ENCUENTRO PARROQUIAL
(Martes 31 de mayo de 2016)

Jesús cura a dos ciegos (Mt 9, 27-31)

Proclamación del santo Evangelio.

Cuando Jesús se iba de allí, le siguieron dos ciegos gritando: “¡Ten piedad de nosotros, Hijo de David!”. Y al llegar a casa, se le acercaron los ciegos, y Jesús les dice: “¿Creéis que puedo hacer eso?”. Respondieron: “Sí, Señor”. Entonces les tocó los ojos diciendo: “Hágase en vosotros según vuestra fe”. Y se abrieron sus ojos. Jesús les ordenó severamente: “¡Mirad que nadie lo sepa!”. Pero ellos, en cuanto salieron, divulgaron su fama por toda aquella comarca.

Otra vez, el evangelio de hoy nos pone delante el encuentro de Jesús con la miseria humana. Jesús atiende a todos. Acoge a las personas y en su acogida entrañable revela el amor de Dios que ilumina.

+ Dos ciegos siguen a Jesús y gritan: “¡Hijo de David, ten compasión de nosotros!”. A Jesús no le gustaba mucho el título de Hijo de David. Critica la enseñanza de los escribas que decían que el Mesías tenía que ser hijo de David: “El mismo David lo llama su Señor: ¿cómo entonces puede ser hijo suyo?” (Mc 12, 37).

+ Cuando Jesús llega a casa, pregunta a los ciegos: “¿Creéis que puedo hacer lo que pedís?”. Y ellos responden que sí. Es verdad que no tienen muy correcta la doctrina en la cabeza, pero tienen fe, como demuestran al acercarse a Jesús, haciéndolo de corazón. Lo que se tiene (o se deja de tener) en el corazón es más importante que lo que se tiene (o se deja de tener) en la cabeza. La doctrina de los dos ciegos no era muy correcta, ya que llamaban a Jesús Hijo de David. Pero a Jesús, en definitiva, no le importa que le llamen así, a él le importa que tengan fe.

+ Entonces les toca los ojos y les dice: “Hágase en vosotros según vuestra fe”. Y se abrieron sus ojos, se abrieron ellos a la fe, quedando curados.

+ Conviene que no olvidemos el detalle de la hospitalidad. Jesús llega a casa y entran allí también los dos ciegos, haciéndolo como lo más normal del mundo. Tener fe es vivir en la intimidad de Jesús, vivir como en su casa, tenerle una confianza de domicilio. Pensemos si se da actualmente y entre nosotros o con los demás este ambiente o clima de confianza. ¿Qué pensáis?

+ Finalmente, consideremos esto: Jesús pide que no divulguen el milagro. Pero ellos no hacen caso, la prohibición no es respetada. Los dos ciegos salen y difunden la Buena Noticia. Anunciar el evangelio, es decir la Buena Noticia, quiere decir compartir con los demás el bien que Dios nos hace en la vida. En realidad, no otra cosa es evangelizar, que es mucho más que impartir una doctrina o velar en extremo por que ésta sea ortodoxa.

¿Tienes en tu vida algo bueno que Dios te ha hecho y que puedas comunicar a los demás?
¿Qué te parecen estos dos ciegos que, al actuar de buena fe y siguiendo a Jesús, salen de su oscuridad?

He aquí, para orar y concluir las reflexiones de hoy, algo referente al Salmo 89 (88):

“Dichoso el pueblo que sabe aclamarte: caminará, oh Señor, a la luz de tu rostro. Tú eres su honor y su fuerza, y con tu favor realzas nuestro poder. Porque el Señor es nuestro escudo, y el Santo de Israel nuestro rey”.

Tu poder es nuestra garantía. Tu fortaleza es nuestra seguridad. Nos gloriamos porque eres el Dios que nos salva. Nos alegramos de tu poder, y nos encanta repetir las historias de tus maravillas. Tu historia es nuestra historia, y tu Espíritu nuestra vida. Nuestro destino como pueblo tuyo en la tierra es llevar a cabo tu divina voluntad, y por eso te adoramos en tus designios acatando tu majestad. Tú eres nuestro Dios, y nosotros somos tu pueblo.
Tus palabras son fuerza en nuestro corazón, luz en nuestros ojos y música de alegría en nuestros oídos (resonancias del Magníficat):

“Sellé una alianza con mi elegido, jurando a David mi siervo: ‘Te fundaré un linaje perpetuo, edificaré tu trono para todas las edades’. Encontré a David mi siervo y lo he ungido con óleo sagrado; para que mi mano esté siempre con él y mi brazo le haga valeroso. Mi fidelidad y misericordia lo acompañarán, por mi nombre crecerá su poder. Le mantendré eternamente mi favor, y mi alianza con él será estable; le daré una posteridad perpetua y un trono duradero como el cielo”.

Palabras consoladoras, de esperanza, sobre todo viniendo como vienen de labios de quien es la verdad misma. Sólo queda una duda mortificante: si te fallamos, si tu pueblo se extravía, si el rey se hace indigno del trono, ¿no hará eso que se anule la promesa y se deshaga la alianza? Y aquí vienen las palabras tranquilizadoras de tu propia boca.

“Si sus hijos abandonan mi ley y no siguen mis mandamientos, si profanan mis preceptos y no guardan mis mandatos, castigaré con la vara sus pecados y a latigazos sus culpas; pero no les retiraré mi favor ni desmentiré mi fidelidad, no violaré mi alianza ni cambiaré mis promesas. Una vez juré por mi santidad no faltar a mi palabra con David; su linaje será perpetuo, y su trono como el sol en mi presencia, como la luna que siempre permanece: su solio será más firme que el cielo”.

Divinas palabras de infinito aliento. Nosotros podremos fallarte, pero tú no nos fallarás nunca. Si desobedecemos, sufriremos el castigo correspondiente (las consecuencias), pero la promesa de Dios permanecerá intacta, y el trono seguirá asegurado para los descendientes de David para siempre. El juramento es sagrado y no será violado jamás. La palabra de Aquél que hizo el cielo y la tierra ha quedado empeñada a favor nuestro. El futuro está asegurado.

Y sin embargo…

“Sin embargo, tú te has encolerizado con tu Ungido, lo has rechazado y desechado; has roto la alianza con tu siervo y has profanado hasta el suelo su corona. Has quebrado su cetro glorioso y has derribado su trono; has cortado los días de su juventud y lo has cubierto de ignominia”.

Ignominia es lo único que nos queda. Somos tu pueblo, tu Ungido es Hijo tuyo y Señor nuestro, su trono es el lugar que ocupa en los corazones de los hombres y en el gobierno de la sociedad. Y la sociedad no se acuerda hoy mucho de tu Hijo, Señor. Sólo cierto respeto a distancia, cierta cortesía de etiqueta, cierto protocolo. Pero poca obediencia y escasa devoción, incluso un nulo seguimiento de verdad o de corazón. La humanidad no acepta a tu Rey, Señor, y su trono dista mucho de ser universal. Los que lo amamos sufrimos al ver su ley despreciada y su persona olvidada. Nos duele ver que la situación no mejora; al contrario, parece alejarse más y más de tu Reino, y no sabemos cuánto va a durar esto.

“¿Hasta cuándo, Señor, estarás escondido y arderá como fuego tu cólera? ¿Dónde está, Señor, tu antigua misericordia que por tu fidelidad juraste a David? Acuérdate, Señor, de la afrenta de tus siervos: lo que tengo que aguantar de las naciones, de cómo afrentan, Señor, tus enemigos, de cómo afrentan las huellas de tu Ungido”.

Y así acaba el Salmo en abrupta elocuencia. La bendición y el amén del último verso (53) son sólo una rúbrica añadida para marcar el fin del tercer libro o conjunto seriado de los Salmos. Este Salmo como tal acaba con el dolor amargo de las afrentas que sufren los afrentados o que sufrimos nosotros si nos encontramos entre ellos.

A ti te toca ahora hablar, seguir hablándonos, Señor.

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