ENCUENTRO PARROQUIAL

(Martes 26 de abril de 2016)

 

LOS ENDEMONIADOS GADARENOS (Mt 8, 28-34)

 

 

Oración:

 

Padre de bondad, que por la gracia de la adopción nos has hecho hijos de la luz; concédenos vivir fuera de las tinieblas del error y permanecer siempre en el esplendor de la verdad. Por nuestro Señor.

 

Avemaría.

 

Proclamación del Evangelio (Mt 8, 28-34)

 

Al llegar a la otra orilla, a la región de los gadarenos, vinieron a su encuentro dos endemoniados que salían de los sepulcros, y tan furiosos que nadie era capaz de pasar por aquel camino. Y se pusieron a gritar: “¿Qué tenemos nosotros contigo, Hijo de Dios? ¿Has venido aquí para atormentarnos antes de tiempo?” Había allí a cierta distancia una gran piara de puercos paciendo. Y le suplicaban los demonios: “Si nos echas, mándanos a la piara de puercos”. Él les dijo: “Id”. Saliendo ellos, se fueron a los puercos, y de pronto toda la piara se arrojó al mar precipicio abajo, y perecieron en las aguas. Los porqueros huyeron, y al llegar a la ciudad lo contaron todo y también lo de los endemoniados. Y he aquí que toda la ciudad salió al encuentro de Jesús y, en viéndole, le rogaron que se retirase de su territorio.

 

Puntos de reflexión:

 

El evangelio de hoy acentúa el poder de Jesús sobre el demonio, poder del mal asociado a estas tres cosas: a) el cementerio o lugar de los muertos (necrópolis), lo ajeno a la vida; b) el puerco, que era considerado animal impuro, representación de que la impureza separa de Dios; c) el mar, que es otro símbolo de la muerte y del caos previo a la creación y el caos en general.

 

El evangelio de Marcos, de donde Mateo saca su información, asocia el poder del mal con un cuarto elemento que es la palabra Legión, (Mc 5, 9), relacionado con los ejércitos romanos y con el emblema animal de cada legión. Era el Imperio por el que se oprimía y se explotaba a la gente común. Se comprende, pues, cómo la victoria de Jesús sobre el demonio tenía un alcance enorme para la vida de las comunidades de los años setenta del siglo primero, época en que Mateo escribe su evangelio. Las comunidades vivían oprimidas y marginadas, por la ideología oficial del imperio romano y por el fariseísmo opresor. Pensemos en nosotros actualmente, en nuestro mundo y en nuestra época.

 

Mateo 8, 28: El poder del mal oprime, maltrata y aliena a las personas. Este versículo inicial describe la situación antes de la llegada de Jesús. En la manera de describir el comportamiento de los endemoniados, el evangelista asocia el poder del mal con el cementerio y con la muerte. Es un poder mortal sin rumbo, amenazador, destructor y descontrolado, que da miedo a todos. Priva a la persona de su conciencia, de su dignidad, del autocontrol y de la autonomía.
Mateo 8, 29: Ante la simple presencia de Jesús el poder del mal se desmorona y se desintegra. Aquí se describe el primer contacto entre Jesús y los dos posesos. Es la total desproporción. El poder, que antes parecía tan fuerte, se derrite y se desmorona ante Jesús. Ellos gritan: “¿Qué tenemos nosotros contigo, Hijo de Dios? ¿Has venido para atormentarnos antes de tiempo?” Se dan cuenta de cómo pierden el poder.
Mateo 8, 30-32: El poder del mal es impuro y no tiene autonomía, ni consistencia. El demonio no tiene poder sobre sus propios movimientos. Consigue sólo entrar en los puercos con el permiso de Jesús. Una vez dentro de los puercos, éstos se precipitan a la mar. Según la opinión de la gente, el cerdo era símbolo de impureza que impedía al ser humano relacionarse con Dios y sentirse acogido por Él. El mar era símbolo del caos que existía antes de la creación y que, según la creencia de la época, seguía amenazando la vida. Este episodio de los cerdos que se precipitan a la mar, es extraño y difícil de ser entendido. Pero el mensaje es muy claro: ante Jesús, el poder del mal no tiene autonomía, no tiene consistencia. Quien cree en Jesús, ha vencido ya el poder del mal y no tiene que temer.

 

Mateo 8, 33-34: La reacción de la gente del lugar. Alertado por los empleados que se ocupaban de los cerdos, la gente del lugar fue al encuentro de Jesús. Marcos informa que vieron “al endemoniado sentado, vestido y en perfecto juicio” (Mc 5, 15). Pero ¡se quedaron sin los cerdos! Por esto, piden a Jesús que se vaya lejos. Para ellos, los cerdos eran más importantes que el ser humano que acababa de recobrar el juicio.

 

La expulsión de los demonios. En el tiempo de Jesús, las palabras demonio Satanás, eran usadas para indicar el poder del mal que desviaba a las personas del buen camino. Por ejemplo, cuando Pedro tentó de desviar a Jesús, el fue Satanás para Jesús (Mc 8, 33). Otras veces, aquellas mismas palabras eran usadas para indicar el poder político del Imperio Romano que oprimía y explotaba a la gente. Por ejemplo, en el Apocalipsis, el imperio romano se identifica con el “Diablo o Satanás” (Ap 12, 9). Otras veces la gente usaba las mismas palabras para indicar los males y las enfermedades. Así se hablaba de demonio o espíritu mudo, espíritu sordo, espíritu impuro, etc. ¡Había mucho miedo! En el tiempo de Mateo, segunda mitad del siglo primero, el miedo a los demonios estaba aumentando. Algunas religiones, venidas de Oriente, divulgaban un culto a los espíritus. Enseñaban que gestos errados podían irritar a los espíritus, y éstos para vengarse, podían impedir nuestro acceso a Dios y privarnos de los beneficios divinos. Por esto, a través de ritos y oraciones, plegarias y ceremonias complicadas, la gente trataba de aplacar a esos espíritus o demonios, para que no perjudicaran la vida humana. Estas religiones, en vez de liberar a la gente, alimentaban el miedo y la angustia. Ahora bien, uno de los objetivos de la Buena Nueva de Jesús era ayudar a la gente a liberarse de este miedo. La llegada del Reino de Dios significó la llegada de un poder más fuerte. Jesús es “el hombre más fuerte” que llega para amarrar a Satanás, al poder del mal, y robarle la humanidad prisionera del miedo (cf. Mc 3, 27). Por ello, los evangelios insisten en la victoria de Jesús sobre el poder del mal, sobre el demonio, sobre Satanás, sobre el pecado y sobre la muerte. Era para animar a las comunidades a vencer este miedo al demonio. Y hoy, ¿Quién de nosotros puede decir: “Soy totalmente libre”? ¡Nadie! Entonces, si no soy totalmente libre, ni estoy tan sano o sana, alguna parte en mí es poseída por otros poderes. ¿Cómo expulsar estos poderes? El mensaje del evangelio de hoy sigue siendo válido para nosotros.

 

Preguntas:

 

¿Qué es lo que hoy está oprimiendo y maltratando a la gente?

¿Por qué hoy, en ciertos lugares, se habla tanto de ritos diabólicos, de expulsión de demonios, etc.?

¿Es bueno insistir mucho en el demonio? ¿Qué piensas tú?

 

Una conclusión (o unas conclusiones):

 

¿Quién de nosotros puede decir que es totalmente libre o liberado? ¡Nadie! Entonces todos estamos un poco poseídos por otros poderes que ocupan algún espacio dentro de nosotros. ¿Cómo hacer para expulsar este poder dentro de nosotros y dentro de la sociedad?

 

Los tres evangelios sinópticos aportan este relato extraño de unos “demonios” que fueron expulsados y que al salir ¡se fueron a los cerdos de una piara! Marcos sitúa a los dos endemoniados entre los gerasenos (Mc 5, 1), Lucas, entre los gergesenos (Lc 8, 26) y Mateo entre los gadarenos (Mt 8, 28).

Podríamos preguntarnos: ¿cuál de los tres es verdadero si, en el evangelio, se buscara sólo un documento histórico, materialmente preciso como un reportaje?

Tengamos en cuenta que las aparentes divergencias de los evangelios, lejos de ser un escándalo ponen en mayor relieve su acuerdo profundo en lo que es tácitamente esencial. Dos documentos, si uno de ellos es copia servil del otro sólo cuentan como uno. Lo significativo es que sean dos o tres los documentos que se cruzan o coinciden en lo esencial o según qué sea lo que se acentúa, conservando cada uno su autonomía, y aun, quizá, sus errores de detalle. Esto es humano. Sabemos cuán fácil es la deformación de los “nombres propios”.

Desde el cementerio dos endemoniados salieron al encuentro de Jesús; eran tan peligrosos que nadie se atrevía a transitar por aquel camino…

Mateo cita a “dos”, Marcos y Lucas “uno”. Será por algo, ¿no?, como acabamos de indicar y saben bien los exégetas.

 

El panorama es siniestro. A orillas del lago por ese lugar hay unos senderos abruptos y cuesta arriba, con grutas y tumbas: guaridas de bandoleros y de anormales, que roban a los transeúntes, malviven… El demonio encuentra allí su buena clientela.

Empezaron a gritar: “¿Qué quieres de nosotros, Hijo de Dios? ¿Has venido aquí a atormentarnos antes de tiempo?” Notamos (en el relato de Marcos), esa lucidez extraordinaria de los demonios que, en general, ven más claro que los hombres. “Antes de tiempo”. Parece hacer alusión a la Hora del Juicio final, en la que todas las fuerzas del mal serán reducidas a la impotencia… ¡los demonios lo saben! Pero Jesús (¡se lo agradecemos mucho!) va a anticipar ese día para que todos tengamos confianza en esta victoria final y definitiva.

Vemos como propio de Mateo lo siguiente: “Eran tan violentos que nadie se atrevía a pasar por aquel camino”.

Sí, las fuerzas del mal atacan al hombre, le desvían de su ruta normal, le impiden caminar y realizarse. El mal hace lo suyo, su peor juego contra el hombre… aun cuando toma la apariencia de ser su placer o su bienestar. ¡Es preciso desenmascarar a Satanás, que es el que prohíbe, el que quita la libertad, el que impide caminar!

El mal será “tragado por el mar”, y el mar deja de existir (cf. Los relatos del Apocalipsis).

A Jesús no le cuesta trabajo expulsar a los demonios. En cambio choca con la incomprensión de los hombres. El relato termina con la declaración de un fracaso dramático: ¡Jesús es expulsado! El camino que conduce a Dios está abierto, los demonios lo interceptan, pero los hombres se resisten a comprometerse. ¿Qué pasa con nuestra libertad y cómo entendemos la dignidad humana?

A Jesús le pidieron que se fuera de su tierra.

Aquellos endemoniados no esperan a que Jesús se dirija a ellos sino que son ellos los que le salen al encuentro. Los demonios le suplican a Jesús para que se les envíe a la piara de cerdos; este detalle indica que el episodio tiene lugar en territorio gentil; este hecho no es simplemente un gesto de maldad; el cerdo es el animal más impuro; y por tanto, es el lugar más adecuado para un demonio, igualmente signo de impureza. Los demonios entraron a la piara de cerdos y de inmediato se precipitaron en el mar, un gesto que parece un tanto injusto para sus dueños; pero en la mentalidad judía, el cerdo no era bueno para nada y nadie sufría una pérdida porque una piara de cerdos pereciera. El relato da a entender que los demonios murieron con los cerdos al precipitarse estos en el mar.

Jesús nos libera del miedo a los demonios –y ésta es una de las conclusiones más importantes que sacamos de este episodio evangélico–. El poder de Dios, su amor misericordioso, vence cualquier otro poder. El exorcismo cristiano (lo tenemos en el bautismo) significa, no que el cristiano haya de creer más o menos en los demonios y en sus maléficos poderes, sino que hemos de vivir sin temores infundados. Los cristianos reconocemos un solo poder: el de Dios. Es un poder más poderoso que el que se impone por la fuerza y que nos ayuda a dar como por derrocados (y a derrocar) todos los poderes injustos de este mundo.

 

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