Encuentro Parroquial (martes 29 de marzo de 2016)
Jesús cura a un leproso (Mt 8, 1-4)

8, 1: Cuando Jesús bajó del monte, le seguía mucha gente.

Así sigue el Evangelio según San Mateo tras el relato del Sermón de la Montaña.

8, 2a: En esto, se acercó un leproso y se postró ante él.

¿Fue un acto de adoración? ¿Tal vez un gesto de homenaje?

8, 2b: Y le dijo: Señor, si quieres, puedes limpiarme

Independientemente de otros textos bíblicos sobre leprosos, sobre los que aquí no nos detenemos por razón de ser muy concretos, lo resaltable es que el leproso de este episodio tenía plena confianza en el poder de Jesús. Para él la única cuestión era si Jesús estaría dispuesto a limpiarlo. En todos los textos del Nuevo Testamento que se refieren a la lepra sólo uno usa la palabra sanar, el de Lc 17, 15. Los demás dicen limpiar. La inmundicia de la lepra causaba mucho sufrimiento porque los leprosos estaban aislados de toda actividad social y religiosa; por eso, la limpieza era una total bendición, la que más se podía agradecer.

8, 3a: Jesús extendió la mano y le tocó.

La gente no tocaba a los leprosos para no quedar inmundos, contaminados o impuros (cf. Lv 13, 46), de modo que no era fácil poder prestar ayuda a un leproso. Jesús sí mostró su total ayuda, incluso tocando (¿abrazándolo como siglos después hiciera San Francisco? Jesús no quedó afectado por la lepra sino que limpió al leproso.
Y así…

8, 3b: Le dijo Jesús: Quiero, queda limpio.

La palabra quiero no sólo indica que Jesús estaba dispuesto a hacerlo, sino también que era voluntad suya hacerlo, una voluntad compasiva y misericordiosa, realmente humana…

8, 4a: Entonces Jesús le dijo: Mira, no se lo digas a nadie.

A Jesús le sobraba fama y no quería que ésta aumentara. En los textos paralelos, por ejemplo en Mc 1, 45 se insiste en ello. Jesús no quería un exceso de entusiasmo entre la gente, porque esto provoca siempre a los políticos y gobernantes, los exalta y los tergiversa en sus intereses, provocando envidia, maldad, manipulación, poderes…
Jesús había venido a morir, a dar la vida, pero no de manera precipitada sino en su momento, cuando su enseñanza se viera cumplida, cuando su ministerio público se completara…
Jesús no quería que la gente pensara sólo en milagros, sino que llegara a conocer su ser el Hijo de Dios, que es en lo que consiste la fe verdadera, la que sana el corazón…

8, 4b: Vete –le dijo al leproso–, muéstrate al sacerdote y presenta la ofrenda que ordenó Moisés (Lv 14, 1-32), para que les sirva de testimonio.

Era muy importante que el hombre cumpliera con la ley respecto a la lim-pieza de la lepra. Jesús insistió en que sus discípulos guardaran la ley (lo enseñó en el Sermón de la Montaña: Mt 5, 17-20). También era importante que el hombre tuviera el certificado de limpieza que (legalmente) sólo el sacerdote podía darle. Además, tal certificado confirmaría el milagro hecho por Jesús.

La lepra

La enfermedad de la lepra convierte el ser humano en una muestra físicamente ruinosa y horrible a la vista, durante mucho tiempo. Puede comenzar por pequeños nódulos que terminan ulcerándose. Estas úlceras producen un líquido de aspecto desagradable y se van agrandando. Se caen las cejas. Los ojos asumen un aspecto fantasmal, como si nunca dejaran de mirar fija y horriblemente a los demás. Se ulceran las cuerdas vocales, la voz se vuelve afónica y la respiración sibilante. Poco a poco el enfermo se convierte en una sola masa de excrecencias ulcerosas. Este tipo de lepra, termina con el enfermo en unos nueve años, al final de los cuales se pierde la razón, el paciente entra en coma y finalmente muere. La lepra puede comenzar con la pérdida de la sensibilidad en cualquier parte del cuerpo. En este caso la afección ha atacado los nervios. Poco a poco los músculos del cuerpo se desintegran, los tendones se contraen hasta que las manos adquieren el as-pecto de garras o pezuñas. Siguen las ulceraciones en las manos y en los pies y la pérdida progresiva de los dedos de ambos. Por último van perdiéndose las manos y los pies enteros, hasta que sobreviene la muerte. La duración de esta clase de lepra es de entre 20 ó 30 años. Es una especie de muerte horrenda, en la cual el hombre muere pulgada a pulgada, poco a poco, de manera lenta y dolorosa, de manera también muy humillante y en abandono…

Pensemos en el abrazo al leproso… y en nosotros al respecto…, con el ejemplo de San Francisco… Otros ejemplos célebres son los del P. Damián de Molokai, o de Raoul Follereau, etc.

Los leprosos estaban obligados a distanciarse. Pensemos, sin embargo en el del evangelio, en su confianza, en Jesús acercándose… Pero pensemos que Jesús no se queda a lo lejos…, no se distancia…

Estar leproso equivalía a estar ya anticipadamente muerto. Cuando se diagnosticaba lepra, el enfermo era instantánea y automáticamente excluido de toda sociedad humana: “Todo el tiempo que la llaga estuviere en él será inmundo; estará impuro y habitará solo; fuera del campamento será su morada” (Lv 13, 46). El leproso debía vestirse con harapos, usar el cabello despeinado, con el labio superior cubierto por una banda, y mientras caminaba debía gritar todo el tiempo: “Impuro, impuro” (Lv 13, 45). En tiempos de Jesús, los leprosos no podían entrar en Jerusalén, ni en ninguna ciudad amurallada, sino permanecer en las afueras y lejos… En las sinagogas (también en las iglesias medievales rurales) había una pequeña habitación aislada de tres metros de alto y dos de lado, llamada mechitsah, o cuevas… desde las que participar, aislados, en las liturgias.
Sólo con que un leproso introdujera la cabeza en una casa, ésta quedaba contaminada desde los cimientos hasta las vigas del techo, convertida en no habitable, en maldita. Aun en un lugar abierto era ilegal saludar a un leproso, y nadie podía acercarse a más de cuatro codos (unos dos metros) del leproso; pero si el viento soplaba del lado donde estaba el leproso, éste debía mantenerse a no menos de 50 metros de distancia. Un rabí ni siquiera hubiera comido un huevo comprado en una calle por la que había pasado un leproso. Otro rabí se jactaba de que arrojaba piedras a los leprosos para que no se le acercaran. Otros se escondían o salían corriendo cada vez que veían un leproso incluso lejos. Nunca ha habido una enfermedad que separara a un hombre de sus semejantes como la lepra. Y este hombre fue el que Jesús tocó. Para un judío la frase más extraordinaria de todo el Nuevo Testamento probablemente tenga que ver con la del evangelio que hemos leído: “Jesús extendió su mano y tocó al leproso”.

Ahora piensa en lo que más te repugna: ¿lo abrazarías? ¿Cómo?
En Lc 5, 12, se habla no del leproso sino del hombre lleno de lepra, es decir, leproso total…
Ante lo incurable… actuar con misericordia, sin asquearse de nada. ¿Qué o cuanto hay a nuestro alrededor que sea realmente un asco?
A partir de esta catequesis ya no deberíamos de asquearnos de nada, de nadie. Confirmar nuestra fe es confirmarnos en una misericordia así, porque si no, ¿para qué?
La misericordia es más que la ley, por muy santa que ésta sea.
Recalca el evangelio que la lepra de aquel hombre desapareció al instante. Este enfermo no mejoró un poco sino que se curó del todo: de lleno de lepra a lleno de salud.
Lo más maravilloso es que aquel hombre podía volver a relacionarse, a reencontrarse con su familia, con sus amigos, con la comunidad…
¿Cómo no se lo iba a contar a nadie?
¿Qué vino a traer Jesús a este mundo? ¿Acaso no es, por sobre todo, sanar y transformar el corazón?

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