ENCUENTRO PARROQUIAL

Martes 11 de octubre de 2016

Controversias en torno al tributo del César y a la resurrección de los muertos

Tras la parábola del banquete nupcial que vimos el pasado día (Mt 22, 1-14), seguimos hoy con el relato de Mt 22, 15-33.

Entonces los fariseos se fueron y acordaron en consejo ponerle una trampa para sorprenderle en alguna palabra. Y le envían unos discípulos suyos, con los herodianos, para decirle: Maestro, sabemos que eres sincero, que enseñas realmente el camino de Dios, y que nada te importa de nadie, porque no te fijas en las apariencias de las personas. Dinos, por consiguiente: ¿Qué te parece? ¿Es lícito pagar tributo al César: sí o no? Pero Jesús, conociendo su malicia, les dijo: ¿Por qué me tentáis, hipócritas? Enseñadme la moneda del tributo. Ellos le presentaron un denario. Y él les pregunta: ¿De quién es esta figura y esta inscripción? Y contestan. Del César. Entonces les dice: Pues pagad lo del César al César, y lo de Dios a Dios. Al oírlo quedaron admirados, y, dejándolo en paz, se fueron.moneda

Los adversarios en apariencia dan un testimonio honorífico de Jesús, diciendo que no se fija en el aspecto de la persona, sino que enseña recta y realmente el camino de Dios, que es el camino de la justicia, por el que ya vino Juan (21, 32). ¿Habían reconocido y creído los adversarios que en la doctrina del Maestro se les ofrecía la verdad? Eso es inconcebible después de todo lo que hemos leído hasta ahora. Esta introducción aduladora es hipocresía, como dice Jesús en el tratamiento que da a los adversarios. No vienen para enterarse de la verdad, sino para cogerle en un lazo urdido sutilmente. “Alguna palabra” debe hacerle caer. Ellos se han figurado que esta palabra tiene que significar sí o no. Si dice que sí, se opone a la masa del pueblo piadoso; si dice que no, puede ser entregado a la potencia ocupante como sedicioso. La cuestión de la licitud del tributo romano era discutida entre los judíos. Los saduceos, como políticos realistas, se habían resignado a pagar el tributo y no veían en ello ningún motivo para adoptar una actitud hostil. Los fariseos, en cambio, admitían la licitud a regañadientes. Pero la licitud era radicalmente rechazada por los zelotas, que veían en el impuesto una disminución del dominio de Dios sobre su pueblo.

No obstante, en amplios sectores del pueblo se sentía vivamente indignación contra el tributo personal, porque recordaba constantemente la dominación extranjera. Con demasiada facilidad, se cedió a cualquier conato de rebelión, como demuestran en aquel tiempo los numerosos secuaces de los patriotas más celosos. La pregunta contenía materia inflamable y resultaba peligrosa por su contenido político. Jesús hace que le muestren la moneda del tributo y que le digan de quién es la figura y la inscripción. Esta moneda es el medio de pago que aquí tiene validez. Ella sola demuestra que en este país tiene validez el dominio de aquel, cuya imagen está estampada en la moneda. Esta pertenece al César, no por razón de su riqueza personal, sino por ser el representante del imperio romano. Así pues, en la imagen de la moneda se denota que en este país de hecho es válida la soberanía del César y del imperio.

Jesús con su respuesta salomónica se refcesariere a este hecho incontrovertible. Lo que pertenece al César –como tenían que confesarlo los adversarios con sus propios labios–, se le tiene que devolver. Es evidente que Jesús no ve en ello ningún problema, sino que solamente hace constar lo que es un hecho. Pero tampoco indica que en la dominación extranjera haya surgido ninguna competencia a la soberanía de Dios sobre su pueblo. Es el orden que actualmente está en vigor, y que así es aceptado incluso por los zelotas sediciosos. Pero lo que en último término interesa, resulta posible incluso bajo dominación extranjera, a saber, pagar a Dios lo que le pertenece. Jesús sobre este punto se pronuncia con imperturbable firmeza y todo el evangelio reitera que debe buscarse primero a Dios y su reino. En tal caso, pasan a ser de segundo orden todas las demás cuestiones, las que versan sobre el alimento y el vestido, la justicia terrena (cf. 5, 39-42) y también la legitimidad de pagar el tributo.

Las palabras del Señor no quieren establecer dos órdenes, cada uno de los cuales tendría su propio derecho soberano –el Estado y la Iglesia– y tampoco quieren exhortar a una actitud resignada ante la legitimidad del César. Estas palabras colocan los intereses del César en el lugar que les corresponde para el discípulo del reino, es decir muy por debajo de los intereses de Dios. Se preguntó a Jesús por el pago del impuesto y no por las exigencias de Dios. No obstante, Jesús no se ha desviado de la respuesta porque ésta le hubiese podido resultar peligrosa. Cada cosa ha sido colocada en su lugar, de tal forma que los adversarios ya no quieren continuar el diálogo. No se viola el derecho del César, pero sobre todo se hace valer el derecho de Dios. También se puede cumplir en un grado suficiente esta primera, y preeminente pretensión legal sobre el hombre, si se pagan impuestos al César. Pues el hombre sólo debe amar a Dios con todas sus fuerzas (cf. 22, 37).

Luego –a continuación– viene la pregunta de los saduceos sobre la resurrección de los muertos.

Aquel mismo día se le acercaron unos saduceos –que afirman que no hay resurrección– y le preguntaron: Maestro, Moisés dijo: Si uno muere sin tener hijos, su hermano se casará con la mujer de aquél, para dar sucesión al hermano difunto. Pues bien, había entre nosotros siete hermanos. El primero, ya casado, se murió, y como njesuso tenía descendencia, le dejó la mujer a su hermano. Igualmente, el segundo y el tercero, y así hasta los siete. Después de todos ellos, se murió la mujer. Ahora bien, en la resurrección, ¿de cuál de los siete será mujer? Porque todos la tuvieron.

Los saduceos sólo admiten la Escritura y no reconocen la tradición “de los antepasados”. Pero en la Escritura no se expresa claramente la doctrina de la resurrección de los muertos. No obstante, los fariseos la defendían, y en tiempo de Jesús la resurrección era en líneas generales un bien común de los creyentes. Fundándose en la Escritura los saduceos declaran absurda esta fe; por la Escritura les demuestra Jesús lo contrario. La ley indicaba que el hombre, cuyo hermano había muerto sin hijos, debía contraer matrimonio con la mujer de su hermano para conseguir la descendencia (matrimonio de dos cuñados, cf. Dt 25, 5s). Los saduceos argumentan ingeniosamente: si la ley da esta orden, es evidente que no espera la resurrección de los muertos, porque ¿qué debe suceder en este caso grotesco, en que siete hermanos tomaron sucesivamente por esposa a la misma mujer?

Jesús les respondió: Estáis en un error, por desconocer las Escrituras y el poder de Dios. Porque, en la resurrección, ni los hombres se casarán ni las mujeres serán dadas en matrimonio, sino que serán como ángeles en el cielo. Y en cuanto a la resurrección de los muertos, ¿no habéis leído lo que Dios os ha declarado al decir: Yo soy el Dios de Abraham y el Dios de Isaac y el Dios de Jacob? Él no es Dios de muertos, sino de vivos. Y al oír esto la gente, quedó asombrada de su doctrina.

Jesús contesta con un doble razonamiento. Con el primero, les demuestra que no conocen la Escritura, en cuyo testimonio tratan de apoyar su punto de vista. Porque la Escritura dice que Dios se ha revelado a Moisés como Dios de los patriarcas Abraham, Isaac y Jacob (Ex 3, 6). Hacía mucho tiempo que habían muerto los patriarcas, y con todo Dios se dio a conocer a Moisés (que vivió mucho más tarde) como el Dios de los patriarcas. Su ser divino no puede ser eficaz sobre los muertos, sino solamente sobre los vivos. “No te alaban los muertos, Señor” (Sal 115, 17). Está profundamente impreso en la mente del israelita que ha sido creado para alabar a Dios. Por consiguiente se arredra ante la muerte, que le despoja de esta posibilidad. Así hablan los Salmos antiguos (cf. sobre todo el Salmo 88). Pero ahora Jesús dice de nuevo que Dios quiere ser y tiene que ser Dios sobre los vivos, si su ser divino debe tener un sentido.

El segundo razonamiento concierne el poder de Dios. Dios puede mover al hombre a una nueva vida, crearle por segunda vez para un nuevo ser humano. La vida después de la resurrección no puede ser la mera prolongación de la vida terrena. Allí están en vigor otras leyes, que todavía están ocultas en el poder de Dios. De una forma alusiva Jesús solamente dice que allí “serán como ángeles en el cielo”. En esta frase hay que fijarse en la conjunción como. Los resucitados serán semejantes a los ángeles en que ni se casarán ni serán tomados en matrimonio. Aquí no llegamos a conocer todo lo demás sobre el cuerpo después de la resurrección y la manera como viven los resucitados.

San Pablo escribe de una forma profunda sobre este particular, pero tiene que servirse de muchas imágenes para acercarse prudentemente a lo que quiere decir (sobre todo en 1 Cor 15, 35-49). Para nosotros es más importante la imagen del Señor, como se describe en los relatos de sus apariciones después de la resurrección. Porque él es “primicia de los que están muertos” (1 Cor 15, 20), a quien todos deben seguir. “Porque si por un hombre vino la muerte, también por un hombre ha venido la resurrección de los muertos: pues, como en Adán todos mueren, así también en Cristo serán todos vueltos a la vida” (1 Cor 15, 21s). Los que fueron injertados a una nueva vida, están destinados a configurarse de un modo semejante a la imagen del Señor. En la imagen del Señor resucitado no solamente se puede reconocer que hay una resurrección de los muertos, sino también que la nueva vida será una vida de gloria, que no puede compararse con la actual.

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