ENCUENTRO PARROQUIAL MARTES 22 DE DICIEMBRE.

LLEGAR AL CONOCIMIENTO DE LOS MISTERIOS DE CRISTO
PARA VIVIRLOS EN SU PLENITUD (I):
EL BAUTISMO DEL SEÑOR
(Cf. Catecismo, 535-537 y 1223-1225)

ENCUENTRO PARROQUIAL

(Martes 22 de diciembre de 2015)

Consideración desde la Fiesta del Bautismo del Señor

Bautizo-Jesus-1b

Lectura del Santo Evangelio según San Mateo 3, 13-17

Entonces aparece Jesús, que viene de Galilea a donde Juan, al Jordán, para ser bautizado por él. Pero Juan trataba de impedírselo diciendo: “Soy yo el que necesita ser bautizado por ti, ¿y tú vienes a mí?”. Jesús le respondió: “Déjame ahora, pues conviene que así cumplamos toda justicia”.
Entonces Juan le bautizó. Luego Jesús salió luego del agua; y entonces se abrieron los cielos y vio al Espíritu de Dios que bajaba sobre él en forma de paloma. Y una voz que salía de los cielos decía: “Este es mi Hijo amado, en quien me complazco”.

El bautismo de Jesús en el Jordán, por la actuación de Juan el Bau¬tista, es el primer acto público de la vida de Jesús iniciando su ministerio público. Esta simple obser¬vación nos sugiere que ya está aquí contenido, en ger¬men, lo que será el desarrollo completo de su vida. En cierto sentido está expresado aquí el misterio completo de Cristo, tal como es resumido por San Pablo en su Carta a los Filipenses (2, 5-11): “Cristo, siendo de condición divina… se despojó de su rango tomando la condición de siervo… se humilló a sí mismo obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz. Por eso Dios lo exaltó y le otorgó el Nombre que está sobre todo nombre…” (Fil 2, 5-11).
El Hijo de Dios se hizo hombre verdadero, “igual a noso¬tros en todo menos en el pecado” (Heb 4, 15). En el pecado no, pero sí en la condición del hombre pecador, es decir, víctima de la fatiga, del dolor, del hambre y la sed, y sobre todo de la consecuencia más extrema del pecado: la muerte. Pero ese abajamiento fue un “sacrificio” grato a Dios y obtuvo para todo el género humano la reconciliación. Así había sido anun¬ciado muchos siglos antes por el profeta Isaías (53, 11-12): “Por su amor justificará mi Siervo a muchos y las culpas de ellos él soportará… indefenso se entregó a la muerte y fue conta¬do entre los impíos, mientras él llevaba el pecado de muchos e intercedía por los pecadores”.
El bautismo de Juan el Bautista era un baño de agua (inmersión) en el Jordán, un baño que se hacía confesando los pecados. El mismo Juan predica: “Yo os bautizo con agua para conversión”. Había que reconocer la propia condición de hombre pecador y someterse a este rito de penitencia con la intención de morir a la vida de pecado, con la intención de convertirse. Pero la liberación verdadera del pecado no era posible mientras no viniera el que había de espiar nuestros pecados con su muerte en la cruz. Juan lo reconoce cuando, indicando a Jesús, dice: “Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”. La muerte de Jesús en la cruz ha dado eficacia al Bautismo cristiano, del cual el bautismo de Juan no era más que un símbolo: “Yo bautizo con agua… él os bautizará con el Espíri¬tu San¬to”. Por eso cuando Jesús se presenta a Juan para ser bauti¬za¬do, éste “trataba de impedírselo diciendo: Soy yo el que necesita ser bautizado por ti”.
La insistencia de Jesús para bautizarse, como dijimos, indica lo central de su misión: “Déjame ahora, pues conviene que así cumplamos toda justicia”. Entrando en el bautismo de Juan, Jesús fue contado entre los pecadores. De esta manera este hecho es un símbolo del sacrificio en la cruz. En la cruz Cristo también fue contado entre los pecadores; en efecto, “junto con Él crucificaron a dos malhechores, uno a la dere¬cha y otro a la izquierda”. Pero sobre todo, porque Él, aunque no conoció pecado, asumió sobre sí el salario o consecuencia del pecado que es la muerte en cuanto condena. El mismo Jesús lo había advertido a sus apóstoles: “Es necesario que se cumpla en mí esto que está escrito: He sido contado entre los malhechores” (Lc 22, 37). Es una frase similar a la que dijo en su bautismo: “Es necesario que se cumpla toda justicia”.
El bautismo de Jesús en el Jordán es así un símbolo y el primer anuncio de su muerte en la cruz. Hemos dicho que el bautismo era un rito penitencial, es decir, en cierto sentido, expiatorio por el pecado, como eran los sacrificios, en los cuales mediaba la muerte de la víctima. Era, por tanto, de esperar que “el bautismo para penitencia” se aso¬ciara a la muerte expiatoria por el pecado y se usara como una metáfora de ella. Así lo comprende el mismo Jesús, como se deduce de la pregunta que pone a los hermanos Santiago y Juan: “¿Podéis ser bautizados con el bautismo con que yo voy a ser bautizado?” (Mc 10, 38). Y en otro lugar expresa su deseo de llevar a término su misión con estas palabras: “Tengo que ser bautizado con un bautismo y ¡qué angustiado estoy hasta que se cumpla!” (Lc 12, 50). También aquí, en el bautismo de Juan, después de su humillación y obediencia, Jesús es exaltado por la voz del Padre que dice: “Este es mi Hijo amado en quien me complazco”.
Los Evangelios son constantes en afirmar que con ocasión del bautismo de Jesús Él fue confirmado como el Ungido por el Espíritu Santo. Los Evangelios precisan que esto no fue un “efecto” del bautismo de Juan, pues no ocurrió mientras Jesús estaba en el agua, sino una vez que “Jesús salió del agua”. El don del Espíritu será un efecto del bautismo instituido por Jesús, pues Él es quien “bautiza en Espíritu Santo”.
El relato continua: “Una voz que salía de los cielos decía: ‘Este es mi Hijo amado en quien me com¬plazco’”. Esta voz se dirige a todos para manifestar a Jesús como el Hijo de Dios. Es pues una epifanía. Es claro que la voz del cielo repite el oráculo de Isaías sobre el Siervo de Yahvé, pero se da el tremendo paso de sustituir “siervo” por “Hijo”. En lugar de decir “mi siervo”, Dios Padre se refiere a Jesús llamándolo “mi Hijo amado”.
En realidad, sometiéndose al bautis¬mo de Juan, Jesús lo recibe no para su propia purificación, sino corno signo de solidaridad redentora con los pecadores. En su gesto bautismal está implícita una intención redentora, resaltándose que Él es “el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo” (Jn 1, 29).
En el bautismo en el Jordán, Jesús no sólo anuncia el compromiso del su¬frimiento redentor, sino que también obtiene una efusión especial del Espíri¬tu, que desciende en forma de paloma, es decir, como Espíritu de la reconcilia¬ción y de la benevolencia divina. Este descenso es preludio del don del Espíritu Santo, que se comunicará en el bau¬tismo de los cristianos. Además, una voz celestial proclama: “Tú eres mi Hijo amado, en ti me com¬plazco” (Mc 1, 11). Es el Padre quien re¬conoce a su propio Hijo y manifiesta el vínculo de amor que lo une a Él. En realidad, Cristo está unido al Padre por una relación única, porque es el Verbo eterno “de la misma naturaleza del Padre”. Sin embargo, en virtud de la filia¬ción divina conferida por el bautismo, puede decirse que para cada persona bautizada e injertada en Cristo resuena aún la voz del Padre: “Tú eres mi hijo amado”. En el bautismo de Cristo se encuentra la fuente del bautismo de los cristianos y de su riqueza espiritual (Juan Pablo II. Catequesis del 1 de abril, 1998).
Por el bautismo, el cristiano se asimila sacramentalmente a Cristo, que anticipa en su bautismo su muerte y su resurrección: el cristiano está llamado a entrar en este misterio de rebajamiento humilde y de arrepentimiento, descender al agua con Jesús, para subir con Él, renacer del agua y del Espíritu para convertirse –en el Hijo– en hijo amado del Padre y así “vivir una vida nueva”.

DEL BAUTISMO DE CRISTO AL TESTIMONIO CRISTIANO

“Todo lo que aconteció en Cristo nos enseña que después del baño de agua (bautismal), el Espíritu Santo desciende sobre nosotros desde lo alto del cielo y que, adoptados por la Voz del Padre, llegamos a ser hijos de Dios” (San Hilario).

“Bautizados en Cristo y revestidos de Cristo, habéis llegado a ser conformes al Hijo de Dios. Dios, que nos ha predestinado a la adopción, nos ha vuelto semejantes al Cuerpo Glorioso de Cristo. Salidos del baño, habéis recibido el crisma, símbolo y prenda de la unción con la que fue ungido Cristo. Esta unción es el Espíritu Santo del que el profeta Isaías, hablando en nombre del Señor dice ‘El Espíritu Santo está sobre Mí. Me ha enviado para dar la buena noticia a los pobres’” (San Cirilo de Jerusalén).

“Considera donde eres bautizado, de donde viene el Bautismo: de la cruz de Cristo, de la muerte de Cristo. Ahí está todo el misterio: El padeció por ti. En él eres rescatado, en él eres salvado” (San Ambrosio).

“Enterrémonos con Cristo por el Bautismo, para resucitar con él; descendamos con él para ser ascendidos con él; ascendamos con él para ser glorificados con él” (San Gregorio Nacianceno).

ORACIÓN
(En la Fiesta del Bautismo del Señor)
Porque el bautismo hoy empieza
y él lo quiere inaugurar,
hoy se ha venido a lavar
el Autor de la limpieza.
Aunque es santo y redentor,
nos da ejemplo singular:
se quiere hoy purificar
como cualquier pecador.
Aunque él mismo es la Hermosura
y no hay hermosura par,
hoy quiere al agua bajar
y hermosear nuestra basura.
Nadie lo hubiera pensado:
vino el pecado a quitar,
y se hace ahora pasar
por pecador y pecado.
Gracias, Bondad y Belleza,
pues te quisiste humillar
y no te pesó lavar
tu santidad y pureza.
Amén.

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