Tras el tiempo vacacional volvemos a retomar los encuentros parroquiales, éste es del día martes 6 de septiembre.
ENCUENTRO PARROQUIAL
(Martes 6 de septiembre de 2016)

Evangelio según San Mateo, capítulo 19

El evangelista San Marcos había dispuesto en dos grandes grupos toda la materia transmitida. El primer grupo contenía la actuación de Jesús en Galilea, sobre todo alrededor del lago de Genesaret, el segundo grupo se centraba en Jerusalén y culminaba en el relato de la pasión, de la muerte y de la resurrección de Jesús. San Mateo permanece fiel a este diseño. Configura con mayor amplitud sobre todo la parte de Judea y Jerusalén, que en san Marcos es breve, y así equilibra mejor las dos partes, incluso exteriormente.
La estructura del pasaje didáctico sobre el divorcio está más conforme con la realidad en San Mateo, aunque el texto de este evangelista también depende de San Marcos. San Mateo aprovecha la ocasión para añadir un párrafo más sobre el celibato (19, 10-12). Así pues, esta parte de Mateo se centra en dos puntos, el uno expone la ordenación nueva del matrimonio, el otro, el camino especial del celibato, para los discípulos “que puedan entender” (19, 12).

Cuando Jesús acabó estos discursos, partió de Galilea y se fue a la región de Judea, al otro lado del Jordán. Le siguieron grandes multitudes y realizó curaciones allí.

Por cuarta vez el evangelista concluye uno de los grandes discursos de Jesús con las mismas palabras. Al mismo tiempo Mateo designa aquí una nueva sección en la obra del Mesías. Galilea y Judea se excluyen entre sí. La precedente actividad de Jesús se efectuó según el modo de ver que el evangelista adoptó en su relato, en el ámbito de Galilea con muy pocos cruces de frontera. Aquí un nuevo ámbito entra en el campo visual del lector. Inicialmente parecen las palabras a la región de Judea algo indeterminadas. Paulatinamente aparece con mayor claridad la dirección en que se mueve la comitiva del maestro. Pero con el nombre de Judea resuena lo crítico y decisivo. Ya hace tiempo sabemos lo que sucederá en Judea, sobre todo en Jerusalén, y lo que de allí hay que esperar (cf. 2, 3; 15, 1). Estamos preparados especialmente por medio de vaticinios de la pasión (16, 21s; 17, 22s). Pronto seguirá un nuevo vaticinio (20, 17-19). Desde la confesión mesiánica de Pedro se sabe adónde se va. La inestable vida errante es relevada por el camino resuelto hacia Jerusalén. Jesús llega a Judea, que ya no abandonará hasta su muerte. Judea es el recinto de la crisis, Galilea fue el recinto del comienzo primaveral, y será el recinto de la revelación de Jesús resucitado (28, 16). “Al otro lado del Jordán” es una expresión que aquí solamente indica que Jesús no tomó el camino directo a través de Samaria, sino que dio un rodeo por oriente del Jordán, pasando por la ciudad de Jericó situada en el camino hacia Jerusalén (20, 29). De nuevo le sigue mucha gente, como ya se dijo con frecuencia de una forma sumaria. Y de nuevo se invoca la piedad del Mesías para que cure a los enfermos. Ahora Jesús tampoco cesa de obrar curaciones. Aunque el camino se dirige hacia Jerusalén, las curaciones forman parte de su apostolado y de la prueba de su misión mesiánica. La instrucción del pueblo desde hace mucho tiempo se pospuso a la enseñanza de los discípulos, pero Jesús continúa haciendo el bien y prodigando favores. Así ocurrirá incluso en medio de la ciudad santa, en el templo (21, 14). Sigue siendo inalterablemente fiel a su misión a las “ovejas perdidas de la casa de Israel” (15, 24).

Se le acercaron unos fariseos para tentarlo y le preguntaron: ¿Puede uno despedir a su mujer por un motivo cualquiera? Él respondió: ¿No habéis leído que el que los creó, desde el principio, varón y hembra los hizo? (Gn 1, 27). Y añadió: Por eso mismo, dejará el hombre al padre y a la madre para unirse a su mujer, y serán los dos una sola carne (Gn 2, 24). De manera que ya no son dos, sino una sola carne. Por consiguiente lo que Dios unió, no lo separe el hombre.

La pregunta de los fariseos aquí no se refiere a si en general está permitido disolver un matrimonio. Según el derecho vigente este permiso era evidente por razón de la ley del Antiguo Testamento. La pregunta más bien inquiere si está permitido el divorcio por un motivo cualquiera. Detrás de la pregunta está la diferencia de dos tesis que eran sostenidas en tiempo de Jesús. Una tesis procedía del famoso rabino Hilel, según la cual prácticamente un divorcio podía ocurrir por cualquier motivo, por insignificante que fuera. La opinión más severa la sostenía el rabino Samay, quien sólo consideraba como motivo suficiente los delitos morales, sobre todo los pecados de lascivia. (La diferencia entre estas opiniones dogmáticas se funda en la vaga formulación de Dt 24, 1, según la cual el divorcio puede tener lugar, si el hombre ha visto en ella una tara imputable). Jesús debe adoptar una actitud en esta cuestión discutida. Se le quiere “tentar” con esta cuestión. Según la respuesta que Jesús diese, se le podría tachar de laxismo o de rigor en la interpretación de la ley. Jesús en primer lugar no aborda la pregunta especial, sino el fondo de la cuestión. En la ley no solamente se contiene la disposición sobre el divorcio tomada de la ley mosaica (Dt 24, 1), sino también la ordenación del matrimonio según el relato de la creación. Lo primitivo tiene una primacía jurídica sobre lo tardío. Lo que era al principio, no se invalida por lo que le siga. El Creador es anterior a Moisés (19, 7). Al principio, Dios establece una ordenación que excluye la posibilidad del divorcio. Este es un pensamiento al que nos hemos acostumbrado demasiado y cuya grandeza ya no experimentamos plenamente. El ser humano no es creado por Dios como ser único, sino con dos formas, a saber hombre y mujer. Pero las dos formas están tan mutuamente relacionadas y tan ordenadas la una a la otra, que tienden a constituir de los dos una sola entidad. La fuerza del sexo y el ansia del complemento personal es tan intenso que sobrepujan el vínculo de la sangre. Se deja al padre y a la madre para buscar la nueva unidad de vida con el otro consorte. Los que se han encontrado, se convierten en una sola carne. Esta es la expresión más fuerte que puede concebirse. Con esta expresión el hebreo no solamente piensa en la unión sexual de los cuerpos, sino en la fusión de todo el ser humano terreno con el otro. Ya conocemos la expresión “la carne y la sangre” como designación del modo terreno de vivir del hombre, a diferencia del modo de vivir dado por Dios, lo cual se descubrirá en último término como “vida eterna”. Según el relato del Gn 2, 24, el Creador no ha pronunciado por sí mismo las palabras: “Por eso mismo, dejará el hombre al padre y a la madre”. Pero el evangelista quiere decir que la ordenación de la naturaleza que aquí manifiesta el autor sagrado, es institución divina. Así brota en las palabras de Jesús el concepto de principio en su pura originalidad. Lo que Dios hizo y dijo al principio, vale para siempre, nunca puede ser derogado ni puede mudarse por un precepto adicional o por una disposición suplementaria. Dios ha establecido la unidad mediante su voluntad creadora, que puso en los hombres este anhelo natural y su satisfacción. Pero la unidad no estriba solamente en la satisfacción del impulso corporal, sino en toda la vida. Por eso Jesús puede decir que Dios es quien unió. Lo que así fue unido, no puede ser separado por el hombre, porque el hombre es criatura y se le llama para que obedezca. El matrimonio es más que una unificación corporal; comprende toda la altura y profundidad, la anchura y longitud de la vida. En toda la vida ha de hacerse de dos uno. Ésta es la voluntad de Dios y la ordenación primitiva de Dios. El hombre interviene arbitrariamente y se evade de esta voluntad y ordenación del Creador.
Jesús no solamente cita el Antiguo Testamento, sino que consolida de nuevo y con autoridad propia la ordenación primitiva del matrimonio. La frase “lo que Dios unió, no lo separe el hombre” es la interpretación del texto del Antiguo Testamento y el nuevo mandato propio de Jesús. Este precepto tiene aplicación al pueblo de Dios en el Nuevo Testamento, o sea la Iglesia, y a cada miembro de la misma. Pero los que no son discípulos de Jesús, también tendrán que dejarse guiar por este alto concepto, si realmente tienen interés en la persona humana. A la larga sólo la más alta reivindicación puede bastar al ser humano. Todos los compromisos entre la debilidad humana y la flexibilidad jurídica en último término redundan en perjuicio del hombre.

Ellos le replican: ¿Por qué, entonces, Moisés mando darle el acta de divorcio para despedirla? El les contesta: Moisés, mirando a la dureza de vuestro corazón, os permitió despedir a vuestras mujeres. Pero no fue así desde el principio. Por eso yo os digo: El que despide a su mujer -no en caso de fornicación- y se casa con otra, comete adulterio.

Jesús ha dicho lo fundamental, ahora lo formula una vez más en una “ley” (19, 9). Queda por contestar la pregunta de los fariseos si está permitido disolver el matrimonio por un motivo cualquiera. Vuelve a conducir a esta pregunta la objeción, según la cual en la ley también se da la posibilidad del divorcio. Jesús contesta: No lo ha mandado Dios, sino Moisés. Para nosotros eso es tan difícil de entender como para los judíos de aquel tiempo. Puesto que Dios nos habla por medio de Moisés, el mandamiento de Moisés ¿no es mandamiento de Dios? Ciertamente lo es, pero tiene menor autoridad. Primero porque lo anterior mantiene la primacía con respecto a lo posterior; segundo, porque el mandamiento de Moisés fue dado por él de modo indirecto (cf. Gál 3, 19s.), mientras que el orden de la creación fue establecido directamente por Dios. Todo eso, desde luego, no se expresa en la respuesta de Jesús; son argumentos teológicos que van implícitos en el diálogo.
Lo que Jesús dice para explicar este mandamiento de divorcio, es algo muy distinto, que impresionará a sus oyentes. Existe ya una diferencia en el mismo hecho de que Moisés no ha mandado, sino permitido. No se trata de un mandamiento, que debe estimular y conducir a la vida, sino de una concesión que se hace a la debilidad del hombre. Moisés lo ha permitido mirando a la dureza de vuestro corazón. Esta imagen designa la sordera y apatía de corazón de Israel ante la orden de Dios. La hallaremos asociada a la “incredulidad” (Mc 16, 14). Un tono profético penetra en el diálogo jurídico. Moisés os dio esta libertad, porque conocía vuestra condición y preveía que seríais negligentes e indóciles ante la voluntad de Dios. El hecho de que todavía se practique el divorcio, no es señal de que se cumpla fielmente el mandamiento, sino, todo lo contrario: atestigua la obstinación de Israel.
La explicación que Jesús da a lo que dispone la ley mosaica, no es una explicación histórica o jurídica. Antes bien es una llamada profética, que también ahora tiene un alcance profundo. El hombre sólo es capaz de cumplir en particular el mandamiento divino, si se confía totalmente a la voluntad de Dios. Quien se obstina frente a ella y es indolente, o persevera arbitrariamente en su propia voluntad, llegado el caso fallará y, por consiguiente, se verá obligado a invocar la libertad de divorciarse. Esto se afirma, de forma inequívoca, en las últimas palabras. El hombre que despide a su mujer, no ha anulado el matrimonio que existía entre ambos. Continúa existiendo, y si el hombre vuelve a casarse, comete adulterio. Para la mujer tiene aplicación lo inverso, que sólo san Marcos dice explícitamente (Mc 10, 12). Incluso la añadidura discutida “no en caso de fornicación” no puede cambiar nada en el principio dado por Jesús. Si se entiende esta adición en el sentido que de algún modo se pueda disolver el vínculo del matrimonio como tal, entonces se desplomaría toda la doctrina de Jesús expuesta en 19,3-9. La Iglesia, por encargo de su Señor, se mantiene aferrada hasta el día de hoy en esta firme resolución. Porque la Iglesia también observa la misma obediencia que ha de exigir a cada uno de sus miembros. Por eso es tan importante este diálogo, porque muestra la posición de Jesús ante la ley.
Aquí Jesús deroga formalmente una disposición de la ley del Antiguo Testamento, así como antes ha anulado la legislación del Antiguo Testamento sobre la pureza. Sigue estando en vigor que Jesús no ha venido para abolir “la ley o los profetas”, sino para “darle cumplimiento” (5, 17). Pero también puede formar parte del cumplimiento de la ley que una disposición particular sea derogada o sustituida por una nueva orden. Esto aquí no ocurre por la propia plenitud de poderes, sino por el recurso a la primitiva voluntad del Creador. Se hacen valer de nuevo la pureza y la genuina intención de la voluntad de Dios, tal como han sido expresadas al principio. Pero el hecho de que el orden de la creación y el mandamiento de Moisés se puedan contraponer mutuamente y el hecho de que el orden inicial se ponga de nuevo en vigor sólo pueden explicarse por la pretensión de Jesús de ser el definitivo revelador de la voluntad de Dios. Sólo puede hacerlo el Mesías. En cualquier otro sería una presunci6n blasfema. Aquí aparece de nuevo el estilo que ya conocemos: “Pero yo os digo…” (5, 22).

Los discípulos le dicen: Si tal es la situación del hombre con respecto a la mujer, no conviene casarse. Él les respondió: No todos entienden esta doctrina, sino aquellos a quienes se ha concedido. Porque hay incapacitados para el matrimonio que nacieron así del seno materno, y hay incapacitados a quienes así los hicieron los hombres, y hay incapacitados que ellos mismos se hicieron así por el reino de los cielos. Quien pueda entender, entienda.

Si hay que ligarse mutua e indisolublemente para toda la vida, entonces resulta gravoso casarse. Así puede entenderse la réplica aterrada de los discípulos. La libertad del hombre ¿no está entonces coartada de un modo insoportable? ¿Sólo tiene el hombre ante sí el camino del matrimonio, y además con este vínculo, que aquí se tiene la sensación de que es una carga y una tortura? Esta réplica dada con la primitiva manera de pensar del hombre vulgar, hace que Jesús añada otras palabras, que abren un segundo camino. Estas palabras se introducen de un modo significativo con la observación de que no todos son capaces de entender lo que se dice a continuación. Sólo son capaces de entender aquellos a quienes se ha concedido. Esto también es un misterio del reino de los cielos, cuya comprensión se concede desde arriba. El hombre no la tiene por sus propias fuerzas, sino por don de Dios (cf. 13, 11). Nos podemos disponer para esta comprensión, pero no nos la podemos dar. Se puede estar agradecido por ella, si alguien la obtuvo, pero no se puede reprochar a nadie que no la tenga. De lo que se trata se nos aclara en la última parte de la respuesta (que consta de tres grados): hay incapacitados para el matrimonio que ellos mismos se hicieron así por el reino de los cielos. El reino de Dios reclama todo el interés del hombre. También puede reclamar la renuncia al matrimonio y a la familia, más aún, como se dice en estos versículos, la renuncia voluntaria y permanente a la satisfacción del apetito sexual. Entonces todo el vigor íntegro del hombre puede emplearse para el servicio del reino de Dios. Toca a todos los discípulos emprender la aventura de buscar primero el reino de Dios y su justicia (6, 33); pero sólo a algunos de ellos realizarla y aplicar su persona a ello con tal amplitud, que incluso abandonen la tendencia innata en el hombre de dar satisfacción a su vida sexual. Los capaces de entender son aquellos a quienes se les ha concedido. Aquí probablemente no sólo se piensa en la comprensión, sino también en el seguimiento de esta otra vocación. Para dicho seguimiento en primer lugar se requiere la inteligencia, pero además la renuncia magnánima. Puesto que la palabra de Jesús queda así vibrando y postula consciente apertura en el oyente, preferimos también dejarla con esta apertura. En la vida de la Iglesia a través de los siglos se testifica que esta aventura magnánima se emprende en forma duradera, y también se testifican los frutos para el reino de Dios, que se originan de esta renuncia.

Entonces le presentaron unos niños para que les impusiera las manos y orara por ellos; pero los discípulos los reprendieron. Y Jesús dijo: Dejad a los niños y no les impidáis venir a mí, porque el reino de los cielos es de los que son como ellos. Y después de imponerles las manos, se fue de allí.

No sólo llevan los enfermos a Jesús para que los cure, sino también le llevan los niños para que los bendiga. Es un gesto conmovedor de confianza. La fuerza de la bendición que con frecuencia se había experimentado, también se comunicará a los niños. Necesitan especialmente la protección de los mayores y sobre todo el amparo de quien es el mayor entre los mayores: Dios. Jesús debe poner sus manos sobre ellos y orar por ellos, es decir invocar en favor de ellos la protección y la gracia de Dios. A los discípulos les parece ridículo importunar al Maestro con tales niñerías. No conocen la confianza que con razón empuja a la gente hacia Jesús, ni el gran concepto del niño que Jesús ha dado a los discípulos (cf. 18, 3).
Jesús no sólo exige que los niños le puedan ser traídos, sino que dice algo fundamental a este respecto. El reino de los cielos es de los que son como ellos. ¿Cómo deben entenderse estas palabras? En primer lugar en sentido literal. Los niños tampoco están excluidos de la llamada y de la promesa magnífica del Padre. No es preciso que ellos se queden fuera, aunque todavía sean pequeños y entiendan poco. Los escribas creen que los niños tienen poca capacidad, y en general los menosprecian, como también hacían con las mujeres. La tesis de los escribas es que la religión es cosa de hombres. Jesús ha exaltado a la mujer, así hace ahora con el niño. Esta división de los hombres en adultos y menores de edad tampoco vale ante el reino de Dios. El niño también puede entender y hacer aquello de lo que propiamente se trata, a saber que Dios debe reinar, y su voluntad debe llevarse a término. Así pues, los niños pueden colocarse libremente al lado del que trae este reino, y esta voluntad. No les impidáis venir a mí… Ellos quizás entienden a Dios mejor que los adultos. Dios ha ocultado a sabios y entendidos lo que ha revelado a la gente sencilla (11,25). Ni siquiera en la Iglesia nadie tiene el derecho de escatimar a los niños los dones de Dios. Desde el tiempo más antiguo se les ha administrado el bautismo, aunque no pudieran hacer ninguna profesión personal de su fe. Hoy día se les ofrece el cuerpo del Señor tan pronto como pueden distinguirlo del pan ordinario. Porque el reino de los cielos es de los que son como ellos, y así lo ha querido el Padre que está en el cielo (11,26). No sólo debemos apreciar y amar a los niños por inclinaci6n natural, sino porque Dios tiene tan gran concepto de ellos.

Luego se le acercó uno y le preguntó: Maestro, ¿qué haría yo de bueno para poseer vida eterna? Él le contestó: ¿Por qué me preguntas acerca de lo bueno? Uno solo es el bueno. Pero, si quieres entrar en la vida, observa los mandamientos. Dícele aquél: ¿Cuáles? Jesús respondió: Aquello de no matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no levantarás falso testimonio, honra al padre y a la madre, y amarás a tu prójimo como a ti mismo. El joven le replica: Todas esas cosas las he cumplido. ¿Qué me falta todavía?

En el camino un hombre se acerca a Jesús, como otros hicieron antes que él (cf. 8, 19-21). Su pregunta no se refiere a lo que debe hacer para seguir al Maestro ni a las condiciones que le serán impuestas, sino al fin perseguido con este seguimiento, que es la vida eterna. Nuestro hombre conoce el fin, pero pregunta por el camino. A este camino tiene que conducir algo bueno. La bondad de la vida humana aquí en la tierra, y de la vida eterna (donada por Dios) allí en el cielo, se corresponden mutuamente. Además el que pregunta sabe que se tiene que hacer algo. El don de Dios no se logrará con independencia del esfuerzo del hombre, aunque nunca se puede merecer en el sentido propio. Ya es muchísimo saber estas dos cosas y poder preguntar tan atinadamente. La respuesta en primer lugar, y sin atenerse a la pregunta estricta, se refiere al concepto de lo “bueno”. La respuesta sólo llega a ser plenamente inteligible con el texto de San Marcos, en el que el joven rico había dado a Jesús el tratamiento de “Maestro bueno”, y Jesús le había contestado: “¿Por qué me llamas bueno? Nadie es bueno, sino uno, Dios” (Mc 10, 18).
San Mateo enfoca la pregunta de otra manera y coloca lo bueno en sentido objetivo ante lo bueno en sentido personal. Sólo Dios es bueno, y por tanto también es el dechado de todo lo bueno que hay. Así pues, cuando se pregunta a Jesús por lo bueno, se le pregunta por Dios. Sólo por Dios se mide todo lo bueno que el hombre puede conocer y anhelar como valor. Es la plenitud de lo bueno, y cada una de las cosas buenas que se ven y hacen participa en el bien absoluto, que es el mismo Dios. Prosigue la respuesta propiamente dicha, a saber guardar los mandamientos, que son los mandamientos de Dios. Jesús no los nombra todos, sino algunos de los diez mandamientos, que tienen más importancia, y además se añade -y así se hace resaltar- el mandamiento del amor al prójimo. No se nombran los tres primeros mandamientos de la tabla del decálogo, que se refieren a Dios y a su servicio, sino que solamente se nombran los que se refieren al hombre y a su servicio. Como complemento no se añade el mandamiento de amar a Dios, sino el de amar al prójimo. Así se indica la dirección de la respuesta de Jesús: Importa hacer lo bueno en favor del hombre si se quiere alcanzar la vida eterna. El que pregunta en general por la vida eterna, ya sabe que se tiene que obedecer a Dios, honrarle y amarle. Pero lo otro se le tiene que decir de una forma que se grabe. El punto central e importante del diálogo radica en la segunda pregunta: ¿Qué me falta todavía?
La primera contestación que dio Jesús, está en el Antiguo Testamento. Se la podía dar el piadoso judío, y los escribas también lo han hecho alguna que otra vez. El camino de la salvación ya está contenido en el Antiguo Testamento si se entiende en la forma debida y no se ahogan sus exigencias capitales con innumerables prescripciones particulares. No obstante, el joven puede declarar sin reservas que ha cumplido todo lo que Jesús menciona. Difícilmente podrá salir airosa esta confianza ante un criterio estricto. Pero la respuesta también quiere indicar que todo eso le es bien conocido y no contiene ninguna novedad. Sin embargo, hay que poder decir algo nuevo, porque la persona y la actividad de Jesús para él tienen una apariencia nueva. El joven desde el principio debió de esperar que Jesús le diera una orden especial que excediera lo ordinario. Ya que el Señor en primer lugar le da una respuesta tradicional que expresa la unidad con lo que se ha ido transmitiendo en Israel, el joven ahora tiene que preguntar expresamente por lo nuevo: ¿Qué me falta todavía?

Jesús le dijo: Si quieres ser perfecto, anda, vende todos tus bienes y dáselos a los pobres, que así tendrás un tesoro en los cielos; luego ven y sígueme. Pero, cuando el joven oyó estas palabras, se fue lleno de tristeza, pues poseía muchos bienes.

¿Cómo responderá Jesús? ¿Añadirá un undécimo mandamiento a los diez que ya existen, o explicará, como hizo más tarde, el único mandamiento del amor como resumen de toda la ley? (22, 34-40). En primer lugar está la palabra “perfecto”. Ya la oímos en el sermón de la montaña (5, 48). Como en aquel sermón, esta palabra aquí también sirve para expresar el objetivo sintético de lo que Dios reclama. La frase si quieres ser perfecto no se dice como pregunta, que deje esta volición al arbitrio del individuo (un consejo), así como tampoco se dijo como pregunta la locución de la primera parte del diálogo: “Si quieres entrar en la vida” (19, 17). Es lo que vale para todos los que quieren ser discípulos, porque para todos vale la misma finalidad de la vida eterna. Todos deben ser perfectos como su Padre celestial. No basta solamente conocer los distintos mandamientos y cumplirlos puntualmente, sólo basta la perfección. La justicia de los discípulos debe superar la de los escribas y fariseos (5, 20). El mismo Dios debe ser la medida de las acciones del hombre. El cristianismo no consiste en cumplir los mandamientos, sino en entregarse perfectamente y en amar sin limitaciones. Pero Jesús además dice que el joven debe vender lo que posee, desprenderse del producto de la venta, y luego debe seguirle. Estas palabras del Maestro hay que entenderlas como llamada personal, que sólo puede aplicarse a este joven y a su situación. Tiene muchos bienes, y su corazón está pendiente de ellos, aunque haya cumplido los mandamientos. Por eso no es “perfecto”, porque su corazón no está indiviso en Dios, sino que está dividido, porque también ama lo que posee. Aún no sabe nada de la nueva resolución firme que Jesús ha traído: “No podéis servir a Dios y a Mammón” (6, 24).
El joven aún no puede distinguir entre el tesoro en la tierra, que destruyen la polilla y el orín, y que roban los ladrones, y el tesoro en Dios (cf. 6, 19-21). Por eso el joven es invitado a emplear su tesoro en la tierra como tesoro en el cielo. Si así lo hace, entonces se verá que a él primero le interesa Dios y por tanto en realidad también le interesa la vida eterna. Lo que aquí se dice de la perfección en general (junto con 5,48), puede aplicarse a todos los discípulos y los une sin hacer diferencias. Lo que se dice sobre la venta de lo que se posee, en primer lugar tiene aplicación al que preguntó. Pero cualquier discípulo de Jesús reconoce a manera de ejemplo lo que importa. Primeramente escuchará el llamamiento a la perfección. Pero este llamamiento para el discípulo quizás contiene una reclamación concreta distinta de la de desprenderse de lo que posee. No se trata de liberarse de los bienes como tales, sino de la libertad para Dios. Pero esta libertad sólo se puede obtener en el seguimiento de Jesús. Por eso tiene validez que cuando hayas hecho todo lo que te hace libre, entonces tienes que seguirme. Y también es verdad que sólo puede conservarse la plena libertad para Dios en el seguimiento de Jesús. La ley vital de Jesús: Dios solo y en primer término, también puede aplicarse a sus discípulos. El discípulo sabe que en el Evangelio al usar el verbo “seguir” de ordinario se piensa en la disposición para el sufrimiento y en participar en la pasión de Jesús…

Jesús dijo a sus discípulos: Os lo aseguro: un rico difícilmente entrará en el reino de los cielos. Os lo vuelvo a decir: Más fácil es que un camello entre por el ojo de una aguja, que un rico en el reino de Dios. Cuando lo oyeron los discípulos, se quedaron hondamente sorprendidos y dijeron: Pero entonces, ¿quién podrá salvarse? Fijando en ellos su mirada, díjoles Jesús: Para los hombres, esto es imposible; pero para Dios, todo es posible.

Son unas palabras difíciles que empalman con el sermón de la montaña (cf. 6, 24-34). No pueden ser paliadas ni cambiadas de sentido. Para los ricos es difícil, dice Jesús categóricamente, alcanzar el reino de Dios. Al hablar de “un rico” no debemos fijarnos en la cantidad de sus posesiones, como si fuera posible distinguir, de acuerdo con ella, lo que es justo o injusto; tampoco hay que pensar en un rico dominado por sus riquezas, que con avidez y codicia ha hecho de sus bienes un dios. El “rico” es una persona que tiene muchas posesiones, y para cuya vida estas posesiones significan mucho. Las dos cosas son inseparables. Un rico de esta clase, dice Jesús, está en sumo peligro. Jesús sabe que los bienes no son una magnitud neutral, una acumulación de dinero, o de casas, o de acciones, o de joyas, o de lo que sea. Los bienes tienen un poder seductor que procura subyugar al hombre. Así habla Jesús de Mammón, que incluso entra en competencia con Dios (6,24c). Nadie puede sustraerse a esta resaca seductora, si no se aparta por completo de ella, y no se adhiere a Dios. Una imagen drástica expresa lo antedicho. Exagera consciente y desmedidamente, y con todo quiere ser tomada como una imagen. Un camello no pasa nunca por el ojo minúsculo de una aguja. ¿Quiere esto decir que ningún rico conseguirá su objetivo por principio? esta interpretación contradiría la primera frase, que se limita a decir que un rico difícilmente entra en el reino de los cielos. La imagen no dice que nadie lo logre, sino que las probabilidades son sumamente exiguas. Estas palabras quieren agitar, sacudir, hacer que caigamos en la cuenta de la gravedad de la situación. El joven ha encallado en este escollo, a pesar de hacer una pregunta tan radical y de estar dispuesto para una orden muy exigente del Maestro. Su apego a los bienes lo ha desvalorizado todo y le ha impedido recorrer el camino que conduce a la vida eterna. Este ejemplo y las graves palabras del Señor sobre los ricos tienen que ser como un estímulo en la carne para todos los que se encuentran en una situación semejante a la del joven rico.
La sentencia de Jesús aterroriza a los discípulos. Nos vienen a la memoria las palabras sombrías de la puerta estrecha y del camino angosto (7, 13s). ¿Son quizás muy pocos los que se salvan (cf. Lc 13, 23) o quizás no hay nadie que se salve? Es preciso experimentar en sí mismo este temor. El salvarse no es algo natural y evidente; el hombre no puede invocar en favor suyo ningún derecho ni abrigar esperanza alguna. Muchas almas escogidas experimentaron dolorosamente tan terrible incertidumbre. La respuesta del Maestro no da ningún consuelo humano ni sosiega la cuestión discutida. No obstante, libera al hombre de la angustia y del temor. Siempre es lo mismo: hay que confiar enteramente en Dios. Así como quien realmente tiene fe, confía enteramente en Dios, así también el que teme seriamente por su vida. En Dios todo es posible. El destino del hombre sólo está en manos de Dios. El conocimiento de esta verdad no conduce a una angustia servil, o a una cruel mutilación de sí mismo, sino a la libertad de los hijos de Dios. Dios no es un maestro de escuela, ni un tirano, sino un padre.

Entonces tomó la palabra Pedro y le dijo: Pues mira: nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido. ¿Qué habrá, pues, para nosotros? Jesús les contestó: Os lo aseguro: cuando el Hijo del hombre se siente en su trono glorioso, en la regeneración, vosotros los que me habéis seguido, también os sentaréis en doce tronos, para juzgar a las doce tribus de Israel.

La pregunta de Pedro no es tan dura como la de los hijos de Zebedeo (Mc 10, 37), pero también proviene de “abajo”. En esta pregunta no se nombra la recompensa, pero se hace alusión a ella. Ellos lo han dejado todo y han seguido el llamamiento de Jesús; el joven rico no supo desprenderse de sí mismo y por eso se negó a seguir el llamamiento. Esta vez Jesús no rechaza bruscamente la pregunta, como lo hizo con Pedro hablando del tema de la pasión (16, 23) y como lo hará con los hijos de Zebedeo (20, 20-24). El que ha dejado, recibirá (19, 29). El que ha seguido a Jesús en la humillación, compartirá su gloria (19, 28). Esta es la doble respuesta a la pregunta de Pedro. Para el fin del tiempo en este mundo y para el paso al mundo nuevo san Mateo emplea en la mayoría de los casos la palabra parusía. Aquí encontramos la extraña palabra regeneración. El primero de estos dos vocablos alude sobre todo al acontecimiento único, que inicia la transformación del mundo, este segundo vocablo se refiere a la restauración del mundo según su estado primitivo. El mundo es engendrado por segunda vez, después que estén dominadas las fuerzas caóticas, como la primera vez fue engendrado del caos con una belleza inmaculada y con un orden armónico. La segunda creación será como la primera, es decir la producción del mundo al principio sólo puede compararse con la acción revolucionaria de Dios, la cual abarca todo el cosmos (Gn 1, 4). Pero la gloria del mundo nuevo será todavía mayor que la del antiguo, del que ya se pudo decir: “Y vio Dios todas las cosas que había hecho y eran buenas en gran manera” (Gn 1, 31). Porque el mundo nuevo debe subsistir con una duración eterna. La regeneración se inicia con la venida del Hijo del hombre y se pone en vigor con su juicio. El Hijo del hombre estará sentado en su trono de gloria (25, 31) y pronunciará la sentencia. Los doce se sentarán junto a él como asistentes y pronunciarán con el juez la sentencia. Antes se ha dicho: “Quién a vosotros recibe, a mí me recibe; y quien a mí me recibe, recibe a aquel que me envió” (10, 40). Esta unidad entre el Padre que envía, el Mesías enviado y los apóstoles vale en la humillación y valdrá luego en la gloria. El Mesías se ha declarado en favor de ellos y se les ha identificado con su actuación de un modo tan íntimo que ahora pueden declararse ellos en favor de él en el juicio e identificarse con su sentencia. Esto en realidad es recompensa del seguimiento: seguimiento hasta lo profundo de la pasión, del desprecio, e incluso hasta la impotencia de la muerte, luego hasta la altura de la gloria y del poderío en el trono del Mesías al fin de los tiempos. El pueblo de Dios constaba de doce tribus, tal como tuvo su origen en el padre Jacob, según testimonio de la Escritura. Las doce tribus tienen que ser reunidas al final de los tiempos, en ellas se presentará el pueblo de Dios en la gloria. Pero las doce tribus, de las que aquí habla Jesús, son las tribus del nuevo Israel, engendrado por Dios y redimido por Jesús. Es una gran imagen que se ofrece a Pedro. También es una imagen que la Iglesia peregrina edificada sobre el cimiento de los apóstoles y profetas (Ef 2, 20), tiene ante los ojos, ya que marcha hacia el juicio de su Señor y de sus apóstoles.

Y todo aquel que por mi nombre haya dejado casas, o hermanos, o hermanas, o padre, o madre, o hijos, o campos, recibirá mucho más y heredará vida eterna. Pues muchos primeros serán últimos, y muchos últimos primeros.

La segunda respuesta habla en primer lugar de lo que se ha dejado por amor de Jesús; es decir por causa de la íntima solidaridad con él y del servicio a su palabra (cf. la distinción que se hace entre ambas cosan en Mc 10, 29). Se nombran sin interrupción vínculos familiares y bienes terrenales. Que los hijos se separen de los padres o que el campesino abandone su casa y sus tierras es lo mismo para el caso. La enumeración podría ser más larga. Lo que importa no es lo que se deja, sino por qué se deja, importa la relación con el Mesías y el empleo de la propia persona en su seguimiento. Distinto es lo que se reclama y cuánto se reclama; pero en ningún caso se da sin que se reciba, en cambio, el céntuplo. No para que el discípulo trabaje por esta recompensa, sino para que siempre crea más en la riqueza mayor y en la magnanimidad de Dios, que constantemente aventaja al hombre. No trabajamos por la recompensa. Pero trabajamos por Dios, que también es nuestra recompensa. Esta recompensa no se divide en una recompensa terrenal y otra eterna (como en Mc 10, 30). San Mateo solamente nombra la única amplia recompensa de la vida verdadera, de la vida eternal. Esta vida es mucho más de lo que aquí ahora se podría dejar. La pregunta del joven rico versaba sobre el camino hacia la vida eterna (19, 16). La orden de Jesús prescribía al joven que dejara lo que poseía y le siguiera. Los discípulos lo han hecho y no sólo han dejado los bienes terrenales. Obtienen la promesa de alcanzar el verdadero objetivo. ¡Qué esperanza se contiene en esta promesa para todos los que están seriamente preocupados por su salvación! El hombre no tiene una última seguridad sobre si se salva y logra la solidaridad con Dios. Siempre perdura una tensión entre la esperanza de conseguir estos fines y la experiencia de ser insuficiente ante la pretensión que implica esta esperanza. A pesar de esta inseguridad general que perdura, estas palabras también dan una seguridad libertadora. Estas palabras de la recompensa puede referirlas a sí mismo el que pueda decir de si como Pedro que realmente lo ha dejado todo por amor de Jesús. Dios no olvida ni siquiera las múltiples acciones ínfimas. ¡Cuánto menos olvidará la única gran acción de la renuncia en el seguimiento! Esto se manifestará en la regeneración del mundo. Entonces tendrá lugar una gran revalorización. Muchos que aquí eran los primeros, allí serán últimos, es decir los que serán arrojados fuera. Y muchos que eran los últimos, serán primeros, es decir los coherederos de Cristo en el reino de Dios. Lo ganará todo el que todo lo dejó, perderá su vida el que la buscó, la encontrará el que la perdió.

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