Encuentro parroquial , Martes 27.

TEMAS DE CRISTOLOGÍA PARA LOS ENCUENTROS PARROQUIALES
SUPONIENDO Y RESUMIENDO NÚMEROS DEL CATECISMO …422-511…

DÍA 3º

JESUCRISTO “NUESTRO SEÑOR”

La palabra “Señor” con la que los cristianos confesamos nuestra fe en Jesús, es justamente la misma que se emplea para traducir al griego (“Kyrios”) el pronombre hebreo de Dios (YHWH). Por eso, decir que Jesús es Señor es decir que Jesús es Dios. En el encuentro (de Tomás) con Jesús resucitado, se convierte en adoración: “Señor mío y Dios mío” (Jn 20, 28). Y decir que Jesús es “nuestro Señor” es decir que no reconocemos otro señorío sobre nosotros fuera del suyo, que es el que nos salva. Quiere decir, como una canción (de Luis Alfredo Díaz): “No adoréis a nadie, a nadie más que a Él”. Lo cantamos:

/ No adoréis a nadie, a nadie más que a Él. / (2)
/ No adoréis a nadie, a nadie más. / (2)
No adoréis a nadie, a nadie más que a Él.
/ Porque sólo Él, nos puede sostener. / (2)
/ No adoréis a nadie, a nadie más. / (2)
No adoréis a nadie, a nadie más que a Él.

/ No miréis a nadie, a nadie más que a Él. / (2)
/ No miréis a nadie, a nadie más. / (2)
No miréis a nadie, a nadie más que a Él.
/ Porque sólo Él, nos puede sostener. / (2)
/ No miréis a nadie, a nadie más. / (2)
No miréis a nadie, a nadie más que a Él.

/ No alabéis a nadie, a nadie más que a Él. / (2)
/ No alabéis a nadie, a nadie más. / (2)
No alabéis a nadie, a nadie más que a Él.
/ Porque sólo Él, nos puede sostener. / (2)
/ No alabéis a nadie, a nadie más. / (2)
No alabéis a nadie, a nadie más que a Él.

La letra de esta canción, cuando se interpreta bien, impresiona mucho en nuestros oídos. Es un hermoso cando, recomendable para el sosiego, para cualquier lugar, al empezar el día… Pero sobre todo es una canción ideal para ser cantada en los momentos de adoración y de alabanza.
Pues bien: hay muchos textos de la Sagrada Escritura sobre la expresión “nuestro Señor”, referida a Jesucristo. Atribuyendo a Jesús el título divino de Señor, las primeras confesiones de fe de la Iglesia afirman desde el principio (cf. Hech 2, 34-36) que el poder, el honor y la gloria debidos a Dios Padre convienen también a Jesús (cf. Rom 9, 5; Tit 2, 13; Ap 5, 13) porque Él es “de condición divina” (Fil 2, 6) y el Padre manifestó esta soberanía de Jesús resucitándolo de entre los muertos y exaltándolo a su gloria (cf. Rom 10, 9; 1 Cor 12, 3; Fil 2, 11). (Cat. Nº 449).
¿Cómo decir “Jesús es Señor”, sin dejar que el Espíritu nos ponga a su servicio? ¿Cómo no recordarnos cada día y contar a los otros que servirle es reinar? ¿Acaso nos resistiremos a ser siervos de Jesucristo?
En el episodio evangélico del lavatorio de los pies, Jesús muestra cómo él es el Señor. Al celebrar la Pascua con sus discípulos, les lavó los pies. Lavó sus pies para que tomaran conciencia de que la grandeza del hombre está en servir y no en ser servido:
“Vosotros me llamáis ‘el Maestro’ y ‘el Señor’, y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, el Maestro y el Señor, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros. Así pues, os he dado ejemplo, para que hagáis lo mismo que yo he hecho con vosotros” (Jn 13, 13–15).
El que llama y considera a Jesús su Señor (y dueño de su vida), no puede tener otros “señores”; pues “nadie puede servir a dos señores” (Mt 6, 24). Jesús tiene que ser el único Señor de nuestra vida, de todas sus áreas. No podemos “reservarnos” nada (de egoísmo) para nosotros mismos. Estamos sometidos a él, a su señorío, pues él tiene toda la autoridad sobre nuestra vida:
En el número 450 del Catecismo se lee: Desde el comienzo de la historia cristiana, la afirmación del señorío de Jesús sobre el mundo y sobre la historia (cf. Ap 11, 15) significa también reconocer que el hombre no debe someter su libertad personal, de modo absoluto, a ningún poder terrenal sino sólo a Dios Padre y al Señor Jesucristo: César no es el “Señor” (cf. Mc 12, 17). “La Iglesia cree… que la clave, el centro y el fin de toda historia humana se encuentra en su Señor y Maestro” (GS 10, 2; cf. 45, 2).
Considerando el nº 455 del Catecismo tenemos que: Señor, referido a Cristo, significa soberanía divina. Confesar o invocar a Jesús como Señor es creer en su divinidad. “Nadie puede decir: ‘¡Jesús es Señor!’ sino movido por el Espíritu Santo” (1 Cor 12, 3).
Así pues: ¿Es central, lo primero, el primero, Jesucristo en nuestra vida? ¿En qué se nota si sí o si no? ¿Estamos dispuestos a vivir el plan que él tiene para nosotros, aunque ello conlleve renunciar a nuestros proyectos personales?
Escuchemos y acojamos la siguiente Palabra de Dios (Rom 10, 9-10): “Porque, si confiesas con tu boca que Jesús es Señor y crees en tu corazón que Dios le resucitó de entre los muertos, te salvarás. Pues con el corazón se cree para conseguir la justicia, y con la boca se confiesa para conseguir la salvación”.
¡Ánimo, hermanos y hermanas! Hagamos un acto de fe en Cristo y proclamemos con nuestros labios y con nuestra vida que Él es nuestro único Señor. Renunciemos, también, a todo aquello que no permite que Jesús sea el Señor de nuestra vida: el pecado, el mal, el egoísmo, el materialismo y las sensualidades, las ansias de poder, de placer, de sobresalir y destacar sobre los demás, toda relación con lo falso, lo supersticioso…

Anuncios