hoy:

Hermanos: Los que por el bautismo nos incorporamos a Cristo fuimos incorporados a su muerte. Por el bautismo fuimos sepultados con él en la muerte, para que, así como Cristo fue resucitado de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en una vida nueva. Porque, si nuestra existencia está unida a él en una muerte como la suya, lo estará también en una resurrección como la suya. Comprendamos que nuestra vieja condición ha sido crucificada con Cristo, quedando destruida nuestra personalidad de pecadores, y nosotros libres de la esclavitud al pecado; porque el que muere ha quedado absuelto del pecado.
Por tanto, si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con él; pues sabemos que Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere más; la muerte ya no tiene dominio sobre él. Porque su morir fue un morir al pecado de una vez para siempre; y su vivir es un vivir para Dios. Lo mismo vosotros, consideraos muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús.

PALABRA DE DIOS

¿Preguntas? ¿Alguna aclaración?…

Nos vamos con la bendición de Dios. Buenas noches.

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