ENCUENTRO PARROQUIAL
6 de diciembre de 2016

LOS TALENTOS QUE EL SEÑOR NOS ENCOMIENDA (Mt 25, 14-30)

[El reino de los cielos es también] como un hombre, que, al ausentarse por viaje, llamó a sus criados y les hizo encargo de su hacienda: a uno le dejó cinco talentos, al otro dos, y al tercero uno, a cada cual según su capacidad, y se fue. Inmediatamente, el que había recibido cinco talentos, se fue a negociarlos y ganó otros cinco; igualmente, el que había recibido dos, ganó otros dos; pero el que había recibido uno solo, se fue, hizo un hoyo en tierra y escondió el dinero de su señor. Al cabo de mucho tiempo, vuelve el amo de aquellos criados y se pone a ajustar cuentas con ellos. Se acercó el que había recibido los cinco talentos y presentó otros cinco, diciendo: Señor, cinco talentos me entregaste; mira, he ganado otros cinco. Le dijo su señor: ¡Muy bien, criado bueno y fiel! Fuiste fiel, en lo poco, te pondré a cargo de lo mucho: entra al banquete de tu señor. Se le acercó también el de los dos talentos y dijo: Señor, dos talentos me entregaste; mira, he ganado otros dos. Le dijo su señor: ¡Muy bien, criado bueno y fiel! Fuiste fiel en lo poco, te pondré a cargo de lo mucho: entra al banquete de tu señor. Se acercó también el que había recibido un solo talento y dijo: Señor, sé que eres hombre duro, que cosechas donde no sembraste, y recoges donde no esparciste. Y como tuve miedo, fui y escondí en la tierra tu talento. Aquí tienes lo tuyo. Pero su señor le contestó: ¡Criado malo y perezoso holgazán! ¿Conque sabías que cosecho donde no sembré, y recojo donde no esparcí? Pues por eso tenías que haber llevado mi dinero a los banqueros, para que, a mi vuelta, yo recuperara lo mío con sus intereses. Quitadle ese talento, y dádselo al que tiene los diez. Porque a todo el que tiene, se le dará y tendrá de sobra; pero al que no tiene, aun lo que tiene se le quitará. Y a ese criado inútil, arrojadlo a las tinieblas de ahí fuera. Allí será el llanto y el rechinar de dientes.

Contextualizamos la enseñanza evangélica que se desprende del discurso escatológico en Mt 25. Nos confía el Señor a nosotros, sus siervos, determinados encargos, a cada cual según nuestra capacidad, para el tiempo de su ausencia (estamos ahora en Adviento, esperando que vendrá). Lo que importa no es tanto nuestra espera pasiva sino activa: que cumplamos fielmente la voluntad de nuestro Señor, sabiendo por esta parábola que se nos llama a desempeñar nuestro respectivo encargo trabajando con libertad y a la vez con fidelidad a nuestro Señor, con lealtad a sus deseos.

Vemos cómo las grandes sumas de dinero (pues no son poca cosa) no son repartidas para ser conservadas o guardadas, para preservarlas del robo o de otros daños, sino para que sean empleadas con el fin de obtener una ganancia, la que se pueda. No basta llevar a término un encargo de trazos conservadores muy concretos, sino que es preciso estar deseoso de aumentar los bienes con la iniciativa y el riesgo personal. Hay que arriesgar, hay que aventurarse. La magnitud de la suma entregada es diferente en cada caso y se mide según la capacidad de los distintos criados. Recibe más el que ya se había acre-ditado y ha sido hasta ahora fiel y diligente en el servicio de su señor. El dueño se pro-mete el mayor éxito posible de esta gradación. Piensa un poco, si cabe, acerca de cuánto crees tú que eres de fiar. ¿Qué encargo tienes de parte de Dios?

Cada criado recibe según la aptitud, uno de ellos cinco talentos, otro dos, el tercero uno (un talento es una suma enorme de capital, unos 10.000 dólares, casi 9.300 euros, pero el poder adquisitivo aún es cuatro veces mayor). En este reparto el dueño tampoco se ha engañado, porque los dos primeros obtienen tanta ganancia cuanto fue el dinero que se les confió: el primero cinco talentos y el segundo dos. Sólo el tercero le decepciona y esconde el dinero en el jardín para tenerlo en lugar seguro, pero no hace el menor esfuerzo por aumentarlo.

Se recalca que el señor regresa al cabo de mucho tiempo. Aquí también resuena lo que sorprende en esta venida. Los criados se hubiesen podido simplificar el trabajo cuanto más tiempo transcurriese, o también olvidarse del regreso. Aunque sea después de mucho tiempo, el señor parece venir de forma imprevista (cf. antes, 24, 50; 25, 6.13).

Ahora se ajustan las cuentas. Cada uno tiene que decir dónde se encuentra el dinero que se le había confiado, e indicar la ganancia obtenida. El primero y el segundo pueden hacerlo con la conciencia tranquila, porque se han esforzado con diligencia. Sólo el tercero ha de confesar que no ha hecho nada, ningún trabajo, ninguna emprendida actividad. Más aún, insulta al señor con insolente osadía diciendo que se hubiese enriquecido injustamente, si ahora le restituyera el talento con ganancia. Ha interpretado mal la manera de proceder de su señor, no tomándola como expresión de su confianza, sino como indecorosa codicia. No solamente le faltaba el celo en la acción, sino que ya antes le faltaba comprender o conocer bien a su señor. Pero el señor no acepta los reproches, ya que el criado por lo menos hubiese podido tomarse la molestia de llevar el dinero al banco, para que allí produjera intereses.

the-parable-of-the-talentsLos dos primeros criados encomendados son recompensados con creces, mientras el tercero es castigado con una gravedad espantosa. Notamos que el relato que sirve de base a esta parábola está fuertemente orientado de acuerdo con la enseñanza religiosa que el evangelista Mateo cree que de él se desprende. Propiamente se habla sólo de que los criados deben restituir, con la ganancia obtenida, lo que se les ha confiado. Y en la reprimenda del tercero se dice que se dé su único talento al que ya posee diez. Así pues ¿los talentos han pasado a ser propiedad de los criados? Así es. El hombre recibe de su señor el talento como don que debe hacer fructificar en su vida. Al que tiene mucho, se le exige mucho; al que tiene poco, se le pide poco. Pero el señor espera que cada uno trabaje con lo suyo, que no solamente lo administre fielmente, sino que lo aumente. El relato se interrumpe de la forma más sorprendente con la remuneración y el castigo (que no son remuneración ni castigo mundanos). Primero sólo se puede deducir de un modo indirecto quién es el que se presenta súbitamente y de qué se trata en el ajuste de cuentas. Pero luego se dice directamente que los dos primeros deben entrar en el festín o banquete de su señor [que tiene que ver con la Eucaristía]. De acuerdo con la parábola se esperaría que estos dos criados “fueran puestos a cargo de lo mucho”, es decir, recibieran empleos más responsables, después de haberse acreditado. Pero esta recompensa del festín o banquete es la verdadera recompensa de la vida, es la recompensa que ya no se hace depender de que sea nuevamente confirmado en una posición más elevada. El festín del señor es la participación de su soberanía en el reino de Dios, reino de Dios (o de los Cielos) que es el tema centrar de esta parábola). El castigo del criado perezoso tampoco consiste solamente en que se le quite lo que se le había cedido, sino en que sea arrojado “a las tinieblas de ahí fuera”. Éste también es un destino inapelable, el mismo que ya no se hace depender de una nueva ocasión. Desaprovechada la oportunidad, no hay otra. Porque este discurso es escatológico, último y definitivo, lo que no supone que sea injusto e inmisericorde. Así pues, el contenido religioso de la parábola se aclara de modo que vemos expuesto en el relato el hecho del juicio divino. Debemos examinar la parábola y referirla a la propia vida. Cuando Jesús habla del juicio, se yuxtaponen dos series de pensamientos. Una de ellas ve el juicio por parte de la libertad ilimitada y de la misericordia de Dios, que sobrepasa toda medida humana. Así se ve el juicio, porque se confía absolutamente en Dios, para quien todo es posible, incluso la salvación de una vida que de suyo estaba perdida (19, 26).

Por otra parte –y es la parte más importante–, en San Mateo se insiste con el máximo vigor en cuánto importa el propio obrar, un obrar sobre todo en el amor. Es preciso poner en obra la justicia en el amplio sentido que fuimos encontrando en el Evangelio. El Hijo del hombre vendrá en la gloria del Padre y dará a cada uno “conforme a su conducta” (16, 27). Sólo puede ser aceptada por Dios la fe verdadera, es decir, la fe vivida y realizada, no la mera confesión de los labios. Sólo puede tener esperanza de entrar en el reino de Dios el que ejercita con fidelidad su cargo de administrador fiel y solícito, el que lleva consigo aceite en abundancia para las lámparas, como veíamos en la parábola anterior, y el que está vestido con el traje de boda, el que ama y se vincula al amor, la ardiente y genuina caridad.

En esta segunda serie de pensamientos está la parábola de los talentos, y se nos prepara por ella al relato del juicio final, el que consideraremos el próximo día, dando fin al capítulo 25 del Evangelio según San Mateo. Anticipamos que Dios espera de nosotros que produzcamos y fructifiquemos de acuerdo con la capacidad que ha sido asignada o encomendada a cada uno (y cada una). No solamente es preciso en general producir frutos de justicia, hacer “buenas obras”, portarse bien, ejercitar el amor, sino que cada uno tiene que esforzarse en obrar según las aptitudes que le han sido concedidas. Claro está que esta exigencia siempre excede ampliamente aquello para lo que se estaba dispuesto y de lo que se era capaz. Pero aquí tampoco hay correspondencia exacta entre las obras y el premio o remuneración, sino una exigencia que en el fondo es inmensa, como sucede con el amor (cf. 5, 43-48). Por eso el premio tampoco es mezquino o escaso, ni guarda proporción con las obras, sino que es sobreabundante y mucho mayor en todos los conceptos: Te pondré a cargo de lo mucho; entra al banquete de tu Señor.

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