ENCUENTRO PARROQUIAL

Martes 17 de mayo de 2016

Vocación de Mateo, comida con pecadores y discusión sobre el ayuno
(Mt 9, 9-17)

Leído el Evangelio propuesto, o que toca hoy, proseguimos con la siguiente reflexión o catequesis de adultos.

“Y al pasar vio Jesús a un hombre llamado Mateo, sentado en el despacho de impuestos, y le dijo: ‘Sígueme’. Él se levantó y le siguió”.

Estamos –como podemos recordar– en Cafarnaúm, en la vía que comunicaba Damasco con Jerusalén, a orillas del mar de Galilea. Es un centro de comercio y de tránsito o aduanero de bastante importancia. Y allí esta Mateo, recaudador de impuestos, publicano. Jesús le llama a seguirle. Y él se levantó y le siguió.
Consideremos que no es Mateo quien toma la iniciativa sino Jesús que le llama. Lo que sí hace él es responder, sin ni siquiera arrepentirse o pedir perdón por su oficio.
La llamada de Jesús a Mateo es tan asombrosa como su más temprana manifestación del perdón de pecados (recordemos el versículo 2). No somos elegidos por quienes somos sino a pesar de quienes somos. No importa nuestro mérito personal ni nuestro rango o status social. El merecer o no merecer es lo de menos.
El ser discípulos de Jesús es algo que depende más de su misericordia que de nuestra voluntad. Jesús llama a los pecadores.
En el caso de Mateo tenemos que él es un pecador público, un pecador de profesión, recaudador de impuestos imperiales (explicamos lo que ello conlleva). Los romanos contrataban a gente local para recaudar impuestos, y los recaudadores cobran impuestos de más por su propio beneficio, enriqueciéndose a sí mismos gracias a sus conciudadanos. Por lo tanto, se les mira con gran resentimiento, se les prohíbe entrar en la sinagoga, y se les considera el equivalente moral de ladrones y asesinos.
Mateo “se levantó y le siguió”. Para seguir a Jesús, Mateo debe abandonar su puesto lucrativo, sabiendo que nunca más lo podrá recuperar. Al hacer esto, también se separa a sí mismo de su antiguo grupo de amigos. Mateo sabe que seguir a Jesús es algo absoluto, radical. Hay en él un asombroso acto de fe (algo le ha pasado por dentro). Y se arriesga.
Marcos (2, 14) y Lucas (5, 27) dan el nombre de Leví para el recaudador. No sabemos si Leví y Mateo son la misma persona, pero parece que lo son. En las listas de los apóstoles, encontramos a Mateo pero no a Leví (así es tanto en los Evangelios como en los Hechos de los Apóstoles).
No entramos aquí en si este Mateo es (literalmente) el autor o no de este Evangelio.
Lo que sigue del relato es que Jesús, “en cierta ocasión”, se puso a la mesa con publicanos y pecadores. Leemos ahora los vv. 10-13.
Teniendo en cuenta los otros evangelios sinópticos, parece que, en espíritu de alegría, Mateo invita a su casa a Jesús y a todos sus amigos para un gran banquete. Se trata de un banquete que supone la cercanía y la aceptación amigable y misericordiosa que tiene Jesús hacia todos. Es un signo de banquete mesiánico (en el que todos se sentarán). Y es un gran eco de las primeras celebraciones de la Eucaristía, de gran ardor y fraternidad (reconciliada).
La crítica (v. 11): “¿Por qué come vuestro Maestro con los publícanos y pecadores?” Los fariseos se sienten molestos y ofendidos. Compartir la mesa, particularmente en público, implica que uno acepta y aprueba a los invitados. Los fariseos se quejan con los discípulos en vez de hacerlo directamente con Jesús. Aparentemente, tienen miedo de comprometerse con Jesús directamente.
Jesús, sin embargo, escucha sus preguntas y responde, “Los que están sanos no tienen necesidad de médico, sino los enfermos. Andad pues, y aprended qué significa ‘Misericordia quiero, y no sacrificio’: porque no he venido a llamar a justos, sino a pecadores”. La gracia es para quienes la necesitan. Sin embargo, es irónico que los fariseos, necesitándola tanto como los demás o más, la desestimen, dado su orgullo religioso y su fanática observancia legalista…
Los fariseos podían haber reaccionado de una manera muy diferente en esta cena. Ellos también favorecen la hospitalidad, pues saben, por las tradiciones, que la hospitalidad es una obligación, pero practicándola sólo entre los buenos y piadosos, estando prohibido juntarse con sospechosos, malhechores y gente de mal vivir. El Antiguo Testamento enfatizaba que los israelitas debían separarse de tribus paganas.
Podemos repasar el Salmo 1. Y 26, 5… Nosotros mismos solemos aconsejar y aconsejarnos no juntarnos con malas compañías. Les enseñamos a los hijos que sepan escoger buenos amigos o amigas. ¿Qué nos parece todo esto?
Atendamos a Jesús: “Andad pues, y aprended qué significa “Misericordia quiero, y no sacrificio’”. Ésta es la respuesta de Jesús: “Andad pues, y aprended”. Esto implica que la comprensión de la Escritura por parte de los fariseos es defectuosa, que no han entendido ni comprendido a fondo o exactamente a los profetas.
Jesús cita a Óseas 6, 6, donde la palabra “sacrificio” es también sinónima de obediencia de estricta observancia a los mandamientos de Dios, ni significando abolición ritual alguna, a no ser que se sobreponga al amor de Dios, que es gratuito y sin merecerlo nosotros. Lo que de verdad importa es el amor a Dios y al prójimo.
“No he venido a llamar a justos sino a pecadores”. Justos quiere decir gente respetable (respetable público) y pecadores quiere decir proscritos, gentuza. Tanto los fariseos como nosotros, así encasillamos y clasificamos a las personas. ¿Clasificamos bien? ¿No es ya un error el hecho de clasificar? ¿No puede ser que nos equivoquemos? ¿Qué es trigo y qué es cizaña, según una parábola evangélica?
Lo cierto es que nosotros solemos colocarnos entre la buena gente (nos consideramos justos). Pero pasa que nosotros también somos pechadores, tanto como cualquiera. ¿Por qué no lo reconocemos fácilmente? ¿Por qué lo tenemos tan oculto o nos lo ocultamos tanto? ¿Sabes confesar tus pecados? ¿Cómo, con qué frecuencia, etc.?
Luego viene lo de la discusión sobre el ayuno (vv. 14-17), con tres pequeñas parábolas: el novio, los paños, los odres.
La conducta de los discípulos de Jesús con relación al ayuno fue interpretada por el Maestro como una parábola en acción. Indica que ha llegado ese tiempo futuro en el que se cumplirían todas las esperanzas judías, el tiempo del reino de Dios. Los discípulos ya están (ya estamos) en ese tiempo.
Jesús se presenta, implícitamente, como el Mesías esperado. Precisamente en esta afirmación recae la enseñanza de la primera de estas tres parábolas. En el lenguaje simbólico oriental, la boda simbolizaba el tiempo de la salud. Y los días del Mesías eran descritos en la literatura rabínica mediante el recurso a los festejos propios de las bodas. Cristo sé presenta como el novio, el portador de los bienes salvíficos.
La imagen del matrimonio no era nueva en la Biblia. Lo verdaderamente sorprendente y nuevo era que Jesús se presentase realizando en su persona el contenido de un símbolo utilizado por Dios para describir su relación de amor con el pueblo elegido (Os 2, 18-20; Is 54, 5-6). ¿No estaba anunciado que llegaría un día en el que se presentaría a Israel como el esposo fiel, como su verdadero marido? Pues bien, la esperanza se ha realizado, la promesa se ha cumplido. Lo que importa es entrar a formar parte de los amigos del novio para alegrarse en su boda. Es tiempo de alegría, no de llanto, luto y ayuno. Al llegar la plenitud de los tiempos se invita a todos a la alegría, la alegría del Evangelio.
Estamos invitados a la fe que conlleva sobre todo alegría.
La segunda parábola que aparece en estos versículos tiene como base el simbolismo del paño o del manto, referido al mundo según ciertas resonancias bíblicas: Hech 10, 11 ss., por ejemplo.
Ni en tiempos de Jesús ni nunca se arregla lo religioso poniendo remiendos, añadidos, recomposiciones… ¡Imposible! De nada sirven. El mensaje de Cristo es de una novedad absoluta, pues requiere en nosotros un espíritu totalmente nuevo, entrañas de misericordia, compasión, fraternidad de verdad… En esta parábola dice Jesús: Con mi persona y mi mensaje han comenzado los tiempos mesiánicos, ha llegado el Mesías esperado para enrollar, por inservible, el manto viejo y extender otro que no envejezca nunca. Con la aparición de Jesús se ha cumplido la antigua promesa, “creará (Dios) algo nuevo sobre la tierra”. Una creación que tiene lugar cada día.
La novedad radical que implica la presencia del Reino de Dios rompe los moldes tradicionales. En esta dirección debe buscarse también la enseñanza de la parábola del vino y los odres. Tanto en la Biblia (Gn 49, 8-12; Jn 2, 1-12) como, sobre todo, en el judaísmo, era frecuente, para describir los días del Mesías, recurrir al vino que se daría en cantidades fabulosas. El vino alegra el corazón…
En esta tercera parábola afirma Jesús la incompatibilidad entre la fe en él –portador de la salud– y la adhesión fanática a unas prácticas insustanciales o frías de las que se esperaba la salud. Para aceptar el mensaje cristiano era necesario un continente nuevo, hombres nuevos, libres de prejuicios, no aferrados a un sectarismo peligroso e infructuoso, que se dejasen moldear por el Espíritu. La adhesión fanática a los moldes viejos tuvo como consecuencia última la ruptura entre la Iglesia y la Sinagoga.
Resumamos: Novedad radical. Pasó lo antiguo. Esto podía entenderse en el sentido de que nada de lo antiguo valía. No era esa la intención de Jesús, pues nada hay que desestimar. Por eso añade muy atinada e intencionadamente Mateo: “así se conservan los dos” (v. 17). Necesitamos los dos Testamentos…

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