ENCUENTRO PARROQUIAL

 

Martes 10 de mayo de 2016

 

JESÚS PERDONA Y SANA A UN PARALÍTICO (Mt 9, 1-8)

 

 

Jesús subió a una barca, pasó al otro lado del lago y llegó a su propio pueblo [Cafarnaúm]. Allí le llevaron un paralítico postrado en una camilla. Viendo Jesús la fe que tenían, dijo al paralítico: “¡Ánimo!, hijo, tus pecados te son perdonados”.  Entonces algunos escribas dijeron para sí: “Éste está blasfemando”. Jesús, sabiendo lo que pensaban, dijo: “¿Por qué pensáis mal en vuestro interior? ¿Qué es más fácil, decir ‘tus pecados te son perdonados’ o decir ‘levántate y anda? Pues para que veáis que el Hijo del Hombre tiene en la tierra poder de perdonar pecados –dice entonces al paralítico–: ‘Levántate, toma tu camilla y vete a tu casa’”. Él se levantó y se fue a su casa. La gente, al ver aquello, temió y alabó a Dios, que había dado tal poder a los hombres.

 

Hacemos ahora nuestro comentario catequético:

 

La curación del paralítico nos es contada por los tres sinópticos. Como habitualmente ocurre, también aquí es Marcos quien está tras los relatos de Mateo y Lucas. La presentación de Marcos es mucho más amplia, anecdótica, cargada de detalles (el descolgar al paralítico habiendo abierto un hueco por el techo de la casa). Nos cuenta cómo los portadores de la camilla en que yacía el enfermo, al no poder acercarse a Jesús a causa de la muchedumbre, desmontaron parte del tejado para poder presentarlo ante Jesús. Detalles que pertenecen no a la historia en sí misma, sino al modo de presentarla.

 

En los otros evangelios, incluso en San Juan con el paralítico de la piscina de Siloé, aparecen dos hechos, en los que nos detenemos un poco (considerando la enseñanza que se nos transmite): 1) el sucesivo verbal de “levántate – coge tu camilla – camina”, que lo hizo el paralítico, y 2) el hecho de ocurrir en sábado y las correspondientes críticas-murmuraciones inquisitorias de escribas y fariseos.

 

Mateo, también aquí, ha estilizado la escena reduciéndola a lo esencial, prescindiendo de los detalles puramente anecdóticos y que tanta plasticidad dan a la narración de Marcos. La clave para descubrir la intención del evangelista la tenemos en estas palabras: “Viendo Jesús la fe de aquellos hombres, dijo al paralítico: ánimo, hijo, tus pecados te son perdonados”. En el relato se afirma, por tanto, que Jesús tiene poder para perdonar los pecados. Así lo prueba la curación del enfermo.

 

La curación del paralítico podía justificar la pretensión manifestada por Jesús en relación con su poder de perdonar los pecados. Por si no bastase, se añade un argumento más fuerte: Jesús descubre lo que aquellos escribas pensaban. Nadie se lo había dicho. Jesús, por tanto, posee un conocimiento sobrehumano, sobrenatural, facilitado por el espíritu. Este conocimiento sobrenatural de Jesús es otra razón que habla de su dignidad única y que justifica su poder, único también, de perdonar los pecados.

 

Cuando Jesús se decide a intervenir para confirmar la afirmación de su poder sobre el pecado, el enfermo pasa a un segundo plano, como si en aquel instante no interesase la persona que ha protagonizado la escena: “Para que sepáis que el Hijo del hombre tiene poder en la tierra de perdonar los pecados…”. Ésta parece ser la única razón de la curación del enfermo. Demostrar que la salud eterna –el perdón de los pecados– es más importante que la salud corporal (ésta no es un absoluto). Y también es más importante verse liberados de la carga de los pecados que de la carga de la camilla (llevar “necesariamente” la camilla significa hacer “necesariamente” penitencia, acordarnos siempre de convertirnos, estar en permanente estado de conversión). ¿Darás en este encuen-tro parroquial de hoy un primer paso o pasos al respecto?

 

Junto al poder de Jesús, intenta el evangelista poner de relieve la fe de aquellos hombres que se acercaron a él atraídos precisamente por ese poder. Una fe tan grande que venció todos los obstáculos y dificultades (detalle más acentuado en el relato de Marcos al hablarnos de la necesidad que tuvieron de desmontar el tejado…). Una fe que es con-fianza ilimitada en el poder de Jesús, puesto a disposición del hombre. Una fe que es la fe de la Iglesia, en la que somos llevados sin ser forzados. Meditemos en esto: que nuestra fe, siendo personal, no es individual sino eclesial. Es la Iglesia la que nos la da (Bautismo) y nos la confirma (Confirmación). Esto tiene que ver con lo que sigue, y con lo que terminamos por hoy.

 

Finalmente, pues, una lección no menos importante encontramos en la admiración de la gente ante un hecho tan extraordinario: “Glorificaban a Dios por haber dado tal poder a los hombres”. El poder que tiene Jesús de perdonar los pecados fue comunicado a la Iglesia. Y, dentro de la Iglesia, a los hombres elegidos por él para realizar directamente esta misión de perdón. El poder de perdonar los pecados es inseparable de la persona de Jesús y de su Iglesia. (Ténganlo en cuenta quienes se confiesan “deficitariamente” o “por libre”).

 

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