TEMAS DE CRISTOLOGÍA PARA LOS ENCUENTROS PARROQUIALES
SUPONIENDO Y RESUMIENDO NÚMEROS DEL CATECISMO …422-511…

DÍA 2º

JESUCRISTO, HIJO ÚNICO DE DIOS

Jesucristo no se reduce a ser un mensajero de Dios sino que es el Hijo Único de Dios. Esto es lo que declaramos y proclamamos en nuestra fe cristiana. Jesucristo anuncia el Reino de Dios y lo realiza en su sentido pleno y único. Jesucristo es el cauce por el que transcurre hacia nosotros la vida divina, la gracia de Dios.
Ahora se proclama el prólogo de San Juan (que es un himno a Cristo):

Comienzo del Santo Evangelio según San Juan (1, 1-18).

Al principio existía la Palabra,
y la Palabra estaba junto a Dios,
y la Palabra era Dios.
Al principio estaba junto a Dios.
Todas las cosas fueron hechas por medio de la Palabra
y sin ella no se hizo nada de todo lo que existe.
En ella estaba la vida,
y la vida era la luz de los hombres.
La luz brilla en las tinieblas,
y las tinieblas no la percibieron.
Apareció un hombre enviado por Dios,
que se llamaba Juan.
Vino como testigo,
para dar testimonio de la luz,
para que todos creyeran por medio de él.
El no era la luz,
sino el testigo de la luz.
La Palabra era la luz verdadera
que, al venir a este mundo,
ilumina a todo hombre.
Ella estaba en el mundo,
y el mundo fue hecho por medio de ella,
y el mundo no la conoció.
Vino a los suyos,
y los suyos no la recibieron.
Pero a todos los que la recibieron,
a los que creen en su Nombre,
les dio el poder de llegar a ser hijos de Dios.
Ellos no nacieron de la sangre,
ni por obra de la carne,
ni de la voluntad del hombre,
sino que fueron engendrados por Dios.
Y la Palabra se hizo carne
y habitó entre nosotros.
Y nosotros hemos visto su gloria,
la gloria que recibe del Padre como Hijo único,
lleno de gracia y de verdad.
Juan da testimonio de él, al declarar:
«Este es aquel del que yo dije: El que viene después de mí me ha precedido,
porque existía antes que yo.»
De su plenitud, todos nosotros hemos participado y hemos recibido gracia sobre gracia:
porque la Ley fue dada por medio de Moisés,
pero la gracia y la verdad nos han llegado por Jesucristo.
Nadie ha visto jamás a Dios;
el que lo ha revelado es el Hijo único,
que está en el seno del Padre.

Palabra del Señor.

Tal vez alguno se pregunte: si Cristo es el Hijo Único de Dios, ¿qué somos entonces nosotros? ¿Somos también hijos de Dios, como estamos habituados a considerarnos, o no? O tal vez nos preguntemos que, si Cristo es Hijo Único de Dios, ¿a nosotros qué?
Cristo tiene rango único, en cuanto hijo y en cuanto heredero, pero escuchemos ahora otro himno cristológico, el de la kénosis, en Fil 2, 1-11:

Así pues, os exhorto en Cristo y por el consuelo de la caridad, por la comunión en el Espíritu y por las entrañas de misericordia, colmad mi alegría, teniendo un mismo sentir, un mismo amor, un mismo ánimo y buscando todos lo mismo. No hagáis nada por rivalidad, ambición o vanagloria, sino con humildad, considerando a los demás superiores a uno mismo, buscando no el propio interés sino el de los demás.
Tened entre vosotros los mismos sentimientos que tuvo Cristo Jesús,
el cual, siendo de condición divina,
no codició el ser igual a Dios
sino que se despojó de sí mismo
tomando condición de esclavo,
asumiendo la semejanza humana,
pasando por uno de tantos,
se rebajó a sí mismo,
haciéndose obediente hasta la muerte,
y muerte de cruz.
Por eso Dios lo exaltó
y le dio el Nombre-sobre-todo-Nombre.
De modo que al Nombre de Jesús
toda rodilla se doble
en los cielos, en la tierra y en los abismos,
y toda lengua proclame:
«¡Jesucristo es el Señor!»,
para gloria de Dios Padre.

Palabra de Dios.

Así pues, Cristo nos muestra el contrario modo del mundo, lo contrario del estilo pagano de vivir. Por eso hemos de reconocer que nuestra fe ha de entrar en contraposición con el proceder terrenal del egoísmo en nuestro pensar y en nuestro obrar. Hemos de convertirnos de nuestro modo rastrero o mezquino de concebir la justicia. Hemos de dar cabida en nosotros a la misericordia.
Así pues, Cristo, Hijo Único de Dios, contrariamente a nuestro modo de obrar y de concebir la justicia:

1) Por su muerte y resurrección repartió y distribuyó entre los hombres toda la herencia divina, la misma condición de ser hijos de Dios y su gracia dándonos también su Cuerpo y su Sangre como alimento.
2) No guardó, ni retuvo ni se reservó nada para sí: se dio, se entregó…, por nosotros y para el perdón de los pecados.
3) Siendo el Hijo y el Heredero único, echó de menos una piedra donde reclinar su cabeza o en la que poder descansar (cf. Lc 9, 58).
4) Tentado en el desierto, rechazó enérgicamente toda forma de grandeza y dominación para hacer la voluntad del Padre sin salirse de ella para nada (cf. Lc 4, 1-13).
Recapacitemos ahora acerca de nuestro Bautismo, de nuestra Confirmación y de nuestra vida sacramental. Que Cristo no sea para nosotros un tema a tratar, pues estamos aquí, hemos de estar aquí no para que nos den un papelito al final sino ¡para vivir su vida! (cf. Gál 3, 37), para que seamos una sola cosa con Él (Gál 3, 27), siendo Él el primogénito de la Creación y entre muchos hermanos (cf. Rom 8, 29). Sólo en Él podemos llamar “Padre” a Dios. Realmente son hijos de Dios quienes tienen (compartido) el mismo espíritu de Cristo y con Cristo (cf. Rom 8, 14-15). Y somos herederos de la gloria que el Padre da o proporciona y dispensa al Hijo:

• Y, si somos hijos, también herederos: herederos de Dios y coherederos con Cristo, ya que sufrimos con él, para ser también con él glorificados (Rom 8, 17).
• Así que, no se gloríe nadie en los hombres, pues todo es vuestro: …el mundo, la vida, la muerte, el presente, el futuro, todo es nuestro; y nosotros, de Cristo y Cristo de Dios (1 Cor 3, 21–23).

¿Qué significa, entonces, creer en Jesucristo, Hijo único de Dios? Significa y supone:

– luchar contra la ambición de poseerlo todo, contra el ansia de poder y contra el deseo de dominio que hay en el corazón humano;
– luchar contra los abusos, las tropelías, las injusticias…
– reconocer en Cristo al heredero único supone relativizar a otros “herederos” (que se adueñan de lo que no les corresponde) y reconocernos nosotros herederos (coherederos) en Él y con Él;
– proclamar que todos fuimos beneficiados con su herencia, la cual no le corresponde sólo a unos pocos privilegiados;
– no podremos soportar ni que existan ni que veamos “desheredados” (pobres) a nuestro alrededor: tenemos que “erradicar la pobreza” (la miseria, el hambre, las carencias, la falta de derechos básicos…)…
– anunciar que en Cristo no puede ser reconocida otra dignidad que la de ser hijos de Dios y entre nosotros hermanos;
– aprender a darnos, a repartirlo o compartirlo todo, pues todo lo que tenemos lo hemos recibido por gracia: Y esto –este tipo de comunidad– será la Iglesia.

¿Qué pensar en cuanto a la Iglesia (sabiendo que toda cristología conlleva una eclesiología y viceversa)? ¿Posesiones o desamortizaciones? Es muy tópico y manido este planteamiento o interrogante y algún día, en su momento, lo trataremos más a fondo…

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