ENCUENTRO PARROQUIAL MARTES 17.
LOS PREPARATIVOS DE CUANDO JESÚS VINO AL MUNDO:
SAN JUAN BAUTISTA

(Catecismo, números 522-524, considerando también los precedentes
sobre el misterio de Cristo)

Situémonos, como Juan Bautista (y como ahora veremos),
en “la Tienda del Encuentro”

Efectivamente, nos podríamos haber detenido más exhaustivamente en varios números del Catecismo anteriores al 522, desde el 487 o al menos desde el 512. No obstante, toda la temática ahí considerada tendrá que ir saliendo indudable y necesariamente en el devenir de nuestros encuentros parroquiales.
Así pues, centrándonos en los números 522-524, siguiendo por el último de nuestros temas, desde el Credo, cuando atendimos a que Jesucristo, Hijo único de Dios y Señor nuestro, fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo y Nació de Santa María Virgen, nos detenemos ahora en la figura de San Juan Bautista, el Precursor de Jesús, en el contexto de los preparativos de cuando Jesús vino al mundo y se dispuso a su ministerio público bautizándose en el río Jordán.

La llamada a la conversión

Si queremos resumir todo el Antiguo Testamento en una sola persona, esa persona es sin duda San Juan Bautista. Si queremos resumir todo el Antiguo Testamento en una sola palabra, esa palabra es sin duda, consecuentemente: “Convertíos”. Es una llamada gritada, apremiante, exhortativa, desgarrada y desgarradora. No es un mandato sino un reclamo amoroso de Dios Padre sintiéndonos sus hijos, haciéndonos saber que somos sus hijos. “Convertíos”, de parte de Dios quiere decir: “Volveos a mí” (y encontraros entre vosotros como hermanos).
¿Podrán ser para esto estos encuentros parroquiales, que para eso se llaman encuentros y no tanto para tramitar requisitos…)?
La llamada a la conversión es la que ya resonó así según el profeta Jeremías (3, 12): “Vuelve, Israel apóstata –oráculo de Yahvé–; no estará airado mi semblante contra vosotros, porque piadoso soy –oráculo de Yahvé–; no guardo rencor para siempre”.
Si hay alguien tan importante como desaprovechado en muchos casos, es sin duda San Juan Bautista. Lo primero que podemos destacar de él es que tal vez lo tengamos como desfigurado, siendo alguien bastante malinterpretado. No pocas veces nos lo han presentado (por ejemplo en películas sobre Jesús) como demasiado vociferante, gritó y hasta gruñón, alguien realmente extraño y hasta raro… ahí viviendo en el desierto y de esa guisa de mal vestido, mal alimentado, penitente, esenio, etc., un poco así como (proféticamente) loco en definitiva.

Una inmensa alegría

En nuestro acercamiento a la figura de San Juan bautista, empecemos por la anunciación de su concepción (Lc 1, 5-25). Encontramos desde ahí que Juan Bautista fue siempre alguien enmarcado o rodeado por una inmensa alegría, aún antes de que naciera. El evangelista Lucas afirma que el ángel Gabriel al anunciar el nacimiento de su hijo a Zacarías, padre de Juan, le dijo que este nacimiento sería para él gozo y alegría y que muchos se alegrarían de su nacimiento (cf. Lc 1, 14). La primera en alegrarse fue su madre, Isabel, una anciana estéril. Para una mujer judía la esterilidad era la vergüenza más grande, la peor de las humillaciones, una maldición de Dios. Isabel forma parte de las mujeres que experimentaron que un hijo es puro don de Dios, obra y prodigio de sus manos (cf. Sal 138, 13ss). Tanto Isabel como Zacarías eran los dos de avanzada edad (cf. Lc 1, 7), pero para Dios no hay nada imposible.

Resaltemos el sacerdocio de Juan y no sólo su profetismo

El Papa Benedicto XVI (en su libro La infancia de Jesús, Planeta, p. 29ss) señala de manera muy interesante y acertada cómo, antes que profeta, Juan era por sobretodo un sacerdote. El sacerdocio hebreo se transmitía por la sangre, por la pertenencia a la tribu de Leví. En efecto, dice el evangelista Lucas que Zacarías era sacerdote del grupo de Abías, e Isabel, su madre, era descendiente de Aarón (cf. Lc 1, 5). Juan era, por tanto, un sacerdote. Lo era en la línea de la divina y humanamente “entrañable misericordia de nuestro Dios” (Lc 1, 78). Y lo puntualiza así Benedicto XVI:

“Al decir que Juan no beberá vino ni licor (cf. Lc 1, 15), se le introduce también en la tradición sacerdotal. A los sacerdotes consagrados a Dios se aplica la norma: ‘cuando hayáis de entrar en la Tienda del Encuentro, no beberás vino ni bebida que pueda embriagar, ni tú ni tus hijos, no sea que muráis. Es ley perpetua para todas vuestras generaciones’ (Lv 10, 9). Juan, que se llenará de Espíritu Santo ya en el vientre materno (cf. Lc 1, 15), vive siempre, por decirlo así, ‘en la Tienda del Encuentro’, es sacerdote no sólo en determinados momentos, sino con su existencia entera, anunciando así el nuevo sacerdocio que aparecerá con Jesús”.

Todo esto quiere decir que en San Juan Bautista se prefigura el sacerdocio nuevo de Cristo, sumo y eterno sacerdote (según el rito de Melquisedec). En Juan se prefigura también nuestro sacerdocio común como bautizados cristianos, juntamente (y en primer lugar) con nuestra condición profética y regia (servicial) al pertenecer al nuevo pueblo de Dios que es la Iglesia.
El sacerdocio de Juan es como una bisagra que une el Antiguo y el Nuevo Testamentos. Se trata de un sacerdocio que comenzaba a ser distinto del acostumbrado hasta entonces, uno que empezaba a reconocer que los sacrificios en el templo no salvaban definitivamente al hombre, ya que el hombre no podía salvarse a sí mismo y que por tanto se abría a la esperanza de que vendría uno que sí pueda salvarnos y ese tendría que ser Dios mismo. Este sacerdocio, por tanto, era un nuevo comienzo, el comienzo de un sacerdocio esencialmente humilde y el de adorar a Dios en espíritu y en verdad (cf. Jn 4, 23).

De cómo se resalta en Juan la acción del Espíritu Santo
(que valdría decir el Bautismo y la Confirmación)

Juan, ya antes de nacer, en el vientre de su madre, es el primero en llenarse del Espíritu Santo (cf. Lc 1, 44). Cuando nació, la misma gente reconocía que “la mano del Señor estaba con él” (Lc 1, 66), hecho que se evidenciaba desde la consideración de que sus padres lo concibieron siendo ya ancianos. He aquí cómo lo resalta Benedicto XVI:

“Juan está por tanto en la gran estela de los que han nacido de padres estériles gracias a una intervención prodigiosa de Dios, para quien nada es imposible. Puesto que proviene de Dios de un modo particular, pertenece totalmente a Dios y, por otro lado, precisamente por eso está enteramente a disposición de los hombres para conducirlos a Dios”.

El desierto

Y siendo apenas un niño su espíritu se fortalecía y vivió en lugares desérticos (cf. Lc 1, 80). Juan, en consecuencia, es el primero que vuelve (se convierte) “al primer amor”, a la relación esponsal entre Dios y su pueblo en el desierto. Fue vuelto a enamorar por Dios en el desierto según lo anunciaban los profetas: “Por eso voy a seducirla; voy a llevarla al desierto y le hablaré al corazón” (Os 2, 16). En el desierto sola-mente se puede vivir de la gratuidad del amor de Dios. Allí no se puede sacrificar nada, no hay templos, no hay corderos ni becerros que ofrecer, no hay incienso, no hay cestos para colocar dinero (precisamente porque no hay dinero), etc. Allí se experimenta que Dios ama al hombre tal y como él es, sin que se le ofrezca nada para ser querido, sin que se le dé nada para obtener su favor, su misericordia.

El vestido y la comida (la forma o el estilo de vida)

Los evangelistas Marcos y Mateo nos cuentan un detalle que sería provechoso meditar y es que: “Tenía Juan su vestido hecho de pelos de camello, con un cinturón de cuero a su cintura, y su comida eran langostas o saltamontes y miel silvestre” (Mt 3, 4). El vestido de pieles y el ceñidor de piel eran generalmente el vestido de los profetas (cf. Za 13, 4) y sobretodo de Elías (cf. 2 Re 1, 8), profeta que se relaciona con Juan directamente puesto que estaba profetizado que antes que llegase el Mesías, Elías volvería (cf. Ml 3, 23; Mt 11, 14).

La Pascua

Pero en Juan también se prefigura el que habría de venir, el vástago del tronco de Jesé que menciona Isaías refiriéndose al Cristo (Mesías), cuya “justicia será el ceñidor de su cintura, verdad el cinturón de sus lomos”. Si Dios al instituir a su pueblo para la Pascua pide comer el cordero con la cintura ceñida (cf. Ex 12), se puede decir que Juan vivía siempre en Pascua, esperando “el paso” del Señor y podemos imaginar el gozo que debió experimentar cuando lo “vio” en el Jordán acercándose hacia él. Lo que había esperado toda su vida había llegado. Juan es el Precursor del Señor en justicia y verdad. Justicia porque “ajustó” su vida a la voluntad de Dios y verdad porque la anunció sin miedo hasta el final, lo que le costó incluso la vida, suponiéndole la muerte martirial.

El vellón

Es éste, el del vellón, un gran detalle. El trozo de la piel de un animal con sus pelos es lo que se conoce como un “vellón”. Nos paramos en esto resaltando dos aspectos: primero, que Juan viste con un vellón; y segundo (sobre el animal), que este vellón es un vellón de camello. Para tratar de interpretar este detalle tal vez convenga recordar la figura del juez Gedeón. Como todo juez, Gedeón es escogido para “salvar” al pueblo de Israel de la mano de sus enemigos. Pero ante la llamada de Dios Gedeón duda y pide a Dios un signo. Dios le concede “la prueba del vellón” (cf. Jue 6, 36-40). La prueba consistió en que Gedeón dejaría un vellón sobre el suelo y que al amanecer debía quedar mojado por el rocío sólo el vellón y el suelo tenía que permanecer totalmente seco. Dios lo hizo así; el vellón quedó empapado de rocío, tanto que Gedeón, cuando lo exprimió, llenó una jarra, habiendo quedado un suelo completamente seco. Luego, Gedeón pidió una última prueba: que quede seco ahora el vellón y que todo el suelo quede empapado de rocío. Y Dios así lo hizo.
San Ireneo de Lyon ha interpretado este pasaje diciendo que el vellón representa al pueblo de Israel, quien como pueblo de la promesa estaba empapado primero del rocío del Espíritu Santo pero que al rechazar al Mesías, luego quedaba seco y a su alrededor quedaban empapados los gentiles, nuevo pueblo de Dios que es la Iglesia. Otros Padres de la Iglesia han visto en el vellón la prefiguración de María, sobre la que cae el rocío del Espíritu de Dios, que es su Palabra que la fecunda y la hace concebir al Hijo del Altísimo (cf. Is 55, 10ss).
Consideremos además este otro detalle: El vellón prefigura también a Cristo. Relata el libro del Génesis que cuando Adán y Eva pecaron y se dieron cuenta de que estaban desnudos se cubrieron con hojas de higuera que simboliza la Ley, la cual, como dice San Pablo, lo único que realiza es hacer que nos demos cuenta de cómo somos impotentes para combatir contra el pecado, contra las fuerzas del mal. Pero Dios hizo para ellos unos sencillos abrigos de “piel”, es decir, unos vellones. Es el primer signo de la gratuidad y misericordia del amor de Dios como figura o anticipo de lo que Él haría más adelante. Sí, la ley sólo podría cubrir superficialmente; protegía de la intemperie, pero no curaba de raíz. Sólo la piel, sólo el vellón del “Cordero de Dios”, perdida por completo en su Pasión (cf. Sal 38, 8), podía revestir al hombre de una nueva condición humana (cf. Ef 4, 23ss; Rom 12, 12; etc.).
Juan Bautista es el último hombre vestido con un vellón. Es el último vestido con el vellón con que se vistió a Adán –que, según los rabinos, era blanco– como prefigura de los vestidos del nuevo Adán que se volvieron de un blanco fulgurante en su Transfiguración (cf. Mt 17, 2). Pero hay una diferencia entre Adán y el Bautista. En el Génesis no se especifica de qué animal era el vellón con que se vistió a Adán. En el caso de Juan, sí. Era el vellón de un camello. Dicen los Santos Padres que el camello es el único animal que “se inclina” de manera natural para ser montado y desmontado por su dueño. Esto es un signo de humildad. Como decíamos inicialmente, Juan es un sacerdote humilde. Es el sacerdote que sí reconoció a Cristo. Todos tenían expectativa en él, de que él fuera el Mesías. Hasta el mismo Jesús era, por decirlo así, discípulo suyo, porque iba “detrás” de él (cf. Jn 1, 15.30), pero Juan reconoce que Jesús existía antes que él por lo que convenía: que Jesús crezca y que él disminuya (cf. Jn 3, 30).

La pregunta de Jesús sobre el Bautista:
¿Qué salisteis a ver en el desierto? (Lc 7, 24)

Jesús lanza una pregunta sobre el Bautista, una pregunta que es muy actual para nosotros hoy, tanto jóvenes como mayores: “¿Qué salisteis a ver en el desierto?” (Lc 7, 24). ¿Qué veía la gente en Juan para seguirlo en masas?, ¿un hombre “elegantemente vestido”? ¡No! Los que visten así –señala Jesús– no viven en el desierto sino en los palacios. Los artistas a los que tanto siguen los jóvenes –que visten con jeans agujereados, como harapientos– no van como van porque sean sencillos o humildes, pues por lo general –y bien por lo general– viven como esclavos de la fama y sedientos de más dinero, siendo por tanto una mentira más. Pero en el caso de Juan el Bautista resulta que éste se muestra verdadero, auténtico, imitable si queremos, porque Juan el Bautista, lejos de disfrazarse, se vestía con la verdad. La gente vio en Juan coherencia, verdad, humildad, radicalidad, libertad, verdadera libertad, y alegría, verdadera alegría. Juan decía la verdad a la gente, lo cual, en principio, no parece que les resultara agradable, pero al fin y al cabo, la verdad, por más que no nos guste siempre hace que nuestro corazón descanse y se pueda afincar en ella. Juan no era esclavo de sus afectos.

Comiendo langostas (saltamontes) y miel silvestre

Juan se deleita en la ley del Señor (y, ¿en qué nosotros?). Juan come langostas porque no lo prohíbe la Ley (cf. Lv 11, 21ss), pero las come con miel porque eso es para él la Ley (cf. Ez 3, 3). Por eso se deleita como el salmista (cf. Sal 1, 2; 118, 1) y así es realmente dichoso, realmente feliz. Reconociendo que la Ley sólo era un medio, vio colmada su esperanza al “conocer” al Mesías. Su alegría se vio colmada al asistir y escuchar la voz del novio (cf. Jn 3, 29). Y al aceptar al Mesías como tal se hizo el más pequeño, incluso ofrendando su propia vida. Juan Bautista murió decapitado no sólo por decir la verdad, sino porque “vivía la verdad”. Haciéndose pequeño, “disminuyendo” se convirtió en “el más grande entre los nacidos de mujer” (cf. Lc 7, 28), como dice Jesús de él, pero añadiendo que el más pequeño en el Reino de los Cielos es más grande que Juan; pero, eso ya es otra historia, que consideraremos o iremos considerando en su momento, en adelante.
Por hoy, hasta aquí hemos llegado. Buenas noches, que Dios nos bendiga.

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