ECUENTRO PARROQUIAL

(Martes 15 de septiembre de 2015)

CONSECUENCIAS DEL PECADO ORIGINAL:
UN DURO COMBATE… POR LA REPERCUSIÓN SOCIAL DEL PECADO

(Catecismo, número 408)

Empezamos este encuentro parroquial haciéndonos eco de la crisis migratoria, particularmente de tantos miles de desplazados, muy en concreto derivados desde el conflicto de la guerra civil y ya global de Siria.
El pecado también es una realidad universal como la globalización y es tan concreto que siempre está enraizado personalmente, individualizado en personas, grupos, familias, pueblos, naciones…, siempre con una identidad propia, de nombres y apellidos…
El pecado original es el pecado contaminante desde el principio.

408: Las consecuencias del pecado original y de todos los pecados personales de los hombres confieren al mundo en su conjunto una condición pecadora, que puede ser designada con la expresión de san Juan: “el pecado del mundo” (Jn 1, 29). Mediante esta expresión se significa también la influencia negativa que ejercen sobre las personas las situaciones comunitarias y las estructuras sociales que son fruto de los pecados de los hombres (cf. Reconciliatio et Paenitentia, 16).

El pecado social, es decir, el influjo del mal que hay en el mundo es una consecuencia del pecado original. Juan Pablo II nos dice que el pecado siempre es un pecado personal aunque pueda haber factores externos que pueden atenuar en mayor o menor grado nuestra responsabilidad y nuestra libertad, pero es una verdad de fe que la persona humana es libre y no se puede ignorar esta verdad con el fin de descargar en las estructuras, en los sistemas, en el prójimo el pecado de los individuos, porque estaríamos eliminando la libertad de las personas, sería como decir que los hombres somos piezas de un puzzle en el que estamos predeterminados. No existe nada tan personal e intransferible como la virtud cuando somos santos o como la responsabilidad personal de la culpa, lo que no quita que estemos influenciados por los demás, al igual que nosotros influimos o podemos influir en los demás, positiva o negativamente.

¿Qué hemos de entender por pecado social o pecado del mundo? Por pecado social o pecado del mundo se entiende que el pecado siempre repercute en los demás y en torno nuestro, que existe un tipo de pecado que supone una agresión directa contra el prójimo, siendo el que nosotros aportamos a nuestros ámbitos y el que se refiere a las relaciones entre las distintas comunidades humanas (lucha de clases, grupos en tensión, una nación contra otra, etc.). Este pecado social no elimina la responsabilidad de los individuos. La existencia de estos condicionantes nos hacen luchar para mejorar el ambiente social y que nos inclinen al bien en lugar de inclinarnos al mal.

Consideremos en citado número 16 de la Exortación Post-sinodal Reconciliatio et Paenitentia, del Papa Juan Pablo II (2 de diciembre de 1984, primer Domingo de Adviento):

El pecado, en sentido verdadero y propio, es siempre un acto de la persona, porque es un acto libre de la persona individual, y no precisamente de un grupo o una comunidad. Este hombre puede estar condicionado, apremiado, empujado por no pocos ni leves factores externos; así como puede estar sujeto también a tendencias, taras y costumbres unidas a su condición personal. En no pocos casos dichos factores externos e internos pueden atenuar, en mayor o menor grado, su libertad y, por lo tanto, su responsabilidad y culpabilidad. Pero es una verdad de fe, confirmada también por nuestra experiencia y razón, que la persona humana es libre. No se puede ignorar esta verdad con el fin de descargar en realidades externas –las estructuras, los sistemas, los demás– el pecado de los individuos. Después de todo, esto supondría eliminar la dignidad y la libertad de la persona, que se revelan –aunque sea de modo tan negativo y desastroso– también en esta responsabilidad por el pecado cometido. Y así, en cada hombre no existe nada tan personal e intransferible como el mérito de la virtud o la responsabilidad de la culpa.
Por ser el pecado una acción de la persona, tiene sus primeras y más importantes consecuencias en el pecador mismo, o sea, en la relación de éste con Dios –que es el fundamento mismo de la vida humana– y en su espíritu, debilitando su voluntad y oscureciendo su inteligencia.
[…] La expresión [pecado social] y el concepto que a ella está unido, tienen, en verdad, diversos significados.
Hablar de pecado social quiere decir, ante todo, reconocer que, en virtud de una solidaridad humana tan misteriosa e imperceptible como real y concreta, el pecado de cada uno repercute en cierta manera en los demás. Es ésta la otra cara de aquella solidaridad que, a nivel religioso, se desarrolla en el misterio profundo y magnífico de la comunión de los santos, merced a la cual se ha podido decir que “toda alma que se eleva, eleva al mundo” (es expresión de la escritora francesa Elisabeth Leseur, que cita aquí el Papa). A esta ley de la elevación corresponde, por desgracia, la ley del descenso, de suerte que se puede hablar de una comunión del pecado, por el que un alma que se abaja por el pecado abaja consigo a la Iglesia y, en cierto modo, al mundo entero. En otras palabras, no existe pecado alguno, aun el más íntimo y secreto, el más estrictamente individual, que afecte exclusivamente a aquel que lo comete. Todo pecado repercute, con mayor o menor intensidad, con mayor o menor daño en todo el conjunto eclesial y en toda la familia humana. Según esta primera acepción, se puede atribuir indiscutiblemente a cada pecado el carácter de pecado social.
Algunos pecados, sin embargo, constituyen, por su mismo objeto, una agresión directa contra el prójimo y –más exactamente según el lenguaje evangélico– contra el hermano. Son una ofensa a Dios, porque ofenden al prójimo. A estos pecados se suele dar el nombre de sociales, y ésta es la segunda acepción de la palabra. En este sentido es social el pecado contra el amor del prójimo, que viene a ser mucho más grave en la ley de Cristo porque está en juego el segundo mandamiento que es “semejante al primero” [vienen aquí las correspondientes citas evangélicas]. Es igualmente social todo pecado cometido contra la justicia en las relaciones tanto interpersonales como en las de la persona con la sociedad, y aun de la comunidad con la persona. Es social todo pecado cometido contra los derechos de la persona humana, comenzando por el derecho a la vida, sin excluir la del que está por nacer, o contra la integridad física de alguno; todo pecado contra la libertad ajena, especialmente contra la suprema libertad de creer en Dios y de adorarlo; todo pecado contra la dignidad y el honor del prójimo. Es social todo pecado contra el bien común y sus exigencias, dentro del amplio panorama de los derechos y deberes de los ciudadanos. Puede ser social el pecado de obra u omisión por parte de dirigentes políticos, económicos y sindicales, que aun pudiéndolo, no se empeñan con sabiduría en el mejoramiento o en la transformación de la sociedad según las exigencias y las posibilidades del momento histórico; así como por parte de trabajadores que no cumplen con sus deberes de presencia y colaboración, para que las fábricas puedan seguir dando bienestar a ellos mismos, a sus familias y a toda la sociedad.
La tercera acepción de pecado social se refiere a las relaciones entre las distintas comunidades humanas. Estas relaciones no están siempre en sintonía con el designio de Dios, que quiere en el mundo justicia, libertad y paz entre los individuos, los grupos y los pueblos. Así la lucha de clases, cualquiera que sea su responsable y, a veces, quien la erige en sistema, es un mal social. Así la contraposición obstinada de los bloques de Naciones y de una Nación contra la otra, de unos grupos contra otros dentro de la misma Nación, es también un mal social. En ambos casos, puede uno preguntarse si se puede atribuir a alguien la responsabilidad moral de estos males y, por lo tanto, el pecado. Ahora bien, se debe pues admitir que realidades y situaciones, como las señaladas, en su modo de generalizarse y hasta agigantarse como hechos sociales, se convierten casi siempre en anónimas, así como son complejas y no siempre identificables sus causas. Por consiguiente, si se habla de pecado social, aquí la expresión tiene un significado evidentemente analógico.
En todo caso hablar de pecados sociales, aunque sea en sentido analógico, no debe inducir a nadie a disminuir la responsabilidad de los individuos, sino que quiere ser una llamada a las conciencias de todos para que cada uno tome su responsabilidad, con el fin de cambiar seria y valientemente esas nefastas realidades y situaciones intolerables.
Dado por sentado todo esto en el modo más claro e inequívoco hay que añadir inmediatamente que no es legítimo ni aceptable un significado de pecado social, –por muy usual que sea hoy en algunos ambientes [ver nota 74 de esta exhortación…],– que al oponer, no sin ambigüedad, pecado social y pecado personal, lleva más o menos inconscientemente a difuminar y casi a borrar lo personal, para admitir únicamente culpas y responsabilidades sociales. Según este significado, que revela fácilmente su derivación de ideologías y sistemas no cristianos –tal vez abandonados hoy por aquellos mismos que han sido sus paladines–, prácticamente todo pecado sería social, en el sentido de ser imputable no tanto a la conciencia moral de una persona, cuanto a una vaga entidad y colectividad anónima, que podría ser la situación, el sistema, la sociedad, las estructuras, la institución.
Ahora bien la Iglesia, cuando habla de situaciones de pecado o denuncia como pecados sociales determinadas situaciones o comportamientos colectivos de grupos sociales más o menos amplios, o hasta de enteras Naciones y bloques de Naciones, sabe y pro-clama que estos casos de pecado social son el fruto, la acumulación y la concentración de muchos pecados personales. Se trata de pecados muy personales de quien engendra, favorece o explota la iniquidad; de quien, pudiendo hacer algo por evitar, eliminar, o, al menos, limitar determinados males sociales, omite el hacerlo por pereza, miedo y encubrimiento, por complicidad solapada o por indiferencia; de quien busca refugio en la presunta imposibilidad de cambiar el mundo; y también de quien pretende eludir la fatiga y el sacrificio, alegando supuestas razones de orden superior. Por lo tanto, las verdaderas responsabilidades son de las personas.
Una situación –como una institución, una estructura, una sociedad– no es, de suyo, sujeto de actos morales; por lo tanto, no puede ser buena o mala en sí misma.
En el fondo de toda situación de pecado hallamos siempre personas pecadoras. Esto es tan cierto que, si tal situación puede cambiar en sus aspectos estructurales e institucionales por la fuerza de la ley o –como por desgracia sucede muy a menudo–, por la ley de la fuerza, en realidad el cambio se demuestra incompleto, de poca duración y, en definitiva, vano e ineficaz, por no decir contraproducente, si no se convierten las personas directa o indirectamente responsables de tal situación.

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