ENCUENTRO PARROQUIAL
(Martes 5 de abril de 2016)

Jesús tomó nuestras flaquezas y cargó con nuestras enfermedades
Mt 8, 5-17

Proclamación del Santo Evangelio según San Mateo (8, 5-17)

Al entrar Jesús en Cafarnaúm, se le acercó un centurión y le rogó diciendo: “Señor, mi criado yace en casa paralítico con terribles sufrimientos”. Jesús le dice: “Yo iré a curarle”. Replicó el centurión: “Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo; basta que lo digas de palabra y mi criado quedará sano. Porque también yo, que soy un subalterno, tengo soldados a mis órdenes, y digo a éste: ‘Vete’, y va; y a otro: ‘Ven’, y viene; y a mi siervo: ‘Haz esto’, y lo hace”. Al oír esto Jesús quedó admirado y dijo a los que le seguían: “Os aseguro que en Israel no he encontrado en nadie una fe tan grande. Y os digo que vendrán muchos de oriente y occidente y se pondrán a la mesa con Abrahán, Isaac y Jacob en el reino de los Cielos, mientras que los hijos del Reino serán echados a las tinieblas de fuera; allí será el llanto y el rechinar de dientes”. Y dijo Jesús al centurión: “Anda; y que te suceda como has creído”. Y en aquella hora sanó el criado.
Al llegar Jesús a casa de Pedro, vio a la suegra de éste en cama, con fiebre. Le tocó la mano y la fiebre la dejó; y se levantó y se puso a servirle.
Al atardecer, le trajeron muchos endemoniados; él expulsó a los espíritus con una palabra, y curó a todos los enfermos, para que se cumpliera lo dicho por el profeta Isaías: Él tomó nuestras flaquezas y cargó con nuestras enfermedades.

Comentamos o reflexionamos

El texto del evangelio que hoy nos toca (típico en la liturgia de la unción de los enfermos y que no está de más tenerlo en cuenta desde un punto de vista castrense) sigue describiendo las actuaciones o hechos de Jesús para mostrarnos su Ley, tal como proclamó en las bienaventuranzas y en el conocido como sermón de la montaña. Después de la curación-limpieza del leproso (de Mt 8, 1-4, que veíamos el pasado día), vemos hoy estas otras curaciones.

VV 6-7: La demanda del centurión y la respuesta de Jesús:
Al analizar los textos del evangelio, es oportuno prestar atención siempre a los pequeños detalles. El centurión es un pagano, un extranjero. No pide nada, sino que apenas informa a Jesús que su empleado está enfermo y que sufre horriblemente. Detrás de esta actitud de la gente ante Jesús está la convicción de que no era necesario pedirle las cosas. Bastaba con exponerle el problema. Y Jesús se ocupaba de lo demás y de la res-puesta que hubiera de dar. ¡Actitud de ilimitada confianza! De hecho, la reacción de Jesús es inmediata: “¡Yo iré a curarle!”

V. 8: La reacción del centurión.
El centurión no esperaba un gesto tan inmediato y tan generoso. No esperaba que Jesús fuera hasta su casa. Jesús te da siempre más de lo que te esperas o te mereces. Y desde su experiencia como capitán saca un ejemplo para expresar la fe y la confianza que tenía en Jesús. Dice: “Señor, yo no soy digno de que entres bajo mi techo; basta que lo digas de palabra y mi criado quedará sano (consideremos cómo la Iglesia recoge esta expresión en la liturgia eucarística previamente a la comunión). Porque también yo, que soy un subalterno, tengo soldados a mis órdenes, y digo a éste: ‘Vete’, y va; y a otro: ‘Ven’, y viene; y a mi siervo: ‘Haz esto’, y lo hace”. Esta reacción de un extranjero ante Jesús revela cómo era la opinión del pueblo respecto a Jesús. Jesús era alguien en el cual podían confiar y que no rechazaría a aquel que recurriese a él o que le revelase sus problemas. Es ésta la imagen de Jesús que el evangelio de Mateo nos comunica hasta hoy a nosotros, sus lectores y lectoras del siglo XXI. ¿Nos damos cuenta?

VV. 10-13: El comentario de Jesús:
El oficial quedó admirado con la reacción de Jesús y Jesús quedó admirado con la reacción del oficial: “Os aseguro que en Israel no he encontrado en nadie una fe tan grande”. Y Jesús previó aquello que estaba aconteciendo en la época en que Mateo escribía su evangelio: “Y os digo que vendrán muchos de oriente y occidente y se pondrán a la mesa con Abrahán, Isaac y Jacob en el reino de los Cielos, mientras que los hijos del Reino serán echados a las tinieblas de fuera; allí será el llanto y el rechinar de dientes”.
El mensaje de Jesús, la nueva o renovada Ley de Dios proclamada en el llamado Monte de las Bienaventuranzas es una respuesta a los deseos más profundos del corazón humano. Los paganos o alejados sinceros y honestos como el centurión y tantos otros que vinieron de Oriente o de Occidente, perciben en Jesús una respuesta a sus inquietudes y le acogen. El mensaje de Jesús no es, en primer lugar, una doctrina o una moral, ni tampoco un rito o un conjunto de normas, sino una experiencia profunda de Dios que responde a lo que el corazón humano desea y necesita. Si hoy muchos se alejan de la Iglesia o van hacia otras religiones o a otras propuestas (o a ninguna), ¿puede que la culpa o responsabilidad no siempre sea de ellos, sino que puede ser de nosotros, los de dentro, que no sabemos vivir ni irradiar el mensaje de Jesús?

VV. 14-15: La curación de la suegra de Pedro.
Jesús entró en la casa de Pedro y curó a su suegra. Estaba enferma. En la segunda mitad del siglo I, cuando escribe San Mateo, la expresión “Casa de Pedro” es una evocación de la Iglesia, construida sobre la roca que era Pedro. Jesús entra en esta casa y cura a la suegra de Pedro: “Le tocó la mano y la fiebre la dejó; y se levantó y se puso a servirle”. El verbo usado en griego es diakonein, servir. Una mujer se vuelve diaconisa en la Casa de Pedro. Era lo que estaba ocurriendo en aquel tiempo. En su Carta a los Romanos (16, 1), San Pablo menciona a la diaconisa Febe de la comunidad de Cencreas. ¿No tenemos mucho que aprender de los primeros cristianos?
De la suegra de Pedro no sabemos su nombre, ni tampoco de su esposa. ¿Quiénes eran? Hemos visto cómo Jesús curó a la suegra de Pedro. ¿Qué sabemos de esta mujer?
Por el apóstol San Pablo (1 Cor, 9, 5) sabemos que la esposa de Pedro, ayudándole, le acompañaba en algunos de los viajes misioneros. No tenemos mucha información de ella, pero vemos que era una fiel compañera de Pedro y verdadera creyente, ya que le acompaña en sus viajes misioneros. Si no tuviera la misma fe y deseo de dar a conocer el evangelio se quedaría en su casa o hasta se hubiera desentendido de su esposo.
Cuando el apóstol Pedro escribió sus dos epístolas y describió el ideal de mujer y de esposa (1 Pe 3,1-8), ¿se inspiró en el ejemplo de su esposa? Le daba más importancia al espíritu afable y apacible, en lugar de un vestuario lujoso. Quizás por estos versículos y por no hablar mucho de ella, podemos decir que era una mujer que estaba entre cortinas, en secreto, ayudando y apoyando a su marido y siendo ejemplo a otras mujeres en las iglesias que visitaban, o quizás enseñando a las más jóvenes.
La tradición dice que Pedro y su esposa murieron mártires en Roma y que ella murió primera, y cuando la sacaban para morir, Pedro la consolaba diciéndole: “Acuérdate del Señor”. Y cuando le llegó a Pedro su turno de morir, les suplicó a los verdugos que lo crucificaran bocabajo porque se sentía indigno de morir como su Señor.
Ahora reflexionemos un poco sobre la suegra de Pedro, que al igual que su hija no sabemos cómo se llamaba. Veamos un poco el contexto de la situación. Jesús con Pedro y sus discípulos más cercanos había estado en la sinagoga de Cafarnaúm. La reunión y celebración de sábado en la sinagoga acababa a mediodía y luego se comía en comunión familiar o de hermanos, en casa con la familia. La comida fue en la cercana casa de Pedro (lo que no deja de ser muy simbólico).
Acababan de presenciar el milagro del centurión. Ahora le ruegan por la suegra de Pedro. Lucas que era médico nos dice que tenía una fiebre muy severa, muy alta, y cuando hay fiebre es que hay una infección que la produce. Ellos quieren que Jesús haga algo, reconociendo el poder que tenía y que acababan de presenciar en la sinagoga.
Los judíos estrictos y los fariseos ultra-observantes se levantaban cada día diciendo: “Te doy las gracias oh Dios porque no soy un esclavo, ni un gentil, ni una mujer”.
Diciéndolo resumidamente, Jesús curó a la suegra de Pedro. Y como respuesta de gratitud hacia Jesús, ¿qué hizo ella? Se levantó y se puso a servirle. No perdió el tiempo sino que se ocupó de la tarea de servir. La mejor o más honda reflexión, tato si eres mujer como si eres hombre, es que, cuando te deje no ya la fiebre, una fiebre cualquiera, sino el pecado que tanto te afecta, te pongas a servir al Señor y al prójimo que te necesita.
En cuanto a las tareas de la mujer, en la sociedad y en la Iglesia, en nuestra época global y de igualdad, algún día volveremos sobre el particular.

VV. 16-17: La realización de la profecía de Isaías sobre el Siervo de Yahvé.
Mateo dice que: “al atardecer, llevaron a Jesús muchas personas que estaban poseídas por el demonio”. ¿Por qué sólo al atardecer? Porque en el evangelio de Marcos, de donde Mateo saca su información, se trata de un día de sábado (Mc 1, 21), y el sábado terminaba justo cuando aparecía la primera estrella en el cielo. En ese momento la gente podía salir de casa, cargar con el peso del enfermo y llevarlo ante Jesús. Y “¡Jesús con su palabra, expulsaba los espíritus y curaba todas las enfermedades!”. Usando un texto de Isaías, Mateo ilumina el significado de este gesto de Jesús: para que se cumpliera lo dicho por el profeta Isaías: “Él tomó nuestras flaquezas y cargó con nuestras enfermedades”.
De este modo, Mateo enseña que Jesús era el Mesías-Siervo, anunciado por Isaías (Is 53, 4; cf. 42, 1-9; 49, 1-6; 50, 4-9; 52, 13-53). Mateo hacía lo que hacemos nosotros aquí en nuestros encuentros: usar la Sagrada Escritura, la Biblia para iluminar e interpretar los acontecimientos y descubrir en ellos la presencia de la palabra creadora de Dios como palabra de vida. Es lo que hay que hacer.

Reflexión en nuestro encuentro de hoy

Comparemos la imagen que tú tienes de Jesús con la del centurión y de la gente que iba detrás de Jesús.
La Buena Nueva de Jesús no es, en primer lugar, una doctrina o una moral, ni un rito o un conjunto de normas, sino una experiencia profunda de Dios que responde a lo que el corazón humano desea, a lo que de verdad te libera.
La Buena Nueva de Jesús ¿cómo repercute en ti, en tu corazón, en tu vida…?
¿Cuál es y de dónde se desprende tu tarea de servir?

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