CONVERTÍOS, PORQUE EL REINO DE LOS CIELOS HA LLEGADO

ENCUENTRO PARROQUIAL

(Martes 12 de enero de 2016)

Tendríamos que proceder ahora, en una serie de encuentros o catequesis considerando los números 541-570, o incluso hasta el 594, del Catecismo. Pero vamos a proceder siguiendo los Evangelios, para continuar en su momento con el misterio de la muerte y resurrección del Señor, también desde los Evangelios.

Proclamación del Santo Evangelio según San Mateo (4, 12-17)

Cuando Jesús oyó que Juan estaba preso, volvió a Galilea; y dejando Nazaret, vino a residir en Cafarnaúm, junto al mar, en los confines de Zabulón y Neftalí, para que se cumpliera lo dicho por el profeta Isaías [8, 23 – 9, 1]:

Tierra de Zabulón y tierra de Neftalí,
camino del mar, al otro lado del Jordán,
Galilea de los gentiles;
el pueblo que habitaba en tinieblas
vio una gran luz;
a los que habitaban en sombras de muerte
una luz les brilló.

Desde entonces comenzó Jesús a predicar y a decir: “Convertíos, porque el Reino de los Cielos ha llegado”.

COMENTARIO O CATEQUESIS

Al resaltar San Mateo la presencia de Jesús en Galilea, destaca el cumplimiento de la gran profecía mesiánica de Isaías: Jesús es la luz que brilla en las tinieblas. A un país, zona o situación sin verdaderos horizontes de esperanza o demasiado desengañado, viene Jesús con renovada ilusión y avivando esperanzas.
Y eso, ¿cómo la hace? Pues lo hace anunciando y haciendo presente el Reino de los Cielos o Reino de Dios, rememorándole al pueblo aquella antigua situación de Israel que le hizo tan feliz por tener a Dios en el centro de todo. Jesús viene a decirle que de Dios sólo se puede esperar alegría de vivir. Y un devenir histórico justo, en paz y bienestar feliz, con liberación de todos los males. Esto –y no otra cosa– es lo que anuncia Jesús.
Ante esta alternativa que vuelve a darse (digamos que una y otra vez, como también aquí entre nosotros esta noche), Jesús pide un cambio radical de categorías, un cambio que viene expresado como “conversión”. Este cambio empieza si te decides en el seguimiento de Jesús. “Sígueme”. ¿No es así como suena la invitación de cualquiera que nos quiera atraer a su propuesta? Pero esto ya forma parte del relato y de la catequesis del próximo día.
El caso es que con la palabra “conversión” hemos de entender mucho más la adhesión a un proyecto y no tanto unas renuncias. O en todo caso, la conversión empieza haciéndonos renunciar a la tristeza, a la desazón, al decaimiento…
Hay que tener en cuenta que en vez de “reino” (término más estático) puede hablarse, en sentido más dinámico, de “reinado”, siendo un reino o reinado en el que todo hombre puede verse libre de toda esclavitud, empezando ciertamente por la esclavitud del pecado.
La buena noticia o evangelio que traemos hoy es que el Reino de Dios ha comenzando o está plenamente operativo ya, desde que el Hijo de Dios, Jesús, vino al mundo, en obediencia y cumplimiento de la voluntad de Dios, el Padre, habiendo sido ungido para ello con la fuerza del Espíritu Santo.
Con Jesús –y donde de verdad esté Jesús– habrá justicia y paz, reconciliación y misericordia, es decir, los frutos de la conversión.
Signo o señal de la presencia actuante del Reino de Dios en el mundo es la Iglesia. Reino e Iglesia no se identifican, pero la Iglesia es señal de que el Reino ha llegado. Evidentemente, se trata de una Iglesia que, con Jesús y como Jesús, llama a la conversión y está siempre en proceso de conversión. Nos quede claro que la Iglesia no está en el mundo para ser poderosa o para ser instrumento del que se valgan los poderosos. La Iglesia es (sólo sacramentalmente) indicativa del Reino o Reinado de Dios, pero la Iglesia no es el Reino de Dios, aunque en muchos momentos de la Historia o en algunas circunstancias, ya hasta estructuralmente, haya tenido o tenga la tentación de creérselo, de presentarse así o de ser percibida así. Si la cruz de Cristo es la que guía y preside, no hay cabido para el triunfalismo, ni para imponerse…
Resaltemos también que el texto evangélico para nuestro encuentro parroquial de hoy, al comienzo del ministerio y de la predicación de Jesús, nos enseña que las circunstancias son las que nos ayudan a discernir la voluntad de Dios en nuestras vidas. Se ve en el pasaje que hemos proclamado cómo Jesús encuentra en este momento de su vida la voluntad del por medio de las circunstancias, consideradas desde el mensaje y la obra de Juan el Bautista. Jesús, recientemente, se había hecho bautizar por el Bautista, habién-dose resaltado en ese hecho que estaba en juego la voluntad divina. Pero ahora (consi-derando el relato de las tentaciones de Jesús en el desierto), Jesús perfila o precisa mejor sus opciones, lo que tiene que hacer: se hará rabí itinerante recogiendo la antorcha for-zósamente abandonada por Juan, considerando también que no ha de establecerse a ori-llas del Jordán sino a orillas del mar de galilea, en Cafarnaúm. ¿Por qué? Porque las gentes (gentiles) del norte y de Galilea son las gentes apartadas, alejadas, periféricas, abandonadas (como ovejas sin pastor)…
¿En qué se parecían aquellos de Neftalí y de Zabulón a nosotros? Pues en que aquellos se habían paganizado (y tenían que convertirse), porque de judíos sólo tenían ya el nombre y algunas tradicioncillas. Y a nosotros, a muchos cristianos del siglo XXI, nos pasa igual, que somos cristianos un poquito sociológicamente hablando, un poquito sacramentalistas, un poquito en cuanto cristianos tradicionales o culturalmente hablando (ciertamente con muchísima ignorancia religiosa, cada vez más por desgracia), de modo que de cristianos puede que no tengamos ya más que el nombre, sin que realmente lo seamos. Por eso hade resonar hoy en nosotros esta llamada de Jesús: “Convertíos, porque os llega el Reino de Dios”. Es algo que se te dice para que te cambie la vida, no para obtener un papelito de trámite burocrático presacramental… El anuncio del Reino ha de ser hecho a todos, al mundo entero, pues es universal, no para una sola raza o nación… Una de las intenciones que San Mateo se propone o que caracteriza su Evangelio es la de incluir y no excluir: para que nadie se sienta excluido o extraño y para que todos, si quieren, se sientan incluidos, con una libre identidad y en comunión. No es cosa de recluirse o retirarse al modo esenio sino de abrirse y marchar al modo misionero. Es lo que el Papa Francisco nos dice: “Quiero, o hace falta, una Iglesia en salida”, no sólo de puros y ortodoxos, donde quepan todos. La Iglesia, como Jesús o igual que Jesús, quiere que su mensaje alcance a todo el mundo y en cualquier situación que cada cual se encuentre. Por eso ha de lanzarse a nuevas propuestas, no cambiando el fondo o el contenido perenne del mensaje sino la manera de presentarlo o de predicarlo. De los modos de Juan pasa el Evangelio a los modos de Jesús.
Así pues, Jesús deja (por el momento) Judea y se va a Galilea; deja también el rito bautismal, no dedicándose a él (esperando a que vengan) sino que se hace itinerante, yendo al encuentro de la gente, siendo lo mejor para ello salir a las encrucijadas de los caminos, a los cruces por donde la gente transita (y a los nuevos areópagos, como hará san Pablo). Dejando Jesús a los puros u obsesionados (eseniamente) con la pureza, va al encuentro de los que tienen ya perdido todo sentido de pureza o de observancia; Jesús deja a los “practicantes” y se va hacia “los no practicantes”, a sabiendas de que en todo bando están los pecadores y los necesitados de salvación. ¿Quién se verá afectado hoy por el mensaje evangélico de salvación? ¿Los de más por dentro o aparentemente cercanos? ¿Los de más por fuera o aparentemente alejados? En todo caso, este Evangelio que hemos proclamado hoy nos invita a llevar luz allí donde la fe es más precaria. ¿No nos está diciendo Jesús que vayamos a predicar a quien más lo necesita, sin tener que apartarnos, salvo para rezar, del bullicio o del trasiego de la gente? ¿No es éste el sentido que tienen nuestros encuentros parroquiales?

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