TEMAS DE CRISTOLOGÍA PARA LOS ENCUENTROS PARROQUIALES
SUPONIENDO Y RESUMIENDO NÚMEROS DEL CATECISMO …422-511…

DÍA 3º Y CONCLUSIVO DE ESTA PARTE (3/11/15)

JESUCRISTO: FUE CONCEBIDO POR OBRA Y GRACIA DEL ESPÍRITU SANTO Y NACIÓ DE SANTA MARÍA VIRGEN

De por qué y para qué “el Verbo de Dios se hizo carne” trata el Catecismo en sus números 457-460. La Encarnación del Hijo de Dios significa y supone que Él, Jesucristo, es verdadero Dios y verdadero hombre. Y su encarnación fue:

• Para salvarnos (recuperarnos de la perdición) reconciliándonos con Dios (1 Jn 4, vv. 10 y 14).
• Para que así conozcamos el amor de Dios (1 Jn 4, 9; Jn 3, 16).
• Para motivarnos como nuestro modelo de santidad (Mt 11, 29; Jn 14, 6).
• Para hacernos “partícipes de la naturaleza divina” (2 Pe 1, 4).

El acontecimiento absolutamente único y totalmente singular de la Encarnación del Hijo de Dios no significa que Jesucristo sea en parte Dios y en parte hombre, ni que sea el resultado de una mezcla confusa entre lo divino y lo humano. Supone que Él se hizo verdaderamente hombre sin dejar de ser verdaderamente Dios. Jesucristo es verdadero Dios y verdadero hombre. La Iglesia debió defender y aclarar esta verdad de fe durante los primeros siglos frente a unas herejías que la falseaban (de ello trata el Catecismo en su número 464).
He aquí el testimonio de la Sagrada Escritura como Palabra de Dios, cuando dice que Jesús “es el primogénito entre muchos hermanos” (Rom 8, 29). Y que en Él fuimos creados.

Nos detenemos ahora en esta expresión: Jesús es verdadero hombre que existió verdaderamente, históricamente:

• Fue un hombre de carne y hueso.
• Su madre fue una mujer conocida como María de Nazaret, casada con un hombre llamado José (Lc 1, 26).
• Jesús nació en Belén (de Judá), en tiempos del rey Herodes.
• Vivió al menos unos 30 años en Nazaret, desplazándose luego (o en varias ocasiones) desde Galilea hasta Jerusalén (lugar de sus dolorosa pasión y muerte…).

Detengámonos ahora en lo siguiente: Por ser la plena manifestación de Dios, Jesús nació por obra y gracia del Espíritu de Dios, el Espíritu Santo, es decir: del Amor en sí mismo, del Amor total y absoluto, del Amor divino…, por lo cual (en terminología evangélica):

• No sólo se llama Jesús (que significa “el que salva al pueblo de sus pecados”), siendo histórico.
• Sino que se llama también Emmanuel (que nos lo acortamos en Manuel), significando que, de hecho, realmente y como “Señor nuestro”, Jesús es “Dios-para-nosotros” y “Dios-con-nosotros” (Mt 1, 21-23).

Repasemos o profundicemos aún más en la condición humana de Jesucristo, en su humanidad, en su ser hombre verdadero, resaltando que vivió en todo como hombre menos en el pecado. Señalemos que:

• Trabajó y se ganó el sustento con sus propias manos (Lc 6, 35).
• Cultivó y mantuvo sus amistades o relaciones humanas (Jn 11, 5).
• Tuvo experiencia real de lo que supone cansarse (Jn 4, 6).
• Sufrió el dolor físico y el dolor moral de las incomprensiones (Mc 3, 21).
• Experimentó lo que es tener sed (Jn 4, 7).
• Experimentó lo que es tener hambre (Lc 14, 1).
• Amó y se dejó amar (Jn 11, 1-44; 12, 1-20).

Y repasemos o profundicemos igualmente en la condición divina de Jesucristo, en su divinidad, en su ser verdadero Dios:

• No un Dios disfrazado o tomando forma o apariencia humana sin que compartiera enteramente nuestra realidad.
• Es el enviado de Dios: el que revela al Padre, el que es la manifestación (epifanía) máxima de Dios entre los hombres.

Profundicemos ahora en esto acerca de Jesucristo: Fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo, teniendo en cuenta, como vemos en Jn 16, 14-15, que la misión (el proceder) del Espíritu Santo, “Señor y dador de vida”, está siempre unida y ordenada a la del Hijo. El Espíritu Santo fue enviado desde el seno de la Trinidad para santificar el seno de la Virgen María y para fecundarla por obra divina. El Espíritu Santo hizo que ella, la Virgen María, concibiera al Hijo eterno del Padre en una humanidad tomada de la suya (Catecismo, número 585).
Ciertamente, la de Jesús resulta ser una concepción milagrosa, realizándose un prodigioso encuentro, en amor fraterno y para el amor fraterno, del hombre con Dios. De este modo, creer en Jesucristo “concebido por obra y gracia del Espíritu Santo” es saberse de la familia de Dios, saberse querido con amor personal (y único), saberse destinado al amor fraterno, pues la fraternidad (universal y asumida) no se deriva sino del hecho de la Encarnación.
La Encarnación es la que nos hace trascender y superar los lazos de la carne y de la sangre, hacer la voluntad de Dios (dándole nuestro sí como María) sobre la voluntad del hombre (Jn 1, 12–13), en libertad y gracia (sin voluntarismo ni actitud pelagiana).
Consecuencia de la Encarnación del Hijo de Dios, en el seno de María, es su Nacimiento, de la Virgen bendita entre todas las mujeres. La Liturgia tiene dos fechas festivas al respecto, la del 25 de marzo (Encarnación) y la del 25 de diciembre (Navidad). Así pues, Jesucristo nació de Santa María Virgen.

Tratemos de profundizar sobre el significado para nuestra vida del hecho de que Jesús naciera de la Virgen María, entrando Él así definitivamente en la historia humana, actuando desde su vida y conduciéndola por la fuerza amorosa del Espíritu Santo.
Como Iglesia, afirmamos que Jesús nació de María. No afirmamos que el Hijo de Dios sólo apareció en forma humana. Tampoco afirmamos que Él fue hombre solamente en el corto espacio de su existencia terrena, o sea, cuando estuvo físicamente presente en medio de sus discípulos y dejó de ser hombre al volver al Padre después de su gloriosa Ascensión para sentarse a la derecha de Dios Padre. Cuando la Iglesia dice que Jesús nació de una mujer, afirma que Jesús en verdad nació de María de Nazaret y se hizo definitivamente uno de nosotros. Jesucristo fue verdaderamente hombre durante su vida terrena y continúa siendo hombre glorificado por el Padre que lo exaltó y le dio “el Nombre que está por encima de todo nombre”.
Por lo mismo, María es verdaderamente “Madre de Dios”, porque es la madre del Hijo eterno de Dios hecho hombre, que es Dios mismo (Catecismo, número 509).
Desde el número 510 del Catecismo, consideramos que María, como declara San Agustín, “fue Virgen al concebir a su Hijo, Virgen durante el embarazo, Virgen en el parto, Virgen después del parto, Virgen siempre”. Con todo su ser es ella “la esclava del Señor” (Lc 1, 38).
El lugar de primer orden que ocupa en el Evangelio la Virgen María es por su estrecha relación con la obra redentora de Jesús. Dios siempre se vale de las personas para llegar a los hombres. El Evangelio señala que Dios no obliga a María a ocupar el papel que le ha sido asignado en la historia de la salvación. Le pide su consentimiento. Y María, previendo las dificultades que le traería la aceptación, dice simplemente: “He aquí la esclava del Señor; que se haga en mí según tu palabra”. Desde ese momento, la Virgen María pasó a ser la “cooperadora principal” de Jesús en la obra de la redención. No porque ella lo hubiera “merecido”, sino porque fue escogida por Dios para esa misión: La Virgen María “colaboró por su fe y obediencia libres a la salvación de los hombres” (Catecismo, número 511; y LG 56).
Confesar, pues, que JESÚS FUE CONCEBIDO POR OBRA Y GRACIA DEL ESPÍRITU SANTO Y NACIÓ DE SANTA MARÍA VIRGEN es creer en el poder que ha desplegado Dios para salvarnos. El nacimiento virginal de Jesús es un signo viviente de que Dios nos renueva radicalmente y hace nuevas todas las cosas.
Finalmente rezamos el Ángelus o nos comprometemos a rezarlo en adelante. Puede salir a hacerlo alguien de los presentes.

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